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En el corazón de Chuchelandia, donde los ríos son de jarabe de fresa y las nubes están hechas de algodón de azúcar, se celebraba la Gran Fiesta del Caramelo. Kit y Kat, dos mellizos con mucha curiosidad y un olfato especial para el chocolate, estaban en el centro de la pista de baile, rodeados de gominolas saltarinas y nubes de colores. Sin embargo, justo cuando el DJ Regaliz iba a poner su mejor canción, un grito recorrió la sala: ¡Las chuches estaban desapareciendo! Las bandejas de bombones estaban vacías y las fuentes de chocolate solo escupían aire.
—¡Esto es una catástrofe! —exclamó Kit, mirando un plato donde solo quedaba una migaja de galleta.
De repente, entre la multitud, apareció el Hada Melaza. No era el tipo de hada que uno esperaría; era una anciana sabia, bajita y muy simpática, con el pelo blanco como el azúcar glass y unas gafas redondas que parecían hechas de caramelo transparente. Llevaba un delantal lleno de bolsillos secretos y un bastón que olía a canela.
—No os preocupéis, pequeños —dijo Melaza con una voz dulce—. Mis fuentes me dicen que el matrimonio Brownie, esos dos villanos que viven en la Montaña de Cacao, han decidido robarse toda la dulzura de la fiesta. Debemos detenerlos antes de que se coman hasta el último regaliz.
Sin perder un segundo, el Hada Melaza metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un puñado de azúcar mágico. Al lanzarlo al aire, se formó un espectacular avión de algodón de azúcar rosa, con asientos de malvavisco y una hélice de galleta crujiente. Kit, Kat y Melaza subieron a bordo y el avión despegó con un suave zumbido.

El viaje hacia la Montaña de Cacao era largo, pero desde el aire, Chuchelandia se veía preciosa. Sin embargo, al llegar a las laderas de la montaña, el cielo se oscureció. De repente, un rugido estruendoso sacudió el avión. Un dragón enorme, con escamas de chocolate negro y ojos de mermelada de naranja, les cerraba el paso. Pero este no era un dragón normal; en lugar de fuego, el dragón estornudó un chorro hirviente de Colacao.
—¡Cuidado! —gritó Kat, pero fue tarde. El Colacao caliente empapó las alas de algodón de azúcar, que empezaron a deshacerse como si estuvieran en una taza de leche gigante. El avión se desvaneció bajo sus pies y los tres empezaron a caer al vacío.
—¡No perdáis la calma! —gritó el Hada Melaza mientras caían. Sacó de su delantal un chicle gigante y lo infló en un segundo. Los tres rebotaron suavemente sobre la enorme pompa rosa, que los lanzó de nuevo hacia arriba. Antes de volver a caer, Melaza sacó su arma secreta: ¡la Piruleta Voladora! Era una piruleta gigante de siete colores que giraba a toda velocidad, sirviendo como una plataforma estable y rápida.
Finalmente llegaron a la cima, donde se alzaba una mansión con forma de brownie cuadrado. Kit y Kat se prepararon para enfrentar al malvado matrimonio Brownie. Entraron con valentía, pero al abrir la puerta principal, se quedaron boquiabiertos. No había rastro de ningún matrimonio de villanos. En su lugar, en medio de una montaña de caramelos, regalices y bombones, estaba el profesor Goloso.
El profesor Goloso era su profesor de matemáticas: un hombre bajito, rechoncho, con un bigote que siempre tenía restos de azúcar y una barriga que hacía que los botones de su camisa parecieran estar a punto de salir disparados. Estaba sentado en el suelo, rodeado de envoltorios, intentando meterse cinco nubes de azúcar en la boca al mismo tiempo.

—¿Profesor Goloso? —preguntó Kit, incrédulo—. ¿Usted es el ladrón de chuches? ¿Y el matrimonio Brownie?
El profesor, rojo como una fresa, tragó con dificultad y dijo:
—¡Oh, hola niños! Veréis... el matrimonio Brownie es un invento mío para que nadie me molestara. Es que... ¡los exámenes son muy estresantes y necesitaba un poco de azúcar para corregirlos! Me vine arriba y, bueno, creo que me pasé un poquito con la recolección.
El Hada Melaza se echó a reír, haciendo sonar sus campanas de caramelo. Kit y Kat no pudieron evitar reírse también al ver al profesor rodeado de tanta piruleta.
—Profesor —dijo Kat—, si quería chuches, solo tenía que pedirlas. ¡Pero no puede dejar a toda la fiesta sin postre!
Como castigo divertido, el Hada Melaza transformó la mansión Brownie en una escuela de cocina dulce. El profesor Goloso tuvo que regresar a la fiesta cargando todas las chuches en la Piruleta Voladora y, durante el resto del curso, en lugar de deberes de matemáticas, el profesor tuvo que enseñar a los niños a fabricar sus propios caramelos sin que se derritieran.
Desde aquel día, en Chuchelandia, cuando alguien tiene un antojo irresistible, todos dicen: '¡Cuidado, no te pongas tan goloso como el profesor!', y la fiesta nunca volvió a quedarse sin dulces, porque el profesor Goloso se convirtió en el mejor pastelero (y el más vigilado) de todo el reino.
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