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Gratis · elegí una vozHabía una vez una pequeña escuela llamada “Arcoíris del Saber”, donde los niños y niñas jugaban, aprendían y reían… pero últimamente las cosas no estaban saliendo tan bien. Los empujones en la fila del almuerzo eran frecuentes, las discusiones por los juguetes eran ruidosas, y a veces, algunos niños se sentían solos y tristes en el recreo.
Un lunes por la mañana, la maestra Evlyn, una mujer de ojos amables y una sonrisa cálida, reunió a todos sus alumnos bajo el gran árbol del patio. Este árbol era especial; sus ramas ofrecían sombra en verano y sus hojas susurraban secretos al viento. Era un lugar de encuentro para todos en la escuela.
La maestra les propuso una idea brillante: “¿Qué les parece si formamos el Club del Buen Trato?”
Al principio, los niños se miraron unos a otros con curiosidad. ¿Qué era eso del “Buen Trato”? La maestra Evlyn explicó que significaba ser amables, respetuosos y considerados con los demás, tanto con sus compañeros como con ellos mismos.
—Ser parte del Club del Buen Trato –dijo la maestra– significa que todos nos comprometemos a hacer de nuestra escuela un lugar más feliz y armonioso. Significa escucharnos, ayudarnos y resolver nuestros problemas sin gritos ni peleas.
Los ojos de los niños comenzaron a brillar. La idea les pareció emocionante. Uno a uno, empezaron a levantar la mano, ofreciendo sugerencias e ideas para el club.
—¡Podemos compartir nuestros juguetes! –exclamó Sofía, una niña de coletas rubias.
—¡Y ayudar a los niños nuevos a sentirse bienvenidos! –añadió Mateo, un chico tímido de gafas.
—¡Y siempre decir “por favor” y “gracias”! –recordó Valentina, una niña muy educada.
Durante la semana, llevaron fotos de su familia, dibujaron sus casas y compartieron historias sobre lo que les gustaba hacer con sus papás, abuelos y hermanos. Descubrieron que, aunque todos eran diferentes, tenían muchas cosas en común. A todos les gustaba jugar, reír y pasar tiempo con sus seres queridos.
Escribieron sus reglas del club en un gran cartel de colores. Cada niño eligió un color y escribió una regla que consideraba importante. El cartel quedó así:
Escuchar antes de hablar.
No empujar ni gritar.
Compartir los materiales.
Ayudar a quien lo necesite.
Resolver los problemas con palabras, no con golpes.
Debajo de las reglas, cada niño pintó la huella de su mano, como símbolo de su compromiso con el Club del Buen Trato. El cartel, lleno de colores y huellas, se convirtió en el emblema del club y fue colgado en el árbol del patio, para que todos lo pudieran ver.
Ese día, la escuela Arcoíris volvió a brillar. Los juegos eran más tranquilos, las risas regresaron, y todos se sentían parte de una gran familia. Ya no había empujones en la fila del almuerzo, ni discusiones por los juguetes. Los niños compartían sus lápices de colores, se ayudaban con las tareas y se consolaban cuando alguien se sentía triste.
Pero, como en todas las familias, a veces alguien olvidaba las reglas. Un día, Pedro se enfadó mucho porque Juan le quitó su camión de juguete sin permiso. Empezó a gritarle y a empujarlo.
Inmediatamente, varios niños se acercaron a Pedro.
—¡Pedro, recuerda que eres parte del Club del Buen Trato! –le dijeron con una sonrisa.
Pedro respiró hondo y se dio cuenta de que se había equivocado. Se disculpó con Juan y le pidió el camión prestado con amabilidad. Juan, al ver el arrepentimiento de Pedro, le prestó el camión sin dudarlo.
Desde entonces, cada vez que alguien olvidaba una regla, los demás le recordaban con cariño que era parte del Club del Buen Trato. Y así, poco a poco, el respeto, el diálogo y la amistad se convirtieron en la base de la convivencia en la escuela Arcoíris del Saber.
Los niños aprendieron que la paz y la convivencia empiezan cuando cada uno cuida de sí mismo, de los demás y del lugar donde vive. Aprendieron que ser parte del Club del Buen Trato no era solo seguir unas reglas, sino una forma de vida, una forma de construir un mundo mejor, empezando por su pequeña escuela y extendiéndose a sus familias, sus amigos y su comunidad.
Y así, la escuela Arcoíris del Saber se convirtió en un ejemplo de buen trato y convivencia para todos los que la conocían. Y todo gracias a una idea brillante de la maestra Evlyn y al compromiso de un grupo de niños que decidieron unirse al Club del Buen Trato.
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