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Había una vez una joven llamada Clara, que tenía el corazón lleno de sueños y una carpeta azul llena de planes. Clara era una 'seño residente', lo que significaba que estaba terminando sus estudios para ser maestra de jardín de infantes. Aquella mañana de lunes no era un lunes cualquiera; era su primer día de prácticas en la Sala de 2 años. Mientras caminaba hacia el jardín, sus manos sudaban un poco y su corazón latía como un tamborcito: estaba nerviosa, ansiosa, pero sobre todo, inmensamente feliz.
Al llegar a la puerta de la sala, respiró hondo. Al abrirla, se encontró con un torbellino de colores y sonidos. Allí estaban: diecisiete niños y niñas de apenas dos años. Algunos gateaban velozmente, otros apilaban cubos, y un par de ellos conversaban en su propio y tierno lenguaje. Clara sonrió, pensando en su planificación. Había pasado noches enteras organizando actividades perfectas. En su mente, los diecisiete niños se sentarían en un círculo perfecto, escucharían su historia con atención y luego pintarían ordenadamente con sus dedos. 'Si tengo todo organizado, nada puede fallar', se decía a sí misma con total confianza.
Llegó el momento de la primera actividad. Clara sacó un títere de conejo y, con una voz muy dulce, llamó a los niños: '¡Vengan todos, el conejo Pepito quiere contarles algo!'. Pero lo que sucedió no estaba en su carpeta azul. Mateo prefirió seguir haciendo rodar su camioncito rojo; Sofía se quedó mirando un pajarito que pasaba por la ventana; y el pequeño Lucas decidió que era un excelente momento para intentar trepar a una silla. Solo tres niños se acercaron, pero pronto se distrajeron con los cordones de sus propias zapatillas.

Clara sintió un nudo en la garganta. Intentó subir el tono de voz, luego bajarlo, hizo gestos exagerados, pero los diecisiete pequeños exploradores seguían en sus propios mundos. Al terminar la mañana, Clara se sentía pequeña y un poco frustrada. Se dio cuenta de que los niños no la veían como su 'seño'; para ellos, era simplemente alguien nuevo en el salón que intentaba interrumpir sus juegos. No sentía que tuviera ese rol docente que tanto había estudiado, ni esa 'autoridad pedagógica' que mencionaban los libros. '¿Será que no sirvo para esto?', se preguntó con tristeza al llegar a su casa.
Sin embargo, Clara no era de las que se daban por vencidas fácilmente. Esa noche, en lugar de escribir nuevos planes rígidos, se puso a pensar. Recordó sus clases: 'Cada niño es un mundo', decían sus profesores. Entonces, al día siguiente, Clara decidió hacer algo diferente. En lugar de llegar y decirles qué hacer, se sentó en un rincón de la sala, simplemente a observar.
Observó durante horas. Vio que a Benjamín le fascinaba el sonido de las maderas chocando. Notó que a las niñas del rincón les encantaba esconderse bajo las telas de colores. Observó que un grupo grande se quedaba hipnotizado cuando el sol entraba por la ventana y formaba luces en el suelo. Clara empezó a anotar, no lo que ella quería que hicieran, sino lo que a ellos les gustaba hacer. Entendió que no podía pretender que diecisiete voluntades tan jóvenes hicieran lo mismo al mismo tiempo, porque cada uno tenía un ritmo y un interés diferente.

El miércoles, Clara no sacó su títere de conejo. En cambio, preparó 'estaciones de juego'. En un rincón puso maderas de diferentes tamaños; en otro, telas livianas que volaban con el viento; y en el centro, platos con agua y burbujas. No dio una orden general. Simplemente se sentó en el suelo, a la altura de sus ojos, y empezó a jugar ella misma.
Poco a poco, la magia ocurrió. Los niños se acercaron por curiosidad. Mateo dejó su camión y se unió a las maderas. Sofía dejó la ventana para jugar con las telas. Clara no gritaba consignas; ella acompañaba sus descubrimientos. Cuando un niño lograba apilar tres maderas, ella lo miraba y le decía: '¡Qué torre tan alta has construido!'. En ese momento, Mateo la miró a los ojos y le sonrió. Fue una chispa mágica. Por primera vez, la reconoció no como una extraña, sino como alguien que compartía su asombro.
Con el paso de los días, Clara dejó de ser invisible. Se convirtió en la persona que sabía dónde estaban los mejores tesoros, la que cantaba canciones suaves cuando estaban cansados y la que entendía que a veces, un niño de dos años solo necesita un abrazo o espacio para correr. Aprendió que su autoridad no venía de un título, sino del vínculo y del respeto por la identidad de cada pequeño. Al finalizar sus prácticas, Clara ya no tenía miedo. Seguía teniendo su carpeta azul, pero ahora estaba llena de dibujos, de anécdotas y de la gran lección que los diecisiete niños le habían enseñado: que para enseñar, primero hay que saber mirar con el corazón.
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