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Gratis · elegí una vozPapá y Tomás estaban pasando un día maravilloso junto al río Brillante. Habían construido una torre de piedras que casi tocaba las nubes, habían jugado a las carreras lanzando ramitas a la corriente, y Tomás había descubierto un nido de pájaros escondido entre las raíces de un sauce llorón. El sol brillaba y el aire olía a tierra mojada y flores silvestres.
Después de tanto jugar, Tomás se sentía acalorado. Miró a su papá con una picardía en los ojos. "¡Papá!", exclamó. "¡Vamos a nadar!".
El papá, un hombre grande y de buen corazón, sonrió. "¡Buena idea, campeón! Pero… ¿dónde nos vamos a cambiar?".
Tomás se encogió de hombros. "¡No importa! No hay nadie por aquí. ¡Y no hay señoras! Podemos nadar… ¡desnudos!".
El papá dudó un poco. Nunca antes había hecho algo así. Miró a su alrededor. Efectivamente, no se veía a nadie en los alrededores. El río serpenteaba entre los árboles, y solo se escuchaba el canto de los pájaros y el murmullo del agua. La idea era tentadora, una pequeña aventura, una travesura inocente.
"Hmm… bueno…", dijo el papá, rascándose la barba. "Creo que… por esta vez… podemos hacerlo. Pero ¡silencio! Que nadie nos vea".
Con una risita nerviosa, se quitaron la ropa y la dejaron cuidadosamente doblada sobre una gran piedra plana. Luego, corrieron hacia el agua fresca y cristalina. ¡Qué sensación tan liberadora! Se zambulleron, chapotearon y jugaron como dos cachorros en el río. Tomás reía a carcajadas, y el papá no podía evitar contagiarse de su alegría.
Después de un rato, sintieron el agua más fresca y decidieron salir. El sol ya no brillaba tan fuerte como antes. Con una sonrisa de oreja a oreja, caminaron hacia la piedra donde habían dejado su ropa… ¡Pero la piedra estaba vacía!
"¡Papá! ¿Dónde está nuestra ropa?", preguntó Tomás, con los ojos muy abiertos.
El papá miró a su alrededor, desesperado. "¡No lo sé! ¡Pero alguien se la ha llevado!".
¡Estaban completamente desnudos y sin ropa! La risa se había esfumado, reemplazada por una sensación de vergüenza y pánico.
"¿Qué vamos a hacer, papá?", preguntó Tomás, con la voz temblorosa.
El papá pensó rápidamente. "Tranquilo, Tomás. No hay que entrar en pánico. Nos cubriremos con las manos y caminaremos hacia casa. Seguramente encontraremos a alguien que nos ayude".
Así lo hicieron. Avanzaron con cautela, cubriéndose lo mejor que podían. El camino parecía interminable. Cada ruido, cada crujido de ramas, les hacía saltar del susto. Se sentían ridículos y expuestos.
De repente, detrás de un gran arbusto de moras, escucharon risas y voces. Se asomaron con cuidado y ¡oh, no! Justo en el lugar por donde debían pasar, había un grupo de madres y sus hijas, ¡adolescentes y niñas!, disfrutando de un picnic. Había manteles a cuadros, cestas llenas de comida, y todas estaban riendo y charlando alegremente.
Tomás se escondió detrás de su papá, avergonzado. "¡Papá! ¡No podemos pasar por ahí!", susurró.
El papá estaba igual de aterrorizado. "Lo sé, Tomás. Lo sé. Tenemos que encontrar otra manera… ¡pero no veo ninguna!".
Estuvieron escondidos detrás del arbusto durante lo que pareció una eternidad, esperando que el grupo se marchara. Pero las madres y las hijas parecían estar instaladas para pasar una buena tarde. El sol comenzaba a ponerse, y el papá y Tomás sabían que tenían que hacer algo pronto.
Entonces, el papá tuvo una idea. "Tomás", susurró. "Vamos a gatear por el bosque. Mantente pegado al suelo y sígueme. Intentaremos rodear el picnic sin que nos vean".
Con mucho cuidado, comenzaron a gatear entre los árboles y los arbustos, tratando de hacer el menor ruido posible. Las espinas les arañaban la piel, y la tierra estaba fría y húmeda. Fue una travesía humillante y agotadora.
Finalmente, después de un largo y angustioso rodeo, lograron pasar el picnic sin ser descubiertos. Se levantaron, sacudieron la tierra de sus cuerpos y corrieron hacia casa, con el corazón latiendo a mil por hora. ¡Nunca más volverían a nadar desnudos en el río Travieso! Y sin duda, aprenderían a valorar la seguridad y la comodidad de su ropa.
Cuando llegaron a casa, la mamá de Tomás los estaba esperando en la puerta, con una expresión de preocupación en el rostro. "¿Dónde estaban?", preguntó. "¡Estaba muy preocupada!".
El papá y Tomás se miraron, avergonzados. "Tuvimos… una pequeña aventura", dijo el papá, tratando de sonar casual. Pero la cara de Tomás delataba todo. Después de explicarle lo que había pasado, la mamá de Tomás no pudo evitar reírse a carcajadas. Les dio toallas grandes para cubrirse y les prometió que nunca, jamás, contaría la historia a nadie. Pero en secreto, supo que esta sería una anécdota familiar que recordarían para siempre, y que les enseñaría una valiosa lección sobre la importancia de la prudencia… y de no dejar la ropa desatendida junto al río.
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