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Gratis · elegí una vozTomás y su papá, Don Rafael, pasaron una tarde maravillosa jugando junto al Río Risueño. Don Rafael lanzaba piedritas planas para ver quién las hacía saltar más veces sobre el agua, y Tomás intentaba construir castillos de arena que las traviesas olas siempre deshacían. Después de un rato, Tomás, con el entusiasmo que lo caracterizaba, miró a su padre con ojos brillantes.
"¡Papá! ¡Nademos! ¡Hace mucho calor!", exclamó Tomás, señalando el agua cristalina del río.
Don Rafael dudó un poco. Miró a su alrededor. "Bueno, Tomás, no sé… ¿Estás seguro?"
Tomás asintió con la cabeza. "¡Sí! ¡Mira, no hay ninguna mujer por aquí! ¡Sólo nosotros! ¡Será divertido!"
Don Rafael volvió a mirar a su alrededor. Efectivamente, no había nadie cerca, al menos a la vista. Pensó en el calor, en la alegría de su hijo, y finalmente cedió. "Está bien, Tomás. Pero sólo un ratito, ¿de acuerdo?"
Con una risita, Tomás empezó a quitarse la camisa. Don Rafael lo imitó, un poco más lentamente. Pronto, ambos estaban desnudos, listos para sumergirse en el agua fresca. Con un grito de alegría, Tomás se lanzó al río, seguido de cerca por su padre. El agua estaba deliciosa, refrescante y llena de burbujas juguetonas.
Nadaron, chapotearon y jugaron como dos niños, riendo a carcajadas. Se persiguieron, se lanzaron agua y se sumergieron para ver quién aguantaba más tiempo la respiración. El tiempo voló entre risas y juegos acuáticos. Después de un buen rato, sintieron que el sol comenzaba a bajar y el aire se volvía un poco más fresco.
"Creo que deberíamos salir, Tomás", dijo Don Rafael, tiritando un poco.
Tomás, aunque a regañadientes, estuvo de acuerdo. Salieron del agua, sintiendo el aire fresco en su piel mojada. Pero al llegar a la orilla, donde habían dejado su ropa, ¡oh, no! ¡Sus ropas habían desaparecido!
El pánico comenzó a apoderarse de Don Rafael. "¡Pero dónde está nuestra ropa!", exclamó, mirando a su alrededor con desesperación. Tomás, aunque asustado, intentaba mantener la calma.
"¡Alguien nos la robó!", dijo Tomás, con la voz temblorosa. Ambos buscaron alrededor de los arbustos y entre los árboles, pero no había ni rastro de sus pantalones, camisas ni zapatos. Estaban completamente desnudos y solos.
La vergüenza comenzó a invadirlos. Don Rafael se tapaba con las manos la parte delantera, mientras que Tomás hacía lo mismo, aunque sus manitas apenas alcanzaban a cubrir algo. "¿Qué vamos a hacer ahora, papá?", preguntó Tomás, con los ojos llenos de lágrimas.
"No lo sé, hijo. No lo sé", respondió Don Rafael, rascándose la cabeza con preocupación. "Tenemos que volver a casa, pero… ¿cómo?"
La única opción era caminar, cubriéndose lo mejor posible con las manos. Con pasos lentos y avergonzados, comenzaron a avanzar por el sendero que conducía de regreso al pueblo. El camino parecía interminable, y cada ruido los hacía saltar de miedo.
De repente, desde detrás de un arbusto, escucharon risas y voces femeninas. Don Rafael y Tomás se detuvieron en seco, temblando de pavor. Asomándose con cuidado entre las hojas, vieron lo que más temían: un grupo de madres y sus hijas, ¡de todas las edades!, disfrutando de un picnic justo en el lugar por el que tenían que pasar.
Había señoras mayores, jóvenes madres con bebés, adolescentes risueñas y niñas pequeñas jugando con muñecas. ¡Un grupo completo de mujeres! La vergüenza los inundó aún más. ¿Cómo iban a pasar por ahí, completamente desnudos?
Don Rafael y Tomás se miraron con desesperación. Su aventura en el Río Risueño se había convertido en la peor pesadilla de sus vidas. Ahora, necesitaban un plan, ¡y rápido!
Tomás, con la agilidad mental que a veces tienen los niños en situaciones de crisis, susurró a su padre: "¡Papá, la maleza! ¡Podemos usar hojas grandes para cubrirnos!"
Don Rafael asintió, aliviado por la idea. Rápidamente, buscaron las hojas más grandes que pudieron encontrar y se las sujetaron como pudieron. No era una solución perfecta, pero al menos les daba un poco de cobertura.
Respirando hondo, Don Rafael y Tomás se prepararon para enfrentar el desafío. Con pasos cautelosos y las caras rojas de vergüenza, comenzaron a caminar hacia el grupo de mujeres, rezando para que no los vieran o, al menos, para que no los reconocieran.
¿Lograrán Don Rafael y Tomás llegar a casa sin ser descubiertos? ¿O su aventura desnuda en el Río Travieso se convertirá en la comidilla de todo el pueblo? Esa es otra historia…
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