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Gratis · elegí una vozDon Erizo era un erizo muy indeciso. Si alguien le preguntaba qué quería comer, él respondía: "No sé...". Si le proponían jugar a las escondidas, él decía: "Aja...", sin mucha convicción. Y si le sugerían ir a explorar el bosque, su respuesta invariable era: "No creo...".
Un día, su amiga la ardilla, Anita, lo invitó a buscar fresas silvestres. "Don Erizo, ¡las fresas están maduras y rojas! ¡Son las más deliciosas de todo el bosque!", exclamó Anita, saltando de rama en rama.
Don Erizo se rascó la barbilla con una patita. "No sé... ¿Habrá muchas espinas? ¿Y si me pincho?" dijo con voz preocupada.
Anita suspiró. "¡Tonterías, Don Erizo! Yo te ayudaré a evitarlas. ¡Vamos!" insistió la ardilla.
"Aja...", murmuró Don Erizo, pero no se movió ni un centímetro.
"¡Vamos, Don Erizo!", insistió Anita, "¡Piensa en el delicioso sabor de las fresas! ¡Será una aventura maravillosa!"
"No creo...", dijo Don Erizo. "Es muy lejos. Y además, podría llover."
Anita, que era muy persistente, tuvo una idea. "Don Erizo", dijo con una sonrisa traviesa, "si encontramos fresas, te prometo que te daré la mitad de mi parte".
Los ojitos de Don Erizo brillaron un poco. "¿La mitad?", preguntó.
"¡Sí! La mitad. Pero tienes que venir conmigo", respondió Anita.
Don Erizo lo pensó un momento. "No sé... Es mucha responsabilidad. ¿Y si no encontramos ninguna fresa?"
Anita soltó una carcajada. "¡Claro que encontraremos! ¡El bosque está lleno! Pero si no quieres...", dijo haciéndose la ofendida y empezando a alejarse.
Don Erizo, al ver a su amiga alejarse, sintió un pequeño remordimiento. Quizás, solo quizás, se estaba perdiendo de algo bueno. "Aja...", dijo, esta vez con un poco más de entusiasmo. "Espera, Anita. Iré contigo."
Anita se detuvo y sonrió. "¡Bien! ¡Sabía que vendrías!", exclamó.
Y así, Don Erizo y Anita emprendieron su aventura en busca de fresas silvestres. El camino era un poco pedregoso, y Don Erizo se quejaba a cada paso. "No sé... Creo que me duelen las patitas."
Anita le animaba. "¡Ya casi llegamos, Don Erizo! ¡Mira, allí hay un claro! Seguro que hay fresas!"
Al llegar al claro, Don Erizo se quedó maravillado. ¡Estaba lleno de fresas rojas y jugosas! "Aja... ¡Cuántas fresas!", exclamó, olvidando por un momento sus dudas.
Anita comenzó a recolectar fresas rápidamente, llenando su cestita. Don Erizo, al principio, se quedó observando, pero pronto se animó y empezó a recolectar también. Aunque al principio se pinchó un poco con las espinas, aprendió a evitarlas con cuidado.
Después de un rato, tenían las cestitas llenas de fresas. Don Erizo estaba muy contento. "¡No creía que fuera tan divertido!", admitió.
Anita sonrió. "¡Te lo dije! ¡Las aventuras son maravillosas! ¿Ves? A veces tienes que dejar atrás tus dudas y arriesgarte un poco."
Don Erizo asintió. "Tienes razón, Anita. Gracias por invitarme. Y gracias por compartir la mitad de tus fresas", dijo con una sonrisa.
Anita le dio un codazo juguetón. "¡No te preocupes por eso! Lo importante es que te divertiste."
De regreso a casa, Don Erizo iba cantando una cancioncilla. Ya no decía "No sé...", ni "Aja...", ni "No creo...". Ahora decía: "¡Qué aventura más divertida! ¡Quiero volver mañana!"
Desde ese día, Don Erizo se volvió un poco más aventurero. Aprendió que, a veces, las mejores cosas de la vida están al otro lado de las dudas y el miedo. Y aunque seguía siendo un poco indeciso, siempre recordaba la aventura de las fresas silvestres y se animaba a probar cosas nuevas. Aprendió que un poco de valentía y un buen amigo pueden convertir cualquier día en una gran aventura. Y ahora, cuando Anita lo invitaba a hacer algo, Don Erizo respondía con una sonrisa: "¡Sí! ¡Vamos!"
Un día, Anita le propuso escalar el árbol más alto del bosque. Don Erizo miró el árbol enorme y sintió un poco de miedo. Pero recordó la aventura de las fresas y respiró hondo. "Aja...", dijo, con una sonrisa decidida. "¡No creo... que sea imposible! ¡Vamos!"
Y así, Don Erizo, el erizo indeciso, continuó viviendo muchas aventuras, aprendiendo a confiar más en sí mismo y a disfrutar de la compañía de sus amigos. Porque al final, la vida es una aventura, y vale la pena vivirla al máximo, ¡incluso si al principio da un poco de miedo!
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