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Gratis · elegí una vozEn el corazón de los Esteros del Iberá, donde el agua brilla como diamantes bajo el sol y el olor a tierra mojada lo inunda todo, vivía un carpincho muy especial llamado Koby. Mientras que sus hermanos y primos pasaban el día sesteando al sol o masticando sabrosas plantas acuáticas, Koby pasaba sus tardes mirando al cielo. No le interesaba ser el carpincho más fuerte del grupo, ni el que mejor nadaba. Koby quería algo mucho más grande: quería ser el primer capibara en el espacio.
—¡Estás loco, Koby! —le decía su amigo el yacaré Yaco, mientras abría un ojo perezoso—. El espacio está lleno de vacío y no hay ni una sola brizna de pasto para comer. Además, pesas demasiado para volar.
Koby, que siempre tenía una sonrisa pícara y una naranja a medio comer en la pata, se ajustaba sus viejas antiparras de aviador y respondía:
—¡Precisamente, Yaco! Si no hay pasto, llevaré el mío. Y en cuanto al peso, solo necesito un motor lo suficientemente ruidoso como para asustar al mismísimo trueno.
Durante meses, Koby recolectó chatarra que los humanos dejaban cerca de los campamentos. Encontró un viejo tanque de agua de metal, unas láminas de aluminio oxidadas y una tina de baño que nadie usaba. Con la ayuda de un grupo de tucanes que le traían cables y tornillos en sus picos, Koby construyó su obra maestra: el Artemis4. El nombre sonaba importante, aunque el número 4 era simplemente porque las tres versiones anteriores habían colapsado cuando Koby intentó entrar en ellas después de almorzar demasiadas batatas.
El Artemis4 era una maravilla de la ingeniería de humedal. Tenía alerones hechos con tablas de surf viejas y un sistema de navegación que consistía en una brújula pegada a un frasco de mermelada. Pero lo más importante era el asiento: Koby lo había acolchado con el musgo más suave del pantano para viajar con total comodidad.
El día del lanzamiento, todo el estero se reunió. Las garzas hacían una fila ordenada, los monos carayá aullaban de emoción desde las copas de los árboles y hasta las mariposas se quedaron quietas para observar. Koby apareció vestido con su 'traje espacial': un chaleco tejido por su abuela y una pecera de cristal que usaba como casco.
—¡Atención a todos! —gritó Koby a través del cristal, con la voz sonando un poco apagada—. El Artemis4 está listo para el despegue. Próxima parada: ¡la Luna!
Se subió a la nave, que crujió un poco bajo su peso. El combustible era una mezcla secreta de jugo de naranja fermentado, bicarbonato y mucha esperanza. Koby comenzó la cuenta regresiva:
—¡Diez... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡A COMER NARANJAS!
Con un estruendo que hizo que todos los carpinchos del lugar saltaran al agua de un susto, el Artemis4 soltó una nube de vapor naranja y se elevó. Al principio subió despacio, tambaleándose como un pato mareado, pero de repente, ¡ZAS!, rompió la barrera del sonido de los mosquitos y se perdió entre las nubes.
Dentro de la cabina, Koby estaba experimentando algo increíble. A medida que se alejaba de la Tierra, empezó a sentirse ligero. De repente, su panza ya no pesaba, sus patas flotaban y su naranja, que había dejado sobre el tablero, comenzó a bailar en el aire.
—¡Caracoles espaciales! ¡Estoy flotando! —exclamó Koby, intentando atrapar la naranja con la boca mientras daba vueltas en el aire. Era la escena más cómica del universo: un carpincho de cincuenta kilos haciendo piruetas en gravedad cero, riéndose a carcajadas mientras su patito de goma (su copiloto oficial) rebotaba contra el techo.
El viaje duró un par de días, durante los cuales Koby se dedicó a observar las estrellas y a tratar de no chocar contra los botones de la nave con su colita. A veces, se ponía nostálgico y miraba por la ventanilla hacia la Tierra. Se veía como una canica azul y verde preciosa.
—Espero que Yaco no se haya comido mi lugar favorito en la orilla —susurró para sí mismo.
Finalmente, el Artemis4 entró en la órbita de la Luna. La superficie lunar se veía blanca y polvorienta, como una gran tortilla de harina. Koby preparó el aterrizaje. Fue un poco accidentado; la nave rebotó tres veces antes de detenerse, dejando una estela de polvo plateado.
Koby abrió la escotilla con cuidado. Ajustó su casco de pecera y saltó. En la Luna, cada salto de carpincho se convertía en un vuelo majestuoso. Koby reía mientras saltaba de cráter en cráter.
—¡Un pequeño paso para un carpincho, pero un gran salto para el reino animal! —declaró solemnemente, antes de tropezar con una piedra lunar y caer de narices, lo que le hizo mucha gracia.
En la cima de una colina lunar, Koby sacó una pequeña bandera que había hecho con una hoja de bananero y la clavó en el suelo. Se sentó en silencio un momento, mirando la inmensidad del espacio. Se dio cuenta de que el universo era muy grande, pero que incluso el habitante más pequeño de un pantano podía explorarlo si tenía suficiente imaginación y un tanque de agua convertido en cohete.
Después de recolectar algunas rocas lunares (que según él olían a queso, aunque solo era su imaginación), Koby decidió que era hora de volver. Extrañaba el chapoteo del agua y el sabor del pasto fresco. El viaje de regreso fue igual de emocionante, aunque un poco más rápido porque el Artemis4 parecía tener prisa por llegar a casa.
Cuando la nave reingresó en la atmósfera, se convirtió en una bola de fuego brillante que cruzó el cielo del Iberá. Koby activó el paracaídas, que no era otra cosa que un montón de sábanas viejas cosidas entre sí. La nave descendió suavemente y aterrizó con un gran '¡SPLASH!' justo en medio de la laguna principal.
Todos sus amigos corrieron a recibirlo. Koby salió de la nave, empapado pero con una sonrisa que no le cabía en la cara. Traía consigo una roca lunar y mil historias sobre cómo el espacio olía a palomitas de maíz (según su teoría).
—¿Y bien? —preguntó Yaco, acercándose con curiosidad—. ¿Había pasto en la Luna?
—No, Yaco —respondió Koby, dándole un abrazo a su amigo—. No hay pasto, ni agua, ni naranjas. Es un lugar hermoso y silencioso, pero ¿sabes qué es lo mejor de ir al espacio?
—¿Qué? —preguntaron todos los animales a la vez.
—Tener un hogar tan maravilloso como este al cual volver.
Esa noche, Koby durmió bajo las estrellas, pero esta vez no las miraba con melancolía. Ahora las miraba como un viejo amigo que saluda a otro. Koby, el carpincho astronauta, sabía que no había fronteras imposibles, siempre y cuando tuvieras un buen par de antiparras y un corazón lleno de aventura.
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