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Gratis · elegí una vozAngel, Neus, Marina y Jordi eran los mejores amigos, siempre buscando una nueva aventura en el Colegio Sol Brillante. Un día, mientras esperaban el timbre del recreo, Jordi tuvo una idea brillante (o al menos, eso pensaba él).
"Tengo un plan", susurró Jordi, con los ojos brillando. "Vamos a hacer una broma. Cuando suene el reloj del colegio, ¡nos cambiamos de sitio!"
Neus, siempre la más cautelosa, frunció el ceño. "No sé, Jordi… ¿No crees que nos meteremos en problemas?"
"¡Bah!" respondió Jordi, restándole importancia con un gesto de la mano. "Será divertido. Además, nadie se dará cuenta."
Marina, la más aventurera del grupo, ya estaba emocionada. "¡Yo participo! ¿Qué tenemos que hacer exactamente?"
Angel, el más tranquilo, asintió lentamente. Le gustaba la idea, aunque también compartía las dudas de Neus. "Vale, pero tenemos que ser rápidos y discretos. Y volver a nuestros sitios cuando suene el reloj otra vez."
Así que, decididos, esperaron con impaciencia el sonido del reloj. El profesor Don Ricardo, un hombre bonachón con un bigote enorme, explicaba las complejidades de las plantas a los alumnos. El aire olía a tiza y a libros viejos.
*Bip, bip, biiiiip!* El sonido agudo del reloj resonó por toda la clase. Era la señal.
Con una rapidez sorprendente, Angel se movió al sitio de Neus, Neus al de Marina, Marina al de Jordi, y Jordi al de Angel. ¡Habían logrado el cambio!
Don Ricardo, ajeno a la pequeña revolución que acababa de ocurrir en su clase, continuó con su explicación sobre la fotosíntesis. Los cuatro amigos se miraron entre sí, conteniendo la risa. Era muy difícil mantener la compostura, especialmente cuando Jordi intentaba imitar la voz grave de Don Ricardo.
Pero la broma no había terminado. Debían mantener el disfraz hasta que sonara el reloj otra vez. Neus, ahora sentada en el sitio de Marina, descubrió un chicle pegado debajo de la mesa. ¡Qué asco! Marina, en el sitio de Jordi, encontró un dibujo a medio terminar de un cohete espacial. Angel, en el sitio de Neus, sintió una inexplicable necesidad de ordenar los lápices de colores. Y Jordi, en el sitio de Angel, se dio cuenta de que la vista desde esa esquina de la clase era mucho mejor de lo que pensaba.
El tiempo pareció detenerse. Don Ricardo seguía hablando de las hojas, los tallos y las raíces. Los cuatro amigos intentaban prestar atención, pero la risa seguía burbujeando en su interior.
Finalmente, *bip, bip, biiiiip!* El reloj volvió a sonar. Era el momento de volver a sus sitios originales.
Con la misma rapidez con la que se habían movido antes, Angel, Neus, Marina y Jordi volvieron a ocupar sus lugares. La adrenalina corría por sus venas. ¡Habían hecho la broma y nadie se había dado cuenta!
O eso creían ellos…
Cuando Don Ricardo terminó su explicación, se aclaró la garganta y miró a la clase con una sonrisa pícara. "Bueno, chicos", dijo con una voz suave, "he notado algo… peculiar. Parece que alguien ha estado jugando a las sillas musicales durante mi clase."
Los cuatro amigos se quedaron petrificados. ¿Cómo lo había sabido?
Don Ricardo se acercó a ellos, con el bigote temblándole ligeramente. "Angel, juraría que antes estabas dibujando un dragón y ahora estás mirando con mucho interés los lápices de Neus. Neus, creo que te has horrorizado al encontrar algo pegajoso debajo de la mesa de Marina. Marina, tu repentino interés en los cohetes espaciales me resulta sospechoso. Y Jordi, tu postura y tu mirada hacia la ventana sugieren que has descubierto una nueva perspectiva desde el lugar de Angel."
Los cuatro amigos se miraron entre sí, avergonzados. Habían sido descubiertos.
"Entiendo que querían divertirse", continuó Don Ricardo, con una sonrisa comprensiva. "Pero las bromas en clase pueden distraer y molestar a los demás. ¿Qué les parece si, como castigo, me ayudan a regar las plantas del jardín después de clase?"
Angel, Neus, Marina y Jordi asintieron al unísono. Sabían que se lo merecían.
Esa tarde, mientras regaban las rosas y los girasoles, aprendieron una valiosa lección: las bromas son divertidas, pero es importante pensar en las consecuencias y no molestar a los demás. Y, aunque su broma no salió como esperaban, se rieron mucho recordándola.
Al final, la Aventura Bip-Bip del Reloj Travieso resultó ser una experiencia inolvidable, llena de risas, aprendizaje y, por supuesto, ¡muchas plantas bien regadas!
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