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Gratis · elegí una vozDon Nariz era una nariz muy curiosa. Vivía en la cara de un niño llamado Tomás, y le encantaba oler todo: las flores, la comida, incluso los calcetines sucios de Tomás (aunque no le gustaba mucho ese olor). Un día, Don Nariz se aburrió. "¡Siempre huelo lo mismo!", exclamó. "¡Necesito una aventura!".
Así que, sin que Tomás se diera cuenta, Don Nariz se despegó de su cara. ¡Sí, se despegó! Tenía un pequeño par de piernas invisibles y empezó a caminar (o más bien, a resbalar) por el cuerpo de Tomás. Su primera parada fue la boca. "¡Hola!", gritó Don Nariz. "Soy Don Nariz, ¿y tú quién eres?".
"Soy la Boca", respondió una voz profunda. "Y estoy muy ocupada masticando una deliciosa manzana. ¿Quieres un poco?". Don Nariz, aunque no podía comer, aceptó felizmente. La Boca le contó historias de todos los sabores que había probado: dulce, salado, amargo, ¡incluso picante!
Después, Don Nariz siguió su camino y llegó a las Orejas. "¡Buenos días, Orejas!", saludó Don Nariz. "¿Qué tal el día hoy?". Las Orejas, que eran muy atentas, le contaron todos los sonidos que habían escuchado: el canto de los pájaros, el ladrido de un perro, e incluso la canción favorita de Tomás.
"¡Qué interesante!", dijo Don Nariz. "Yo solo huelo cosas, pero ustedes escuchan todo el mundo". Las Orejas sonrieron. "Cada parte del cuerpo tiene su propia tarea importante", explicaron.
Don Nariz, ahora más sabio, siguió su viaje y llegó a los Ojos. Los Ojos eran dos hermanos gemelos, siempre mirando a su alrededor. "¡Hola, Ojos!", gritó Don Nariz. "¿Qué están viendo?".
"¡Estamos viendo un gato jugando con una madeja de lana!", exclamó uno de los Ojos. "¡Y un árbol con hojas verdes!", añadió el otro. Don Nariz se maravilló. "¡Qué suerte tienen de poder ver todo eso! Yo solo puedo olerlo".
Los Ojos le explicaron que ellos veían los colores y las formas, y que gracias a ellos, Tomás podía leer libros y jugar al fútbol. Don Nariz se sintió un poco celoso, pero también muy agradecido de tener a los Ojos.
Continuando su aventura, Don Nariz tropezó (literalmente) con las Manos. Las Manos estaban ocupadas construyendo una torre de bloques. "¡Hola, Manos!", dijo Don Nariz, intentando no caerse. "¿Qué están haciendo?".
"¡Estamos construyendo una torre muy alta!", respondieron las Manos. "Somos muy hábiles para hacer cosas. Podemos dibujar, escribir, y hasta hacer cosquillas". Don Nariz se rio al pensar en las cosquillas. Él no podía hacer cosquillas, pero sí podía oler las flores que las Manos recogían.
Finalmente, Don Nariz llegó a los Pies. Los Pies estaban cansados de tanto correr y saltar. "¡Hola, Pies!", saludó Don Nariz. "¿Cómo están?".
"¡Estamos muy cansados!", suspiraron los Pies. "Pero también estamos muy orgullosos. Gracias a nosotros, Tomás puede correr, saltar, y bailar". Don Nariz se dio cuenta de lo importante que eran los Pies. Sin ellos, Tomás no podría moverse.
Don Nariz había aprendido mucho en su aventura. Cada parte del cuerpo era importante y tenía su propia tarea especial. Él era la nariz, y su trabajo era oler. Los Ojos veían, las Orejas oían, la Boca hablaba y comía, las Manos construían, y los Pies caminaban.
De repente, Don Nariz se sintió muy cansado. Echaba de menos su hogar en la cara de Tomás. Así que, con mucho cuidado, caminó de vuelta por el cuerpo de Tomás hasta llegar a su cara. Se pegó de nuevo a su lugar, justo entre los Ojos y la Boca.
Tomás no se dio cuenta de nada. Siguió jugando como si nada hubiera pasado. Pero Don Nariz era diferente. Ahora sabía que era parte de un equipo, la "Banda del Cuerpo", y que juntos hacían que Tomás fuera feliz y saludable.
Desde ese día, Don Nariz siguió oliendo todo lo que podía, pero lo hacía con más alegría y gratitud. Sabía que, aunque pequeño, era una parte importante del cuerpo de Tomás. Y de vez en cuando, cuando Tomás dormía, Don Nariz soñaba con su aventura y sonreía (si es que las narices pueden sonreír).
Y colorín colorado, esta aventura de Don Nariz ha terminado. Pero recuerda, ¡tu cuerpo es una banda increíble! Cuídalo y ámalo, porque cada parte es especial y valiosa.
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