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Gratis · elegí una vozHabía una vez un joven llamado Juan, que vivía en el pueblo vibrante de Colorín. Juan tenía la piel morena, la cual brillaba con el sol cada mañana. Pero, a pesar de su belleza natural, Juan ansiaba tener la piel blanca como la nieve que caía sobre las montañas lejanas. Con la esperanza de cambiar su color, Juan decidió pedirle a Dios que lo hiciera blanco.
Una noche, mientras las estrellas iluminaban el cielo, Juan se arrodilló en su pequeño cuarto y habló con Dios. "Por favor, Dios, hazme blanco como el papel", suplicó. Al día siguiente, Juan se despertó con gran expectativa de ver su nuevo color, pero al mirarse en el espejo, descubrió que su piel había cambiado de una manera inesperada: ahora era más oscura que nunca.
Confundido y triste, Juan salió de su casa. La gente en el pueblo lo miraba con curiosidad, pero nadie decía nada. Sentía que todos observaban su piel más negra, como un lienzo pintado de medianoche. Juan decidió visitar a la sabia abuela Margarita, quien vivía al borde del bosque.
La abuela Margarita escuchó pacientemente la historia de Juan, y con una sonrisa suave, le dijo: "Juan, la verdadera belleza no está en el color de tu piel, sino en lo que llevás en tu corazón. Tal vez Dios te ha dado este color para enseñarte a aceptar quién sos".
Inspirado por las palabras de la abuela, Juan decidió embarcarse en una aventura para descubrir la belleza en sí mismo y en el mundo que lo rodeaba. Comenzó a ayudar en el pueblo, pintando murales con colores vibrantes, cada uno más hermoso que el anterior. Pronto, los murales llenaron las calles de Colorín, celebrando la diversidad y la alegría.
En su viaje, Juan se dio cuenta de que la piel negra que tanto había temido era, en realidad, un regalo. Se convirtió en un símbolo de su fuerza y su conexión con la tierra. Juan aprendió a amarse tal como era, y su corazón se llenó de felicidad y gratitud.
Finalmente, Juan entendió que su deseo de ser blanco había sido una búsqueda del amor propio, y que la verdadera transformación había ocurrido en su interior. La piel de Juan se convirtió en algo admirado en el pueblo, no por su color, sino por lo que representaba: un joven que había aprendido a abrazar su verdadero yo.
Juan regresó a visitar a la abuela Margarita, quien lo recibió con un cálido abrazo. "Estoy orgullosa de vos, querido Juan", dijo ella. "Has encontrado la belleza que estaba dentro de vos todo el tiempo".
Y así, Juan continuó su vida en Colorín, lleno de amor y propósito. Su historia se convirtió en una leyenda en el pueblo, inspirando a otros a buscar la belleza en sus corazones y a celebrar quienes eran. Y cada vez que alguien preguntaba sobre los murales que adornaban las calles, Juan sonreía y decía: "La verdadera belleza no tiene color".
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