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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una casa llena de risas y flores, una niña llamada Gabriella. A Gabriella le encantaba jugar voleibol con su mamá en el patio trasero. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y la pelota volaba de un lado a otro, creando un alegre baile en el aire.
Un día, mientras jugaban, Gabriella, con toda su energía, le pegó a la pelota con muchísima fuerza. ¡Pum! La pelota salió disparada, más alto y más lejos de lo que jamás había ido. Con un bote, dos botes, ¡desapareció por encima de la cerca que separaba su patio del vecino!
Gabriella y su mamá se miraron con preocupación. La cerca era alta, muy alta. Intentaron estirarse, saltar, incluso usar una escoba para alcanzar la pelota, pero nada funcionaba. La pelota, su preciada pelota de voleibol, estaba atrapada en el patio vecino.
Después de varios intentos fallidos, la frustración comenzó a apoderarse de Gabriella. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Esa pelota no era solo una pelota; era su pelota favorita, la que usaba para reír, jugar y compartir momentos felices con su mamá. Las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras miraba la alta cerca, sintiéndose impotente.
En ese momento, el papá de Gabriella, que estaba leyendo tranquilamente en el interior de la casa, escuchó el alboroto. Sin pensarlo dos veces, y sin siquiera preguntar qué sucedía exactamente, supo que su hija necesitaba ayuda. Se levantó de su sillón, dejando su libro marcado sobre la mesa, y salió al patio.
Con una sonrisa misteriosa, el papá de Gabriella arrastró una gran escalera de aluminio desde el garaje. No era una escalera común y corriente. Era una escalera especial, una escalera plegable que, al desplegarse por completo, era lo suficientemente larga como para alcanzar por encima de la cerca. Al desplegarla, parecía un puente improvisado entre los dos patios.
Gabriella, al ver la escalera, dejó de llorar instantáneamente. Sus ojos se iluminaron con una mezcla de sorpresa y esperanza. ¡Una escalera! ¡Una escalera que podía llevarla hasta su pelota!
"¡Papá! ¡Eres el mejor!" exclamó Gabriella, secándose las lágrimas con el dorso de su mano.
"Con cuidado, mi amor," le advirtió su papá, sosteniendo la escalera firmemente. "Sube despacio y con mucho cuidado."
Gabriella, llena de emoción, comenzó a subir los peldaños de la escalera. Cada paso era un pequeño triunfo. Miraba hacia abajo para asegurarse de que su papá la estuviera sujetando bien, y luego volvía a mirar hacia arriba, hacia su objetivo: la pelota de voleibol.
Finalmente, llegó a la cima de la escalera. Desde allí, podía ver claramente su pelota, descansando pacíficamente en el césped del patio vecino. Con cuidado, se estiró, extendió su brazo y... ¡la agarró! ¡Tenía su pelota de vuelta!
Con la pelota firmemente en sus manos, Gabriella descendió la escalera con la misma precaución que había usado para subir. Su papá la esperaba abajo, con los brazos abiertos y una sonrisa orgullosa.
Una vez que estuvo de nuevo en tierra firme, Gabriella corrió a abrazar a su papá con todas sus fuerzas. "¡Gracias, papá! ¡Gracias! ¡Eres un héroe!"
Su papá la abrazó con cariño. "Siempre estaré aquí para ayudarte, mi pequeña," le dijo. "Ahora, ve y diviértete jugando."
Gabriella, con su pelota de voleibol de nuevo en sus manos, corrió de regreso al patio con su mamá. Continuaron jugando voleibol durante mucho tiempo, pero esta vez, Gabriella tuvo mucho más cuidado al golpear la pelota. No quería perderla de nuevo.
Esa tarde, Gabriella aprendió una lección muy importante: que a veces, cuando las cosas parecen imposibles, solo necesitas un poco de ingenio y la ayuda de un ser querido para superar cualquier obstáculo. Y también aprendió que su papá siempre estaría allí para ella, listo para construir puentes, incluso literales, para ayudarla a alcanzar sus sueños... y su pelota de voleibol.
Desde ese día, cada vez que jugaba voleibol, Gabriella recordaba la aventura de la pelota fugitiva y el ingenio de su papá. Y siempre, siempre, golpeaba la pelota con un poco más de cuidado, sabiendo que, aunque a veces las cosas se complican, con amor y un poco de ayuda, todo es posible.
Y así, en esa casa llena de risas y flores, Gabriella y su familia siguieron jugando, riendo y creando recuerdos felices, una pelota de voleibol a la vez.
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