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Gratis · elegí una vozKlimbo era un duende muy peculiar. Vivía en un hongo gigante en medio del Bosque Susurrante, pero, ¡ay!, cada mañana se levantaba con el pie izquierdo. No importaba si el sol brillaba con fuerza o si los pajaritos cantaban melodías alegres, Klimbo siempre, siempre, estaba enfadado.
Su mal humor era contagioso. Si una mariposa se acercaba a su hongo, Klimbo la espantaba con un grito. Si un caracol intentaba saludarlo, Klimbo le lanzaba una ramita. Los animalitos del bosque lo evitaban, temerosos de su ceño fruncido y sus palabras agrias.
"¡Fuera de aquí, bicho molesto!" gritaba Klimbo a una ardilla que intentaba robarle una nuez. "¡Dejadme en paz, no quiero a nadie cerca!" gruñía a un grupo de luciérnagas que iluminaban su hongo por la noche.
Klimbo pensaba que el mundo estaba en su contra. Creía que todos los animalitos del bosque se burlaban de él y que la vida era injusta. Por eso, se permitía ser grosero y malhumorado con todos. Pensaba: "Si yo estoy mal, ¡que los demás también lo estén!".
Un día, un niño llamado Marcelo se perdió en el Bosque Susurrante. Marcelo era un niño alegre y curioso, con una sonrisa que podía iluminar el día más oscuro. Estaba buscando bayas para su abuela cuando, de repente, se dio cuenta de que no reconocía el camino.
Caminando sin rumbo, Marcelo llegó hasta el hongo gigante donde vivía Klimbo. Al ver al duende, Marcelo sintió un poco de miedo, pero su curiosidad fue más fuerte. Klimbo, sentado en la puerta de su hongo, lo miró con el ceño fruncido.
"¿Qué quieres, niño?" gruñó Klimbo. "¡Lárgate de aquí antes de que te arrepientas!"
Marcelo, en lugar de asustarse, le sonrió a Klimbo. "Hola," dijo Marcelo con voz amable. "Me llamo Marcelo y me he perdido. ¿Podrías ayudarme a encontrar el camino a casa?"
Klimbo se quedó sorprendido. Nadie le había sonreído en mucho tiempo. Nadie le había pedido ayuda con amabilidad. Estaba tan acostumbrado a la hostilidad que no supo cómo reaccionar.
"¡No sé dónde está tu casa!" respondió Klimbo, aunque su voz ya no sonaba tan dura. "Y no tengo tiempo para ayudarte. Estoy ocupado estando enfadado."
Marcelo, sin rendirse, se sentó en una piedra cerca del hongo. "Entiendo," dijo Marcelo. "A veces yo también me siento enfadado. ¿Quieres contarme por qué estás enfadado? A veces, hablar ayuda."
Klimbo dudó. Nunca le había contado a nadie sus problemas. Pero la sinceridad y la amabilidad de Marcelo lo conmovieron. Después de un largo silencio, Klimbo empezó a hablar. Le contó a Marcelo que se sentía solo, que pensaba que nadie lo quería y que por eso se enfadaba tanto.
Marcelo escuchó atentamente. Cuando Klimbo terminó de hablar, Marcelo le dijo: "Klimbo, creo que estás enfadado porque te sientes solo. Pero no tienes que estar solo. Yo quiero ser tu amigo."
Klimbo se quedó sin palabras. Nunca había tenido un amigo. La idea de tener a alguien a quien le importara le llenó el corazón de una emoción desconocida.
"¿De verdad quieres ser mi amigo?" preguntó Klimbo con voz temblorosa.
"¡Claro que sí!" respondió Marcelo. "Y para empezar, te ayudaré a encontrar el camino a casa. Sé que conoces bien el bosque."
Klimbo, sonriendo por primera vez en mucho tiempo, guio a Marcelo por el Bosque Susurrante. Mientras caminaban, Klimbo le contó historias del bosque, le mostró las flores más hermosas y le enseñó a reconocer las huellas de los animales. Marcelo escuchaba con atención y le hacía preguntas interesantes.
Al llegar al borde del bosque, Marcelo se despidió de Klimbo. "Gracias por ayudarme," dijo Marcelo. "Y gracias por ser mi amigo. Prometo volver a visitarte pronto."
Klimbo observó cómo Marcelo se alejaba. Se sentía diferente. Ya no se sentía tan solo ni tan enfadado. La amistad de Marcelo había hecho magia en su corazón.
Al día siguiente, Klimbo se despertó. El sol brillaba y los pajaritos cantaban. Pero esta vez, Klimbo no se sintió enfadado. Se sintió feliz. Salió de su hongo y saludó a la ardilla con una sonrisa. Le ofreció una nuez y la ardilla, sorprendida, la aceptó sin dudarlo.
Klimbo aprendió que ser amable y generoso era mucho más gratificante que estar enfadado y gruñón. Descubrió que la amistad y el cariño podían transformar su vida y la de los demás. Y desde ese día, Klimbo, el duende malhumorado, se convirtió en Klimbo, el duende amigo, y el Bosque Susurrante se llenó de alegría gracias a la magia de una sonrisa.
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