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Gratis · elegí una vozLucía, con sus siete años llenos de energía, y Alba, a punto de cumplir cinco, llegaron corriendo al coche. ¡Hoy iban a Fuencaliente! No era un viaje cualquiera, iban a visitar a su prima Lucía y a sus gatitos. El hermano pequeño de Lucía y Alba, aún gateando, iba feliz golpeando una pelota roja contra el asiento del coche. Thiago y Ainara, sus primos, ya les esperaban con los brazos abiertos. La mamá, con una sonrisa, condujo por los caminos serpenteantes que llevaban a la casa de campo de la abuela, en medio de los campos dorados de Fuencaliente.
Cuando llegaron, el olor a tierra mojada y a flores silvestres las recibió. Thiago y Ainara salieron corriendo de la casa gritando: “¡Ya llegaron! ¡Ya llegaron!”. Pero lo que más emocionaba a Lucía y Alba eran los gatitos. Lucía, la prima, tenía tres cachorros adorables: uno negro como la noche con ojos verdes brillantes llamado Sombra, una atigrada juguetona llamada Rayita y un blanco esponjoso con una mancha negra en la oreja llamado Nieve.
Después de los abrazos y los saludos, Lucía y Alba corrieron al jardín. Allí, en una cesta de mimbre, dormían plácidamente los tres gatitos. Alba, con cuidado, extendió una mano y acarició suavemente a Nieve. El gatito ronroneó suavemente. “¡Es tan suave!” exclamó Alba, con los ojos brillantes. Lucía, la mayor, observaba a Sombra, que dormía acurrucado contra su mamá gata, una gata siamesa elegante y tranquila.
Thiago, con su energía inagotable, apareció corriendo con una pelota. “¡Vamos a jugar al fútbol!” gritó. Pero Lucía y Alba estaban demasiado ocupadas con los gatitos. “Luego jugamos, Thiago. Ahora queremos jugar con los gatitos,” dijo Lucía.
Ainara trajo una madeja de lana de colores. “¡Mira, podemos hacer que jueguen con la lana!” propuso. La idea les encantó. Desenrollaron la lana y la movieron suavemente delante de los gatitos. Rayita, la gatita atigrada, fue la primera en reaccionar. Saltó y atrapó la lana con sus patitas, mordisqueándola con entusiasmo. Sombra, más cauteloso, la observaba desde la distancia, moviendo la cola suavemente.
Nieve, el gatito blanco, se despertó y, al ver la lana, se unió al juego. Los tres gatitos, jugando con la lana de colores, eran un espectáculo adorable. Los niños reían y gritaban de alegría, disfrutando de la compañía de los pequeños felinos.
Mientras tanto, el hermano pequeño de Lucía y Alba, gateaba por el jardín, persiguiendo su pelota roja. Llegó hasta donde estaban los gatitos y, con una sonrisa, les ofreció la pelota. Rayita, curiosa, se acercó a oler la pelota. De repente, el hermano pequeño la lanzó. Rayita, asustada, salió corriendo a esconderse detrás de su mamá.
La mamá gata, observando la escena, se levantó y maulló suavemente, como regañando al pequeño. Lucía, la prima, le explicó a su hermano que los gatitos eran pequeños y que había que jugar con ellos con cuidado. El hermano pequeño, comprendiendo, se sentó en el césped y empezó a hacer rodar la pelota suavemente.
Pasaron toda la tarde jugando con los gatitos, explorando los campos de Fuencaliente y riendo sin parar. Thiago y Ainara les enseñaron sus lugares favoritos: un viejo árbol con una columpio hecho de una cuerda gruesa y un pequeño riachuelo donde podían pescar pequeños renacuajos.
Al caer la tarde, la mamá gata llamó a sus cachorros para darles de cenar. Los gatitos, cansados pero felices, se acurrucaron junto a su mamá, tomando la leche con avidez. Los niños observaban la escena con ternura.
Después de la cena, todos se sentaron en el porche a contemplar el atardecer. Los campos de Fuencaliente se teñían de colores anaranjados y rojizos. El aire fresco olía a hierba recién cortada y a tierra húmeda. La mamá les contó historias de la abuela, de cuando ella era pequeña y jugaba en esos mismos campos.
Era hora de volver a casa. Lucía y Alba se despidieron de sus primos y de los gatitos, prometiendo volver pronto. El hermano pequeño, dormido en su silla, sujetaba su pelota roja con fuerza. Mientras el coche se alejaba, Lucía y Alba miraban por la ventana, recordando la aventura gatuna en Fuencaliente. Sabían que nunca olvidarían ese día lleno de risas, juegos y gatitos adorables. La próxima vez, llevarían más lana para que Rayita, Sombra y Nieve tuvieran aún más diversión. Y quizás, el hermano pequeño aprendería a jugar con los gatitos sin asustarlos. Fuencaliente siempre sería un lugar mágico donde la amistad y la alegría gatuna se encontraban.
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