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Gratis · elegí una vozEn un pequeño pueblo llamado Sol y Luna, vivía una abuelita muy vieja y muy seca, tan seca como una hoja de otoño. Su nombre era Doña Secundina, pero todos la llamaban la Abuelita Seca. Un día, Doña Secundina decidió hacer unas deliciosas galletas de manteca para sus nietos. Sacó su receta secreta, esa que había heredado de su bisabuela, y con mucho cuidado, preparó la masa.
"¡Mmm, qué rico huele!" exclamó, mientras amasaba con sus manos arrugadas. Pero, ¡ay, qué susto! Cuando abrió el tarro de manteca, ¡la manteca salió corriendo! Era una manteca traviesa, con ganas de aventuras.
"¡Ay, mi manteca! ¡Vuelve aquí!" gritó Doña Secundina, pero la manteca, lejos de obedecer, rodó por el suelo de la cocina, dejando un rastro brillante y resbaladizo. La Abuelita Seca, a pesar de su edad, no se rindió. Con su bastón de madera, salió tras la manteca fugitiva.
La manteca rodó por el pasillo, salió a la calle y comenzó su alocada carrera por el pueblo. Doña Secundina, con su vestido floreado y su sombrero de paja, la perseguía con determinación. Los niños del pueblo, al ver la escena, comenzaron a reír y a seguir a la Abuelita Seca.
"¡Vamos, Abuelita! ¡Tú puedes!" gritaban los niños, animándola. La manteca pasó por la panadería, donde dejó un rastro grasiento en la puerta. El panadero, al ver la escena, salió con su gorro blanco y se unió a la persecución.
"¡Esa manteca es mía! ¡La necesito para mis panes!" exclamó el panadero, corriendo tras la Abuelita Seca y la manteca. La manteca continuó su carrera, pasando por la frutería, donde chocó con una pila de naranjas, haciéndolas rodar por el suelo. El frutero, con su delantal lleno de manchas, salió furioso.
"¡Mi naranjas! ¡Esa manteca traviesa va a pagar!" gritó el frutero, uniéndose a la persecución. Ahora eran la Abuelita Seca, los niños, el panadero y el frutero quienes corrían tras la manteca fugitiva. La manteca llegó al parque del pueblo, donde un grupo de ancianos jugaba al dominó. La manteca rodó por debajo de la mesa, haciendo que las fichas se cayeran y provocando un gran alboroto.
Los ancianos, al ver la confusión, se levantaron de sus sillas y, con sus bastones, también se unieron a la persecución. Ahora, ¡todo el pueblo corría tras la manteca! La manteca llegó al río que bordeaba el pueblo. Doña Secundina, al ver que la manteca estaba a punto de caer al agua, gritó con todas sus fuerzas.
"¡No, manteca! ¡No te tires al río!" Pero la manteca, haciendo caso omiso, saltó al agua y comenzó a flotar. Todos se quedaron mirando, sorprendidos. La manteca, en lugar de hundirse, flotaba plácidamente en el agua, como si estuviera disfrutando de un baño.
Doña Secundina, con la ayuda de los niños, encontró una larga rama y, con mucho cuidado, logró sacar la manteca del agua. La manteca, empapada y brillante, parecía arrepentida de su travesura. Doña Secundina la tomó en sus manos y la abrazó con ternura.
"¡Ay, manteca traviesa! ¡Me has dado un buen susto!" dijo Doña Secundina, sonriendo. Todos regresaron al pueblo, cansados pero contentos. Doña Secundina, con la ayuda de sus nietos, logró hacer las galletas de manteca. Esta vez, la manteca se quedó quieta, aprendiendo la lección.
Las galletas quedaron deliciosas, las mejores que habían probado jamás. Todos los que habían participado en la persecución recibieron una galleta como premio. Y desde ese día, la Abuelita Seca y la manteca fugitiva se hicieron las mejores amigas. Cada vez que Doña Secundina hacía galletas, la manteca la ayudaba, portándose muy bien y sin salir corriendo. Y así, en el pequeño pueblo de Sol y Luna, la Abuelita Seca y la manteca fugitiva vivieron felices para siempre, horneando galletas y compartiendo aventuras.
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