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Kiki era una perrita pequeña y peluda, con orejas que se movían al ritmo de su entusiasmo. Normalmente dormía en su propia camita, un cojín suave al pie de la cama de Javierita. Pero esta noche era especial. ¡Javierita había invitado a Kiki a dormir en su cama por primera vez!
Javierita, con sus coletas rubias y ojos brillantes, le explicó a Kiki las reglas antes de apagar la luz. "Kiki, para que puedas dormir conmigo todas las noches, tienes que portarte muy, muy bien," dijo Javierita con seriedad. "Nada de mordisquear las sábanas, nada de ladridos a la luna, y sobre todo, ¡nada de saltar sobre mi cara mientras duermo! ¿Entendido?"
Kiki asintió con la cabeza, moviendo la cola con fuerza. ¡Entendía perfectamente! Quería más que nada dormir con Javierita. La cama de Javierita olía a galletas recién horneadas y a la colonia de lavanda que Javierita siempre usaba. Era el paraíso perruno.
Las luces se apagaron y la habitación quedó en silencio. Javierita se acurrucó bajo las sábanas y Kiki se acomodó a su lado. Al principio, Kiki estaba muy tensa. No quería hacer nada que pudiera arruinar su oportunidad de dormir con Javierita. Se quedó quieta como una estatua, respirando suavemente.
Pero después de un rato, la quietud empezó a ser aburrida. Kiki sintió la necesidad imperiosa de estirarse. Se estiró, estirando sus patitas delanteras y traseras, como si estuviera nadando en el aire. Luego, bostezó un bostezo enorme, mostrando todos sus pequeños dientes afilados. Javierita se movió un poco, pero no se despertó.
Kiki pensó: "Solo un pequeño movimiento no hará daño, ¿verdad?" Así que movió su colita suavemente contra la pierna de Javierita. Javierita suspiró en su sueño. Kiki se sintió culpable. ¡No debía molestarla! Se quedó quieta otra vez.
De repente, un ruido vino de la ventana. ¡Un gato! Kiki odiaba los gatos. Siempre la miraban con desprecio desde lo alto de la valla del jardín. Kiki sintió un impulso irresistible de ladrar. Pero recordó las reglas. Nada de ladridos a la luna… ni a los gatos.
En lugar de ladrar, Kiki gimió suavemente. Luego, gimió un poco más fuerte. Luego, emitió un pequeño ladrido ahogado. Javierita se movió de nuevo. Kiki cerró la boca con fuerza. ¡Silencio! El gato saltó de la ventana y desapareció en la oscuridad. Kiki respiró aliviada.
El silencio volvió a reinar en la habitación. Pero ahora, Kiki tenía otro problema. Tenía sed. Mucha sed. Su garganta se sentía seca como el desierto del Sahara. Necesitaba agua. Miró hacia la puerta. Podía escabullirse hasta su tazón de agua en la cocina, beber un poco y volver a la cama sin que Javierita se diera cuenta.
Pero entonces recordó las palabras de Javierita: "Portarte muy, muy bien." Escabullirse a la cocina no parecía ser portarse bien. Así que Kiki aguantó la sed. Intentó pensar en cosas que no le recordaran el agua: huesos de juguete, ardillas corriendo por el parque, la alfombra vieja y deshilachada de la sala.
Finalmente, el sueño empezó a vencer a Kiki. Sus párpados se sentían pesados y sus patitas empezaron a temblar. Se acurrucó más cerca de Javierita, sintiendo el calor de su cuerpo. Empezó a soñar con un mundo lleno de huesos jugosos y lagos de agua fresca.
En su sueño, un conejo gigante la invitó a jugar al escondite. Kiki, emocionada, corrió y saltó, ladrando de alegría. De repente, sintió que estaba saltando… ¡saltando de verdad! Abrió los ojos y vio que estaba de pie sobre el pecho de Javierita, lamiéndole la cara con entusiasmo.
Javierita se despertó con una risita. "¡Kiki! ¡Te dije que no saltaras sobre mi cara!" dijo, aunque no parecía estar enfadada. Kiki se sintió terrible. Había roto la regla más importante. Seguramente ya no la dejarían dormir con Javierita.
Javierita se sentó en la cama y abrazó a Kiki. "Está bien, Kiki," dijo con una sonrisa. "Sé que no lo hiciste a propósito. Estabas soñando, ¿verdad?" Kiki lamió la mano de Javierita en señal de disculpa.
"Pero," continuó Javierita, "tienes que intentar controlarte un poco más. Si sigues saltando sobre mi cara, no podré dejarte dormir conmigo." Kiki asintió con la cabeza, entendiendo perfectamente. Lo intentaría con todas sus fuerzas.
Javierita se volvió a acostar y Kiki se acurrucó a su lado. Esta vez, Kiki se quedó quieta, respirando suavemente. No se movió, no gimió, no ladró. Simplemente se quedó allí, sintiendo el calor de Javierita y el suave latido de su corazón.
Por la mañana, cuando el sol entró por la ventana, Javierita se despertó y encontró a Kiki durmiendo plácidamente a su lado. Le dio un beso suave en la cabeza a Kiki y le dijo: "¡Buenos días, Kiki! ¡Fuiste una perrita muy buena!" Kiki movió la cola con alegría. ¡Lo había logrado! Había pasado la noche en la cama de Javierita y se había portado lo suficientemente bien como para volver a hacerlo.
Desde esa noche, Kiki y Javierita durmieron juntas todas las noches. Algunas veces, Kiki todavía tenía pequeños accidentes: un pequeño ladrido en sueños, un ligero movimiento de la cola. Pero Javierita siempre era comprensiva. Sabía que Kiki estaba haciendo su mejor esfuerzo. Y Kiki, por su parte, sabía que dormir en la cama de Javierita era el mejor regalo del mundo. Y haría cualquier cosa para conservarlo.
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