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Gratis · elegí una vozCamilita, con su cabello del color del trigo maduro y una sonrisa que iluminaba como el sol de la mañana, no llevaba una capa roja. ¡Oh, no! Camilita amaba el amarillo. Su vestido era amarillo sol, y su chal, un amarillo suave como la mantequilla. Un día, su abuelita, que vivía en un apartamento con un balcón lleno de flores en el corazón de la ciudad, se sintió un poco mal.
"Camilita, cariño," le dijo su mamá, "¿podrías llevarle esta cesta con pan recién horneado y un tarro de miel de lavanda a la abuelita? Vive cerca del parque, en el edificio con la puerta azul."
Camilita, siempre dispuesta a ayudar, tomó la cesta con cuidado y salió a la calle. La ciudad era un hervidero de gente: señoras con sombreros extravagantes, hombres con maletines corriendo hacia sus trabajos, niños jugando a la rayuela en la acera. Camilita, con su vestido amarillo, parecía un pequeño rayo de sol entre la multitud.
Mientras caminaba, un hombre con un traje elegante y una sonrisa demasiado brillante se acercó a ella. Era alto y delgado, con el cabello peinado hacia atrás. "Hola, pequeña," dijo con una voz suave como la seda. "Qué cesta tan deliciosa llevas. ¿A dónde vas con ella?"
Camilita, aunque un poco tímida, no era tonta. Había aprendido de su mamá que no debía hablar con extraños, pero este hombre parecía tan amable… "Voy a ver a mi abuelita," respondió con cautela. "Vive cerca del parque, y le llevo pan y miel."
"¡Qué buena nieta eres!" exclamó el hombre, con los ojos brillando de una manera que a Camilita no le gustó nada. "¿Y por qué no recoges unas flores para tu abuelita? El parque está lleno de margaritas y rosas. Seguro que le encantarían."
Camilita pensó que era una buena idea. Su abuelita amaba las flores. Así que, después de agradecer al hombre, se dirigió al parque. El hombre, con una sonrisa maliciosa, sacó su teléfono móvil y marcó un número. "La presa está en camino," susurró. "Prepárate."
Mientras tanto, Camilita se deleitaba con la belleza del parque. Las margaritas blancas y amarillas brillaban bajo el sol, y las rosas rojas y rosadas perfumaban el aire. Recogió un hermoso ramo, atándolo con una cinta amarilla que llevaba en el pelo. Sin darse cuenta, se había entretenido más de lo que pensaba, y ahora llegaría tarde a casa de su abuelita.
El hombre, cuyo nombre era en realidad Don Lobo (aunque nadie lo sabía), llegó al edificio de la abuelita antes que Camilita. Con una llave maestra que había conseguido, entró en el apartamento y encerró a la abuelita en el armario del baño. Luego, se puso el camisón y las gafas de la abuelita y se metió en la cama, esperando a que llegara Camilita.
Cuando Camilita llegó, tocó el timbre. "¿Quién es?" preguntó Don Lobo, con una voz chillona que intentaba imitar a la abuelita.
"Soy yo, Camilita," respondió la niña. "Te traigo pan y miel, y unas flores preciosas."
"¡Pasa, cariño, pasa!" dijo Don Lobo. "Estoy en la cama, un poco indispuesta."
Camilita entró en el apartamento y se acercó a la cama. Don Lobo, con el camisón de la abuelita y las gafas torcidas, parecía muy extraño. "Abuelita," dijo Camilita, "¿qué ojos tan grandes tienes!"
"Son para verte mejor, querida," respondió Don Lobo, intentando sonar dulce.
"Abuelita," continuó Camilita, "¿qué orejas tan grandes tienes!"
"Son para oírte mejor, querida," dijo Don Lobo, cada vez más impaciente.
"Pero, abuelita," exclamó Camilita, dando un paso atrás, "¡qué nariz tan grande tienes!"
"¡Es para olerte mejor, querida!" rugió Don Lobo, quitándose las gafas y el camisón. "¡Y ahora te voy a comer!"
Camilita, asustada, gritó con todas sus fuerzas. Afortunadamente, un panadero que vivía en el apartamento de al lado, un hombre fuerte y bondadoso llamado Don Horacio, escuchó los gritos. Don Horacio, siempre atento a lo que sucedía en el edificio, irrumpió en el apartamento de la abuelita con un rodillo en la mano.
Don Lobo, al ver a Don Horacio, salió corriendo por la ventana, tropezando con las macetas del balcón y cayendo en un montón de basura. Don Horacio liberó a la abuelita del armario, y Camilita la abrazó con fuerza.
Desde aquel día, Camilita nunca más habló con extraños, y Don Lobo se mudó de la ciudad, avergonzado por su fracaso. Camilita y su abuelita siguieron viviendo felices en su apartamento, rodeadas de flores y del aroma del pan recién horneado de Don Horacio. Y Camilita, por supuesto, siguió amando el color amarillo sol.
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