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Gratis · elegí una vozÉrase una vez una mariquita que se llamaba Kika. Kika vivía en un jardín lleno de flores de todos los colores y bichitos amigables. Pero Kika estaba triste, muy triste. ¿Por qué? Pues porque solo tenía un ala. Le faltaba un ala para poder volar como las demás mariquitas. Cada vez que intentaba levantar el vuelo, daba vueltas y vueltas en el mismo sitio, terminando mareada y con un golpe suave contra una margarita gigante.
Las otras mariquitas, sin querer ser malas, a veces se reían de ella. "¡Mira a Kika, la que no puede volar!", decían algunas, mientras revoloteaban a su alrededor. Kika se escondía entre las hojas, sintiendo las lágrimas picarle en los ojos. Deseaba tanto poder volar, sentir el viento en su cara y ver el jardín desde arriba.
Un día, mientras Kika estaba sentada en una hoja de trébol, sintiéndose más triste que nunca, escuchó un "¡Hola!". Levantó la vista y vio a un saltamontes verde y sonriente. Era Tote, el saltamontes más divertido y amigable del jardín.
"¿Qué te pasa, Kika?", preguntó Tote con su voz alegre. "Te veo muy tristona."
Kika le contó su pena: que solo tenía un ala y que no podía volar, y que las otras mariquitas se reían de ella. Tote escuchó atentamente, asintiendo con la cabeza.
Cuando Kika terminó, Tote sonrió y dijo: "¡Tonterías! ¿Quién necesita volar cuando se puede saltar? ¡Yo te enseñaré a saltar tan alto que no echarás de menos volar!"
Kika lo miró con incredulidad. ¿Saltar? ¿Cómo iba a ser eso tan divertido como volar?
"¡Confía en mí!", dijo Tote, extendiéndole una de sus largas patas. "¡Vamos a practicar!"
Tote le enseñó a Kika a doblar sus patas y a usar toda su fuerza para impulsarse hacia arriba. Al principio, Kika solo daba pequeños saltitos, pero Tote era muy paciente y la animaba constantemente. "¡Más fuerza! ¡Más impulso! ¡Piensa en lo alto que quieres llegar!", le decía.
Día tras día, Kika y Tote practicaron juntos. Kika se esforzaba mucho y, poco a poco, empezó a saltar más y más alto. Al principio se caía a menudo, pero Tote siempre estaba ahí para ayudarla a levantarse.
Un día, Kika dio un salto tan alto que sintió que flotaba en el aire por un instante. ¡Había saltado más alto que una flor! Estaba tan emocionada que gritó de alegría.
"¡Lo he conseguido! ¡He saltado muy alto!", exclamó Kika, abrazando a Tote.
Desde ese día, Kika se convirtió en la mariquita saltarina. Saltaba por todo el jardín, llegando a lugares que antes solo podía soñar con alcanzar. Podía ver el jardín desde arriba, ¡incluso mejor que las mariquitas voladoras! Y lo más importante, ya no estaba triste. Había descubierto que, aunque le faltara un ala, tenía muchas otras cosas que la hacían especial.
Las otras mariquitas, que antes se reían de ella, ahora la miraban con admiración. Kika era la mariquita más valiente y divertida del jardín.
Un día soleado, mientras Kika saltaba alegremente entre las flores, escuchó unos gritos de auxilio. Venían de una esquina del jardín, cerca de un viejo rosal. Kika saltó lo más alto que pudo para ver qué pasaba y se dio cuenta de que varias mariquitas estaban atrapadas en una enorme tela de araña.
La araña, una criatura grande y peluda, se acercaba lentamente a sus presas, con una sonrisa malvada en su rostro. Las mariquitas atrapadas gritaban desesperadas, pidiendo ayuda.
Kika sabía que tenía que hacer algo, pero ¿qué podía hacer ella, una mariquita con un solo ala? Entonces recordó lo que Tote le había enseñado: a usar su fuerza y su ingenio para superar los obstáculos.
Sin pensarlo dos veces, Kika saltó hacia la tela de araña. Con todas sus fuerzas, empezó a dar patadas a la tela, intentando romperla. La tela era muy fuerte y Kika no conseguía romperla.
Tote, que había escuchado los gritos, llegó corriendo al lugar. "¡Kika, ten cuidado!", gritó Tote. "¡Es muy peligroso!"
"¡Tengo un plan!", gritó Kika. "¡Tote, necesito tu ayuda! Salta sobre la tela y ayúdame a romperla!"
Tote, sin dudarlo, saltó sobre la tela y empezó a dar patadas con sus fuertes patas traseras. Juntos, Kika y Tote, consiguieron romper la tela de araña. Las mariquitas atrapadas salieron volando, agradecidas y aliviadas.
La araña, furiosa por haber perdido su presa, intentó atacar a Kika y a Tote, pero Kika dio un salto espectacular y la esquivó. Luego, Tote le lanzó una hoja seca a la cara, distrayéndola lo suficiente para que Kika pudiera llevar a las mariquitas a un lugar seguro.
Las mariquitas rescatadas rodearon a Kika, agradeciéndole su valentía. "¡Gracias, Kika! ¡Nos has salvado la vida!", decían.
Kika sonrió, sintiéndose feliz y orgullosa. Había demostrado que, aunque solo tuviera un ala, era capaz de hacer grandes cosas. Y las mariquitas que antes se reían de ella, ahora la admiraban y la respetaban.
Desde ese día, Kika se convirtió en la heroína del jardín. Y aunque seguía siendo la mariquita saltarina, ahora también era conocida como Kika, la mariquita valiente y generosa. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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