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Gratis · elegí una vozHACE. UNA. VEZ. UNA. ARAÑA. EN. CASTILLO. UN.
Érase una vez, en un castillo antiguo y un poco destartalado llamado Nublado, una pequeña araña llamada Araceli. Araceli no era una araña cualquiera; tenía ocho ojos brillantes que parecían pequeñas estrellas, y sus patitas tejían telas tan delicadas como el encaje. El castillo Nublado, con sus torres altas y ventanas empañadas, parecía un lugar solitario, pero Araceli lo amaba. Lo consideraba su hogar.
UN DIA. LLUVIOSO. ALGUIEN. UN. SEÑOR. MIEDO. PORQUE ERA. VENENOSA.
Un día lluvioso, mientras Araceli tejía una nueva telaraña en el ático, un señor alto y delgado, vestido con un traje elegante pero empapado, entró corriendo al castillo. Estaba buscando refugio de la lluvia torrencial. El señor, cuyo nombre era Don Rodrigo, era un hombre muy miedoso, especialmente cuando se trataba de arañas. Había escuchado historias sobre arañas venenosas que vivían en castillos abandonados, y el castillo Nublado parecía encajar perfectamente en la descripción.
Cuando Don Rodrigo vio a Araceli, ¡casi se desmaya! Sus ojos se abrieron como platos, su boca formó una O, y retrocedió tropezando con una pila de libros antiguos. "¡Una araña! ¡Una araña venenosa!" gritó, agitando los brazos en el aire.
Araceli, que nunca había visto a nadie tan asustado, se asustó un poco ella también. Normalmente, los ratones y las polillas eran sus únicos visitantes, y ninguno de ellos gritaba así. "¡Pero señor!" exclamó Araceli, su voz un pequeño susurro. "¡Yo no soy venenosa! Solo soy una araña amistosa."
Don Rodrigo, demasiado asustado para escuchar, siguió gritando y corriendo por el ático, derribando cuadros y jarrones. Araceli, sintiéndose triste y confundida, se escondió detrás de una viga de madera. No entendía por qué el señor le tenía tanto miedo. Ella nunca le haría daño a nadie.
Mientras Don Rodrigo seguía corriendo, tropezó con una vieja caja de música. La caja cayó al suelo y se abrió, llenando el ático con una melodía dulce y melancólica. La música, de alguna manera, calmó a Don Rodrigo. Se detuvo, respiró hondo y miró a su alrededor. Vio el desastre que había causado, los cuadros caídos, los libros esparcidos, y se sintió un poco avergonzado.
Araceli, sintiéndose un poco más valiente, salió de su escondite. Don Rodrigo la vio, pero esta vez, no gritó. La observó, con sus ocho ojos brillantes y sus patitas delicadas. La música seguía sonando, creando un ambiente tranquilo y pacífico.
"Disculpa," dijo Don Rodrigo, su voz temblorosa. "Me asusté mucho. He oído historias horribles sobre arañas en castillos."
Araceli se acercó un poco más. "No todas las arañas son malas," dijo. "Yo solo tejo mis telarañas y como moscas. No muerdo a la gente."
Don Rodrigo miró a Araceli a los ojos y vio que decía la verdad. Vio que no había malicia en ella, solo curiosidad y un poco de tristeza. "Creo que te creo," dijo. "Pero aún me dan un poco de miedo las arañas."
"Está bien," dijo Araceli. "No tienes que tocarme. Pero tal vez… ¿podrías ayudarme a limpiar el ático?" señaló los cuadros caídos y los libros esparcidos.
Don Rodrigo asintió. "Sí, puedo hacer eso." Y así, el señor miedoso y la araña amistosa pasaron la tarde limpiando el ático. Don Rodrigo recogió los cuadros y los libros, y Araceli le ayudó a desenredar algunas telarañas que se habían roto. Incluso charlaron un poco. Don Rodrigo le contó sobre su trabajo en la ciudad, y Araceli le contó sobre sus aventuras en el castillo.
Al final de la tarde, el ático estaba limpio y ordenado. La lluvia había parado, y el sol brillaba a través de las ventanas. Don Rodrigo se sintió mucho mejor. Ya no tenía tanto miedo de las arañas, y se había hecho una nueva amiga inesperada.
"Gracias, Araceli," dijo Don Rodrigo. "Me has enseñado que no debo juzgar a los demás por su apariencia. Y que incluso las cosas que me dan miedo pueden ser amistosas."
Araceli sonrió, mostrando sus pequeños dientes de araña. "De nada, Don Rodrigo," dijo. "Me alegro de que ya no tengas miedo."
Don Rodrigo se despidió de Araceli y salió del castillo Nublado, sintiéndose mucho más valiente y feliz. Y Araceli, la araña amistosa del castillo, volvió a tejer sus telarañas, sabiendo que había hecho del mundo un lugar un poquito mejor, una telaraña a la vez.
Desde ese día, Don Rodrigo visitaba a Araceli en el castillo Nublado cada vez que podía. Le llevaba pequeños regalos, como migas de pan y trozos de fruta, y le contaba historias de la ciudad. Y Araceli, a su vez, le tejía pequeñas telarañas brillantes para adornar su sombrero. Se hicieron los mejores amigos, demostrando que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados, incluso entre un señor miedoso y una araña amistosa. Y así vivieron felices para siempre en el castillo Nublado.
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