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En el corazón de un bosque donde los árboles parecían tocar el cielo y el aire olía a pino fresco, tres amigos inseparables, Mateo, Lucas y Julián, caminaban por la orilla de un río cristalino. El sol de la tarde brillaba con fuerza, y el sonido del agua chocando contra las rocas era una invitación irresistible. Julián, el más audaz del grupo, se detuvo y observó la soledad del paisaje. ¡Miren qué fresca está el agua!, exclamó con una sonrisa traviesa. No hay nadie en kilómetros a la redonda, ni niñas, ni adultos. Deberíamos nadar libres, sin que la ropa nos moleste. Mateo y Lucas se miraron con duda. No lo sé, Julián, dijo Lucas rascándose la cabeza, ¿y si alguien aparece?. ¡Imposible!, insistió Julián, este es nuestro rincón secreto. Tras mucha insistencia, la lógica del calor venció a la prudencia. Los tres niños se despojaron de sus camisetas, pantalones y zapatos, dejándolos en un montón desordenado sobre una roca plana, y se lanzaron al río con estruendos de alegría. Durante casi una hora, el río fue su reino; jugaron a las travesías y buscaron piedras brillantes en el fondo, olvidando por completo el mundo exterior. Sin embargo, mientras ellos reían bajo el agua, un grupo de cabras salvajes bajó silenciosamente de la colina. Atraídas por el olor a sal y el algodón de las prendas, comenzaron a masticar. Cuando los niños finalmente decidieron salir, tiritando de frío pero felices, la escena que encontraron fue desoladora: solo quedaban restos de hilos y suelas de zapatos mordisqueadas. ¡Mis pantalones!, gritó Mateo horrorizado. ¡Mi camiseta favorita!, sollozó Lucas. La vergüenza los invadió de inmediato. Al verse sin nada con qué cubrirse, la frustración se dirigió hacia Julián. ¡Fue tu idea!, le recriminaron al unísono. Ahora tú tienes que solucionar esto. Ve y busca algo, lo que sea, para que podamos volver a casa sin parecer náufragos. Julián, sintiéndose culpable y cabizbajo, asintió. Se cubrió como pudo con unas hojas grandes de helecho y se internó en la espesura del bosque, dejando a sus amigos ocultos tras unas rocas grandes cerca de la orilla. Lo que Mateo y Lucas no sabían era que, a pocos metros de ellos, la suerte les jugaba una broma pesada. Un grupo de niñas de su misma escuela, Clara, Sofía y Elena, estaban de excursión fotográfica buscando aves exóticas. Al escuchar el alboroto de las cabras y las quejas de los niños, se habían acercado sigilosamente. Escondidas tras un frondoso arbusto de moras, las niñas observaban la escena con una mezcla de asombro y picardía. ¡No puedo creerlo!, susurró Clara mientras preparaba su teléfono. ¡Es la oportunidad del siglo!. Con risitas contenidas, comenzaron a tomar fotos de los dos niños que, ignorantes de ser observados, intentaban cubrirse con sus propias manos mientras discutían sobre quién tenía las piernas más flacas. Mientras tanto, Julián avanzaba por el bosque cuando divisó un movimiento extraño. Se agachó y, para su horror, vio a las niñas con sus celulares apuntando directamente hacia sus amigos. Entendió que si esas fotos llegaban a la escuela, nunca vivirían para contarlo. Su mente trabajó rápido. No solo necesitaba ropa, necesitaba un plan de rescate. Cerca de donde estaba, vio una vieja manta de picnic que alguien había olvidado y un palo largo. También notó un nido de avispas vacío colgando de una rama baja, pero que aún conservaba un aspecto amenazante. Julián decidió que el susto sería su mejor arma. Se puso la manta sobre la cabeza como si fuera un fantasma del bosque y, usando el palo para mover los arbustos con fuerza, comenzó a emitir un rugido gutural que imitaba a una bestia salvaje. ¡GRAWWWWR!, rugió Julián con todas sus fuerzas. Las niñas, que estaban concentradas en sus pantallas, saltaron del susto. ¡Un oso! ¡Un monstruo!, gritó Sofía, dejando caer su teléfono sobre la hierba. En medio del caos y el pánico, las tres salieron corriendo hacia el sendero principal, dejando atrás dos de sus celulares. Julián salió de su escondite, recogió los dispositivos y, con manos temblorosas pero decididas, borró las fotos de la galería y de la papelera de reciclaje. Luego, dejó los teléfonos en un lugar visible para que las niñas pudieran encontrarlos al regresar sin el susto. Con la manta de picnic bajo el brazo y unos sacos de arpillera que encontró en un cobertizo cercano, regresó triunfante con sus amigos. ¡Tengo la solución!, anunció. Aunque la manta y los sacos no eran la moda más elegante, sirvieron para cubrir su vergüenza. Mientras regresaban a casa, Julián les contó sobre el encuentro cercano con las cámaras. Los tres prometieron que, de ahora en adelante, las excursiones al río siempre incluirían un vigilante para la ropa y, sobre todo, que nunca más subestimarían el hambre de las cabras ni la curiosidad de sus compañeras de clase.
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