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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en la Universidad Arcoíris, una clase de postgrados muy especial. Todos los alumnos eran brillantes y creativos, pero tenían un problema: el Profesor Gruñón. El Profesor Gruñón, cuyo nombre real era Don Remigio Rancio, tenía la extraña costumbre de nunca, ¡nunca!, dejar ir a los alumnos a las 12:30, la hora exacta en que terminaba la clase. Siempre encontraba algo más que explicar, una nueva fórmula que revisar, o una anécdota terriblemente aburrida sobre su colección de sellos.
Los estudiantes suspiraban y miraban sus relojes, con el estómago rugiendo como un león hambriento. A las 12:35, a las 12:40… ¡Don Remigio seguía hablando! Un día, una alumna llamada Sofía, una joven ingeniosa con una sonrisa brillante como el sol, tuvo una idea.
“Profesor,” dijo Sofía con voz dulce, “hemos estado pensando que quizá, para romper la monotonía, podríamos tener la próxima clase… ¡fuera del aula!”
Don Remigio, que hasta entonces fruncía el ceño, levantó una ceja con sorpresa. “¿Fuera del aula? ¿Y dónde sugieres que vayamos, señorita…?”
“Sofía, profesor,” respondió ella con una sonrisa aún más amplia. “Podríamos ir al Jardín Botánico de la universidad. Dicen que las plantas inspiran la creatividad y… ¡quizás nos ayudaría a entender mejor sus complicadas teorías!” Sofía guiñó un ojo discretamente a sus compañeros.
Don Remigio se rascó la barbilla. Le encantaba el Jardín Botánico. Era un lugar tranquilo y lleno de flores exóticas, perfecto para… ¡planear su próxima trampa! Porque, ¡oh, sí!, Don Remigio tenía un plan. Había oído hablar de las quejas de los alumnos sobre sus clases prolongadas, y esta era su oportunidad de darles una lección.
“Hmm, interesante propuesta, señorita Sofía,” dijo Don Remigio, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “De acuerdo. Tendremos la próxima clase en el Jardín Botánico. Pero les advierto, ¡no piensen que esto significa que los dejaré ir más temprano!”
Los alumnos intercambiaron miradas de emoción y nerviosismo. ¿Qué estaría tramando Don Remigio? El día siguiente, todos se reunieron en la entrada del Jardín Botánico. El sol brillaba, los pájaros cantaban, y las flores lucían sus colores más vibrantes. Don Remigio, con su inseparable maletín lleno de apuntes, los esperaba con una sonrisa malévola.
“Bien, estudiantes,” anunció Don Remigio. “Hoy tendremos una clase práctica sobre… ¡la clasificación de las plantas venenosas!”
Los alumnos tragaron saliva. ¡Plantas venenosas! ¿Qué clase de clase era esa? Don Remigio los condujo a través del jardín, señalando plantas con nombres extraños y explicándoles sus peligrosas propiedades. Les habló sobre la cicuta, la belladona y el ricino, con un entusiasmo que resultaba inquietante.
“Y recuerden, niños,” dijo Don Remigio con una sonrisa, “¡nunca, jamás, deben tocar estas plantas! Podrían enfermar gravemente… o incluso… ¡peor!”
Mientras Don Remigio hablaba, Sofía observó algo extraño. Cerca de un pequeño estanque, vio un grupo de gnomos de jardín escondidos entre los arbustos. ¡Gnomos de jardín! ¿Qué hacían ahí? Se acercó sigilosamente y descubrió que los gnomos estaban… ¡escuchando la clase!
Uno de los gnomos, un anciano con una barba larga y blanca, le hizo una seña para que se acercara. “Niña,” susurró el gnomo. “Debes tener cuidado con ese profesor. ¡Está planeando algo terrible!”
Sofía se sorprendió. “¿Qué está planeando?” preguntó.
“Quiere encerrarlos en el jardín,” respondió el gnomo. “Conozco un pasaje secreto. Síganme.”
Sofía corrió de vuelta a sus compañeros y les contó lo que había descubierto. Al principio, no le creyeron. ¡Gnomos de jardín parlantes! Pero al ver la seriedad en su rostro, decidieron confiar en ella. Juntos, se acercaron al estanque, tratando de no llamar la atención de Don Remigio.
El gnomo los esperaba. Les mostró un pequeño agujero escondido detrás de una cascada artificial. “Este es el pasaje,” dijo el gnomo. “Los llevará fuera del jardín. ¡Pero tengan cuidado! Don Remigio ha puesto trampas por todas partes.”
Los alumnos, guiados por Sofía y el gnomo, se arrastraron por el agujero. El pasaje era oscuro y estrecho, pero estaban decididos a escapar de la trampa de Don Remigio. Después de mucho gatear, llegaron a una puerta secreta que daba a la parte trasera de la universidad. ¡Estaban a salvo!
Cuando Don Remigio se dio cuenta de que los alumnos habían desaparecido, se enfureció. ¡Su plan había fracasado! Corrió hacia el estanque, pero ya era demasiado tarde. Los gnomos de jardín se burlaron de él y le lanzaron pequeñas piedrecitas. Don Remigio, derrotado, regresó al aula con el rabo entre las piernas.
Los alumnos, por su parte, aprendieron una valiosa lección: ¡nunca subestimes el poder de la amistad y la creatividad! Y, por supuesto, ¡siempre hay que desconfiar de los profesores gruñones que aman las plantas venenosas! A partir de ese día, Don Remigio dejó de prolongar las clases y, aunque seguía siendo un poco gruñón, nunca más intentó encerrar a sus alumnos en un jardín lleno de trampas. Y Sofía, la heroína de la historia, siempre recordaría la aventura en el Jardín Botánico y la valiosa ayuda de los gnomos de jardín. Fin.
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