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Gratis · elegí una vozFelipa, una niña de ojos brillantes y risa contagiosa, amaba pasar los fines de semana en la casa de sus abuelos, Mary y Jaime. Allí, entre el aroma a pastel de manzana recién horneado y las historias contadas al calor de la chimenea, sentía que el mundo era un lugar mágico. Sus mascotas, Princi, un perro juguetón de pelaje dorado, y Vieja, una gata siamesa con un ronroneo suave, eran sus compañeros inseparables en cada aventura.
Un viernes por la tarde, mientras su papá y su mamá, Santos, la llevaban a la casa de sus abuelos, Felipa no paraba de mirar por la ventana. Vio el Cerro Grande, imponente y verde, y pensó en los secretos que guardaba. También saludó al viejo árbol de roble que siempre la recibía con sus ramas extendidas como brazos amigables. Esa noche, la Luna, redonda y brillante, parecía sonreírle desde el cielo.
"¡Abuela, abuelo!", exclamó Felipa al llegar, corriendo a abrazarlos. Abuela Mary la envolvió en un abrazo cálido y le besó la frente. Abuelo Jaime, con su barba blanca y ojos chispeantes, le ofreció una galleta recién hecha. Princi ladró alegremente y Vieja se frotó contra sus piernas, dándole la bienvenida a su manera.
Después de la cena, mientras la familia estaba reunida en la sala, Felipa preguntó: "Abuelo, ¿me contarías una historia del Cerro Grande? Siempre me ha parecido misterioso".
Abuelo Jaime sonrió. "Claro que sí, Felipa. El Cerro Grande, como tú bien dices, guarda muchos secretos. Pero el más importante es que es el guardián de la bondad y la amistad. Se dice que, en su cima, vive un espíritu que vela por todos los que tienen un corazón puro".
Felipa escuchaba con atención, sus ojos brillando a la luz de la chimenea. "¿Y cómo podemos encontrar ese espíritu, abuelo?", preguntó con curiosidad.
"Para encontrarlo, Felipa", respondió Abuela Mary, "hay que subir el cerro con un corazón lleno de amor y respeto por la naturaleza. Y estar dispuesta a ayudar a quien lo necesite".
A la mañana siguiente, Felipa se despertó con una idea en mente: quería subir al Cerro Grande. Le contó su plan a sus abuelos y, aunque al principio dudaron un poco por la dificultad de la caminata, finalmente accedieron a acompañarla. La tía Flaca Juana, hermana de Santos, también se unió a la aventura, llevando una mochila llena de provisiones.
Comenzaron la caminata temprano por la mañana. El sol brillaba y los pájaros cantaban alegremente. Princi y Vieja corrían delante, explorando el camino. A medida que subían, Felipa observaba la belleza de la naturaleza: las flores silvestres de colores brillantes, las mariposas revoloteando y los árboles imponentes.
En un momento, encontraron a un pajarito con una ala herida. Felipa sintió mucha pena por él. Con cuidado, lo tomó en sus manos y, con la ayuda de la tía Flaca Juana, le hicieron un pequeño vendaje con una hoja suave y un poco de agua.
Continuaron la caminata y, poco después, se encontraron con una anciana que luchaba por cargar un cesto lleno de leña. Sin dudarlo, Felipa se ofreció a ayudarla. La anciana, agradecida, le sonrió y le dio una manzana roja y brillante.
Finalmente, llegaron a la cima del Cerro Grande. Allí, la vista era impresionante. Podían ver todo el valle, los campos verdes y el río serpenteando a lo lejos. Felipa cerró los ojos y sintió una paz profunda. De repente, sintió una brisa suave que le acarició el rostro. Abrió los ojos y vio una luz brillante que se desvanecía lentamente.
"¿Lo viste, abuelo?", preguntó Felipa emocionada.
Abuelo Jaime sonrió. "Sí, Felipa. Lo viste. El espíritu del Cerro Grande te ha mostrado que tu corazón es puro y lleno de bondad".
Felipa entendió que la verdadera aventura no era llegar a la cima del cerro, sino el camino recorrido, las personas ayudadas y el amor compartido con su familia. Bajaron del cerro al atardecer, con el corazón lleno de alegría y gratitud. Esa noche, bajo la Luna sonriente, Felipa soñó con el Cerro Grande y el espíritu que velaba por la bondad en el mundo. Aprendió que el amor, el respeto y la ayuda a los demás son los verdaderos tesoros de la vida.
Desde ese día, Felipa siempre recordó la aventura en el Cerro Grande y se esforzó por ser una niña buena y bondadosa, llevando la luz del espíritu del cerro en su corazón. Y cada vez que veía la Luna, recordaba la sonrisa que le había regalado esa noche mágica.
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