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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un campo verde y lleno de flores, un niño llamado Joaquín. Joaquín amaba los animales más que a nada en el mundo. Su papá, Don Guan, era un granjero muy trabajador y siempre le decía: "Joaquín, cuida bien de nuestros amigos animales, ellos nos dan mucho!"
Un día soleado, Joaquín estaba jugando cerca del establo cuando vio algo increíble: ¡una gran vaca llamada Margarita intentaba subirse a un avión! Margarita era una vaca muy curiosa, siempre queriendo saber qué había más allá de la cerca del campo.
"¡Margarita! ¿Qué estás haciendo?" gritó Joaquín, sorprendido.
Margarita, con una sonrisa enorme (¡sí, las vacas pueden sonreír!), respondió: "¡Quiero volar, Joaquín! Siempre he soñado con ver el campo desde arriba!"
Justo en ese momento, un chancho rosado y regordete llamado Pepito apareció corriendo. "¡Yo también quiero ir! ¡Siempre quise saber a qué sabe una nube!" exclamó Pepito, jadeando por el esfuerzo.
Joaquín, Margarita y Pepito se acercaron al avión. Era un avión pequeño, de color rojo brillante, con una hélice reluciente. Don Guan lo usaba para revisar sus campos desde el aire.
De repente, un león pequeño con una melena dorada y esponjosa saltó del avión. Era Leo, el león mascota de Don Guan. Leo era muy valiente, pero también un poco miedoso.
"¡No se suban a ese avión!" rugió Leo, aunque su rugido sonaba más como un maullido. "Es peligroso! ¡Podríamos caernos!"
Pero Margarita y Pepito estaban decididos. Joaquín, siempre dispuesto a la aventura, también quería ir. "No te preocupes, Leo," dijo Joaquín. "Yo sé cómo funciona este avión. Mi papá me ha enseñado."
Con un poco de persuasión, Leo finalmente accedió a unirse a la aventura. Joaquín se sentó en el asiento del piloto, Margarita y Pepito se acomodaron en los asientos de atrás, y Leo se agarró con fuerza al asiento del copiloto.
Joaquín encendió el motor del avión. La hélice comenzó a girar, primero lentamente, luego cada vez más rápido. ¡El avión tembló y despegó!
Al principio, Leo estaba muy asustado. Cerró los ojos y se aferró al asiento con todas sus fuerzas. Pero poco a poco, a medida que el avión ascendía, comenzó a disfrutar del vuelo.
Margarita y Pepito estaban fascinados. Miraban por las ventanas con los ojos muy abiertos, maravillados por la vista. ¡El campo se veía pequeño y verde desde arriba! ¡Podían ver el río serpenteando a través de las colinas! ¡Incluso pudieron ver la casa de Don Guan, que parecía una pequeña caja de cerillas!
"¡Mira, Joaquín! ¡Nubes!" gritó Pepito, emocionado. "¡Casi puedo tocarlas!"
Joaquín sonrió. Estaba feliz de poder compartir esta experiencia con sus amigos animales. Voló el avión alrededor del campo, mostrando a Margarita, Pepito y Leo todos los lugares que conocían y amaban.
De repente, el avión comenzó a temblar. "¡Oh no!" exclamó Joaquín. "Creo que nos estamos quedando sin combustible!"
Leo volvió a tener miedo. "¡Te lo dije! ¡Te dije que era peligroso!" gimió.
Joaquín mantuvo la calma. "No se preocupen," dijo. "Aún puedo aterrizar el avión. Solo necesito encontrar un lugar seguro."
Joaquín buscó un lugar plano y despejado para aterrizar. Finalmente, vio un campo de trigo dorado que parecía perfecto. Con mucho cuidado, Joaquín dirigió el avión hacia el campo de trigo y lo aterrizó suavemente.
El avión se detuvo justo en medio del campo de trigo. Margarita, Pepito y Leo suspiraron aliviados.
"¡Lo hiciste, Joaquín!" exclamó Margarita. "¡Eres un gran piloto!"
"¡Y el campo de trigo huele delicioso!" añadió Pepito, comenzando a mordisquear las espigas doradas.
Leo, aunque todavía un poco nervioso, admitió: "Bueno, fue una aventura… y no nos caímos."
Joaquín, Margarita, Pepito y Leo salieron del avión y se sentaron en el campo de trigo. Vieron el sol ponerse, pintando el cielo de colores naranja, rosa y púrpura.
"Gracias por llevarnos a volar, Joaquín," dijo Margarita. "Nunca olvidaré esta aventura."
"Yo tampoco," dijo Pepito, con la boca llena de trigo.
Leo, sonriendo tímidamente, dijo: "Tal vez… tal vez podamos hacerlo de nuevo algún día."
Don Guan, al ver que el avión no regresaba, se preocupó. Buscó a Joaquín por todo el campo hasta que finalmente los encontró en el campo de trigo.
Al principio, Don Guan estaba enojado. Pero cuando Joaquín le contó toda la historia, y vio lo felices que estaban los animales, no pudo evitar sonreír.
"Joaquín," dijo Don Guan, "sabes que volar sin permiso es peligroso. Pero veo que has aprendido una lección valiosa. Y veo que amas a nuestros animales con todo tu corazón."
Don Guan llevó a Joaquín, Margarita, Pepito y Leo de vuelta a casa. Esa noche, todos durmieron profundamente, soñando con nubes, campos verdes y aventuras aéreas.
Desde aquel día, Joaquín siempre pidió permiso a su papá antes de volar el avión. Y Margarita, Pepito y Leo, aunque seguían siendo curiosos y aventureros, aprendieron a respetar las reglas y a valorar la seguridad. Y todos vivieron felices para siempre en el campo verde y lleno de flores.
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