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En una tarde cualquiera, entre los pasillos de la PUCE Ibarra, un grupo de jóvenes estudiantes conversaba sobre las noticias que resonaban cada día más fuerte en los medios: “Adolescente de 15 años detenido por sicariato”, “Menores implicados en red de extorsión”, “Niño arrestado con armas en su mochila”. La violencia juvenil parecía crecer en las calles del país, y con ella, el temor de la ciudadanía.
Aquel tema no tardó en convertirse en una conversación apasionada. Entre clases de Fundamentos de la Investigación, mientras compartían ideas y opiniones, surgió la inquietud: ¿qué lleva a un menor a delinquir? ¿Y es justo que pague con las mismas penas que un adulto? Cada uno traía consigo sus propias dudas. Saray recordaba un titular que había leído esa mañana; Jimmy había visto una noticia en redes donde se pedía cárcel común para menores. Jazmín comentó que en su barrio ya se escuchaban rumores sobre pandillas reclutando niños. Ana, con mirada reflexiva, lanzó la pregunta que marcaría el rumbo de su trabajo: ¿Será que juzgar a los niños como adultos realmente es la mejor solución?
Fue así como nació el proyecto. Lo cual fue un proceso de aplicación del método científico basado en “Plan de Investigación”. Movidos por la inquietud y por un compromiso genuino con la justicia, el grupo decidió que ese sería su tema de investigación. Lo bautizaron: “Ecuador, justicia sin edad: ¿deben pagar los niños como adultos por sus crímenes?”
Ellos se basaron en los verbos, (¿Que, como y para qué?)
Reunidos en la biblioteca, comenzaron a debatir. No bastaba con la percepción personal: había que comprender en profundidad el fenómeno. La primera etapa fue definir los límites del problema. Revisaron cifras, analizaron noticias y descubrieron que en los últimos años la inseguridad en el país se había disparado. Y lo más preocupante: cada vez más niños y adolescentes estaban siendo utilizados por adultos para cometer crímenes atroces.
Surgía una pregunta inevitable: ¿se puede exigir a un niño de 12, 13 o 14 años que asuma la misma responsabilidad penal que un adulto de 30? La tentación de aplicar soluciones rápidas era comprensible: la ciudadanía clamaba por más seguridad, por penas más duras. Algunos políticos proponían reformas legales para permitir que los menores pagaran con las mismas penas que los adultos.
El equipo decidió que antes de opinar o tomar partido, debían investigar a fondo. Así, formularon su hipótesis: penalizar a los menores como adultos vulnera sus derechos y no es una vía efectiva para resolver el problema de la delincuencia juvenil.
Armados de esta premisa, emprendieron el camino del método científico. La primera parada fue el marco legal. Hugo y Saray se sumergieron en el estudio del Código de la Niñez y Adolescencia. Allí encontraron el artículo 307, que establece que los niños menores de 12 años son absolutamente inimputables, y que los adolescentes deben ser juzgados en un sistema especializado.
Mientras tanto, Jimmy recopiló tratados internacionales. Encontró la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por Ecuador, que subraya la importancia de tratar a los menores infractores con un enfoque orientado a la rehabilitación y no al castigo.
Jazmín propuso que no podían quedarse solo en la norma escrita. Para entender el comportamiento juvenil, era necesario conocer qué decía la ciencia. Así fue como descubrieron los estudios de la neurocientífica Casey (2023). Aprendieron que el cerebro de los adolescentes aún está en desarrollo: su corteza prefrontal responsable de la toma de decisiones y del control de impulsos no madura completamente hasta después de los 20 años.
Cada lectura abría nuevos horizontes. Descubrieron que las diferencias cerebrales entre adolescentes y adultos explican por qué los jóvenes tienden a actuar impulsivamente, sin medir las consecuencias.
El grupo también revisó casos internacionales. Ana leyó el informe del Centro Petrie-Flom, que mostraba cómo en Estados Unidos, donde las leyes permiten juzgar a menores como adultos, no se ha logrado reducir la delincuencia juvenil. Al contrario: la reincidencia era más alta, y los menores que pasaban por el sistema penal adulto tenían más dificultades para reinsertarse.
Cada hallazgo reforzaba su convicción: tratar a los adolescentes como adultos en el sistema penal no es la respuesta.
Durante las reuniones semanales, los estudiantes contrastaban la información con la realidad de su propio país. Recordaban casos emblemáticos: adolescentes que, tras pasar por el sistema, salían aún más marcados, con menos oportunidades y con un futuro sombrío.
Además, comprendieron que los menores en conflicto con la ley, lejos de ser “criminales natos”, provenían en su mayoría de contextos de abandono, pobreza y violencia. La falta de educación, las familias desestructuradas y la ausencia de oportunidades alimentaban un círculo vicioso.
Más que endurecer penas, el desafío estaba en fortalecer la prevención.
En medio de la investigación, encontraron el pronunciamiento del Consejo Nacional de la Niñez y Adolescencia, que rechazaba las propuestas de juzgar a adolescentes como adultos, señalando que tal medida vulneraría los derechos fundamentales de la infancia.
La revisión bibliográfica los llevó a otra lectura reveladora: el trabajo de Cabrera & Ruiz (2023), que exploraba cómo el desarrollo cerebral afecta la responsabilidad penal. El control inhibitorio de los adolescentes es limitado, lo que explica su comportamiento impulsivo. Juzgarlos bajo los mismos criterios que a un adulto sería desconocer esta diferencia esencial.
A medida que la investigación avanzaba, el equipo se reafirmaba en su hipótesis: la solución no puede ser represiva ni simplista. Aplicar penas de adultos no solo vulneraría principios fundamentales, sino que además sería ineficaz.
Al concluir su análisis, quedó claro que la verdadera respuesta debe enfocarse en la prevención, la educación y la rehabilitación. Es necesario crear programas eficaces que ofrezcan a las adolescentes alternativas reales, que fortalezcan sus capacidades y les permitan construir un futuro diferente.
Por último, comprendieron que detrás de cada adolescente infractor hay una historia. Castigarlo como a un adulto es negarle la posibilidad de cambiar su rumbo. Una justicia verdaderamente humana debe reconocer la diferencia entre un niño en proceso de desarrollo y un adulto plenamente formado.
Con este trabajo, el grupo busca contribuir al debate social. La seguridad ciudadana es un derecho legítimo, pero debe alcanzarse respetando los derechos de los niños y adolescentes. Promover un sistema de justicia juvenil especializado y humanizado es esencial para garantizar la protección integral y el bienestar de futuras generaciones.
Así terminó este viaje de investigación. Lo que comenzó como una conversación entre pasillos se transformó en un compromiso profundo: el de aportar, desde el conocimiento, a una sociedad más justa, más consciente y más humana.
El método de “Plan de Investigación” les ayudó mucho a organizar y profundizar su análisis sobre un problema social complejo, guiando paso a paso la formulación de preguntas, la delimitación del tema, la justificación del problema, la revisión bibliográfica, la búsqueda de evidencia y la construcción de conclusiones.
Facilitó una comprensión crítica del contexto legal y psicológico de los adolescentes en conflicto con la ley.
Gracias a este proceso, pudieron fundamentar su postura de manera objetiva y proponer soluciones viables y humanizadas. Fin del cuento.
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