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Kristell quería ser la más glotona de su salón. No porque tuviera hambre de verdad, sino porque pensaba que ser la que más comía la haría popular. Cada recreo, observaba a sus compañeros con ojos calculadores, midiendo sus porciones de galletas, sándwiches y frutas. "¡Yo puedo comer más!", pensaba, inflando el pecho.
Un día, la maestra Elena anunció una excursión a la "Montaña de Dulces Deseos". Según la leyenda, quien llegara a la cima y expresara un deseo mientras comía un dulce especial encontraría la felicidad. Kristell, por supuesto, no pensó en la felicidad. Pensó en la oportunidad de comer más que nadie.
La mañana de la excursión, Kristell empacó una mochila gigantesca. No llevaba agua, ni protector solar, ni un mapa. Solo dulces: caramelos de goma, barras de chocolate, galletas rellenas, bombones y hasta una tarta entera de fresa. ¡Estaba decidida a conquistar la Montaña de Dulces Deseos con su apetito voraz!
El camino a la montaña era empinado y pedregoso. Los otros niños reían y cantaban, compartiendo sus pequeños bocadillos y ayudándose mutuamente. Kristell, en cambio, avanzaba en silencio, mascando un caramelo tras otro. Al principio, la energía de los dulces la impulsaba, pero pronto comenzó a sentirse pesada y cansada.
"¡Uf!", exclamó, sentándose en una roca. "¡Necesito más energía!". Abrió su mochila y sacó una barra de chocolate gigante. La devoró en segundos, pero en lugar de sentirse mejor, sintió un dolor de estómago.
Mientras tanto, sus compañeros la habían dejado atrás. Kristell intentó levantarse, pero sus piernas se sentían como plomo. La montaña parecía cada vez más alta e inalcanzable. El sol brillaba intensamente y el calor era sofocante.
De repente, escuchó una voz suave. "¿Necesitas ayuda?"
Kristell levantó la vista y vio a una anciana con un sombrero de paja y una sonrisa amable. La anciana tenía una cesta llena de frutas frescas: manzanas rojas, naranjas jugosas y uvas moradas.
"Estoy cansada y me duele el estómago", se quejó Kristell. "Quería llegar a la cima de la Montaña de Dulces Deseos, pero creo que no podré hacerlo".
La anciana sonrió. "La Montaña de Dulces Deseos no se conquista con la cantidad de dulces que comes, sino con la alegría que compartes. Prueba una de estas manzanas. Te dará la energía que necesitas".
Kristell dudó, pero tomó una manzana. Al morderla, sintió una explosión de sabor refrescante. La manzana era dulce y jugosa, y el dolor de estómago comenzó a desaparecer.
"Gracias", dijo Kristell, sintiéndose mucho mejor.
La anciana le ofreció una naranja. "Comparte esta naranja con tus amigos", le dijo. "La felicidad se encuentra en compartir, no en acaparar".
Kristell sintió una punzada de vergüenza. Se dio cuenta de que había estado tan obsesionada con comer más que nadie que se había olvidado de los demás. Con la naranja en la mano, corrió para alcanzar a sus compañeros.
Cuando los alcanzó, estaban sentados a la sombra de un árbol, compartiendo sus bocadillos. Kristell se acercó tímidamente y les ofreció la naranja.
"Lo siento", dijo Kristell. "He sido muy egoísta. ¿Quieren compartir esta naranja conmigo?"
Sus compañeros sonrieron y aceptaron la naranja. Juntos, la pelaron y la dividieron en pequeños trozos. Kristell nunca había sentido una naranja tan deliciosa.
Juntos, llegaron a la cima de la Montaña de Dulces Deseos. La maestra Elena les entregó a cada uno un dulce especial: un pequeño bombón de miel. Les dijo que cerraran los ojos, pidieran un deseo y se comieran el bombón.
Kristell cerró los ojos y pensó en su deseo. No deseó comer más dulces que nadie. Deseó ser una buena amiga y compartir la alegría con los demás. Se comió el bombón y sintió una calidez en el corazón.
Al bajar de la montaña, Kristell se sentía diferente. Ya no quería ser la más glotona del salón. Quería ser la más generosa, la más amable y la más divertida. Había aprendido que la verdadera felicidad no se encuentra en la cantidad de dulces que comes, sino en la alegría que compartes con los demás. Y, por supuesto, en el sabor de una buena manzana compartida.
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