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Érase una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas verdes, un salón de preescolar llamado "Estrella Fugaz". En este salón, las paredes estaban pintadas de colores brillantes y las mesas eran pequeñas lunas donde los niños aprendían y jugaban. La profe Sandra, con su sonrisa cálida y voz suave como una canción de cuna, era la guía de todos. Y la psicóloga Rosa, siempre atenta y con un abrazo listo, era el hada madrina de las emociones.
La profe Sandra y la psicóloga Rosa tenían un deseo muy especial: querían que los niños de Estrella Fugaz aprendieran lo importante que era portarse bien, estar atentos, levantar la mano para hablar y, sobre todo, ¡evitar las rabietas! Sabían que a veces era difícil, pero creían que con paciencia y cariño, todos podían convertirse en pequeñas estrellas brillantes.
Un día, la profe Sandra reunió a los niños en la alfombra mágica (que en realidad era una alfombra redonda con estrellas dibujadas). "Niños", dijo con una sonrisa, "hoy vamos a jugar a un juego llamado El Tesoro de la Atención. Para encontrar el tesoro, debemos seguir algunas reglas importantes".
Primero, explicó, debían estar atentos, como pequeños detectives buscando pistas. Segundo, debían levantar la mano si querían hablar, como pequeñas flores que buscan el sol. Y tercero, debían evitar las rabietas, como pequeños volcanes que aprenden a controlar su furia. Si seguían estas reglas, encontrarían el tesoro escondido en el salón.
Los niños estaban muy emocionados. Sofía, que siempre estaba bailando, prometió intentar quedarse quieta y escuchar. Mateo, que amaba contar historias, prometió levantar la mano antes de interrumpir. Y Lucía, que a veces se enojaba mucho, prometió respirar profundo si sentía que una rabieta se acercaba.
El juego comenzó. La profe Sandra les dio una pista: "El tesoro está cerca de algo que nos ayuda a aprender". Los niños miraron a su alrededor, atentos como pequeños búhos. Sofía se dio cuenta de que la profe Sandra miraba hacia la estantería de libros. Levantó la mano con entusiasmo y la profe Sandra le dio permiso para hablar.
"¡Creo que el tesoro está cerca de los libros!", exclamó Sofía.
"¡Muy bien, Sofía!", dijo la profe Sandra. "Estás aprendiendo a estar atenta y a levantar la mano. ¡Eso te hace una estrella brillante!".
Los niños se acercaron a la estantería y comenzaron a buscar. Mateo, que a veces interrumpía a sus compañeros, recordó la regla y esperó su turno para hablar. Vio algo brillante detrás de un libro de dinosaurios. Levantó la mano y esperó pacientemente.
"Profe Sandra, creo que lo encontré", dijo Mateo con una sonrisa.
"¡Excelente, Mateo!", respondió la profe Sandra. "Estás aprendiendo a ser paciente y a levantar la mano. ¡Otra estrella brillante!".
Mateo sacó el libro de dinosaurios y detrás encontró una pequeña caja de madera. Dentro de la caja, no había oro ni joyas, ¡sino pegatinas de estrellas brillantes! Los niños estaban encantados. La profe Sandra les explicó que las pegatinas eran el verdadero tesoro, porque representaban su esfuerzo por portarse bien, estar atentos y levantar la mano.
Mientras tanto, Lucía estaba jugando con un rompecabezas cuando de repente, una pieza no encajaba. Sintió que la frustración la invadía y las lágrimas comenzaban a asomarse a sus ojos. Estaba a punto de tener una rabieta. Pero entonces, recordó lo que había prometido. Respiró profundo, como le había enseñado la psicóloga Rosa, y contó hasta diez.
Para su sorpresa, la rabieta desapareció. Se dio cuenta de que no necesitaba enojarse, solo necesitaba intentarlo de nuevo. Probó otra pieza y, ¡eureka!, encajó perfectamente. Lucía sonrió, orgullosa de sí misma.
La psicóloga Rosa, que había estado observando todo el juego, se acercó a Lucía y le dio un abrazo. "Lucía, estoy muy orgullosa de ti", le dijo. "Aprendiste a controlar tu rabieta y a seguir intentándolo. ¡Eres una estrella súper brillante!".
Al final del día, todos los niños de Estrella Fugaz recibieron una pegatina de estrella brillante. Habían aprendido que portarse bien, estar atentos, levantar la mano y evitar las rabietas no era solo seguir reglas, sino también una forma de hacer del salón un lugar más feliz y divertido para todos. Y así, el Salón Estrella Fugaz continuó brillando con la luz de la amistad, el respeto y la alegría, convirtiendo a cada niño en una estrella aún más brillante.
Desde ese día, el salón Estrella Fugaz fue conocido como el salón más armonioso y feliz de todo el pueblo. Los niños aprendieron que el verdadero tesoro no estaba en las pegatinas, sino en la alegría de aprender juntos y apoyarse mutuamente. Y la profe Sandra y la psicóloga Rosa, sonreían sabiendo que su deseo se había hecho realidad.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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