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Gratis · elegí una vozEn una pequeña escuela rural, rodeada de campos verdes y montañas azules, vivía una niña llamada Ia. La escuela era modesta, con un solo salón de clases donde la maestra Elena enseñaba a todos los alumnos, desde los más pequeños hasta los más grandes. Ia amaba ir a la escuela, no solo para aprender sobre el mundo, sino también para jugar con sus amigos durante el recreo.
Un día, el cielo amaneció gris y amenazante. Nubes oscuras se arremolinaban, y el viento soplaba con fuerza, agitando las hojas de los árboles. Ia se despertó con el sonido de las primeras gotas de lluvia golpeando el tejado de su casa. Aunque le encantaba la lluvia, sintió una punzada de preocupación. El camino a la escuela era largo y, a veces, se convertía en un barrizal cuando llovía mucho.
Después de desayunar un tazón de avena caliente, Ia se puso su impermeable amarillo y sus botas de goma rojas. Su mamá le dio un paraguas grande y le deseó un buen día. Ia salió de casa, enfrentándose a la lluvia que caía con fuerza. El agua resbalaba por el paraguas y empapaba la tierra, convirtiendo el camino en un río pequeño.
Al llegar a la escuela, Ia vio que muchos de sus compañeros ya estaban allí, refugiándose bajo el alero. Todos comentaban sobre la fuerte lluvia y se preguntaban si podrían salir al recreo. La maestra Elena, con su sonrisa amable, les dio la bienvenida y les pidió que se sentaran.
La clase comenzó con una lección de matemáticas. Ia era muy buena en matemáticas y le encantaba resolver problemas. Pero hoy, con el sonido constante de la lluvia golpeando las ventanas, le costaba concentrarse. Su mente divagaba, imaginando ríos desbordados y animales buscando refugio.
De repente, la puerta de la clase se abrió de golpe. Era el señor Ramón, el granjero que vivía cerca de la escuela. Estaba empapado hasta los huesos y tenía una expresión de preocupación en su rostro.
"Maestra Elena," dijo el señor Ramón, "el río ha crecido mucho y está a punto de desbordarse. Necesito ayuda para llevar a mis animales a un lugar seguro."
La maestra Elena se preocupó al instante. Sabía que la granja del señor Ramón era vulnerable a las inundaciones. Sin dudarlo, tomó una decisión.
"Alumnos," dijo la maestra Elena, "hoy vamos a tener una clase especial. Vamos a ayudar al señor Ramón a salvar a sus animales."
Los alumnos se levantaron de sus asientos con entusiasmo. Estaban emocionados de poder ayudar y de salir de la escuela, aunque fuera bajo la lluvia. La maestra Elena les dio instrucciones claras: debían seguir al señor Ramón y hacer todo lo que él les pidiera.
Juntos, la maestra Elena, Ia y todos los alumnos salieron de la escuela y se dirigieron a la granja del señor Ramón. La lluvia seguía cayendo con fuerza, pero a nadie le importaba. Estaban decididos a ayudar.
Al llegar a la granja, vieron que el río se había desbordado e inundaba los campos. Los animales, asustados, corrían de un lado a otro. El señor Ramón les asignó tareas a cada uno. Algunos debían guiar a las vacas a un terreno más alto, otros debían llevar a las ovejas a un establo seguro, y otros debían ayudar a los pollos a entrar en sus gallineros.
Ia, con su agilidad y rapidez, fue asignada a ayudar con los pollos. Corrió tras ellos, guiándolos con cuidado hacia los gallineros. Los pollos, asustados por la lluvia y el ruido, corrían en todas direcciones, haciendo que la tarea fuera aún más difícil. Pero Ia no se rindió. Con paciencia y perseverancia, logró meter a todos los pollos en sus gallineros.
Después de varias horas de arduo trabajo, todos los animales estaban a salvo. El río seguía creciendo, pero al menos, los animales estaban protegidos. El señor Ramón estaba muy agradecido por la ayuda de la maestra Elena y sus alumnos.
"Muchas gracias," dijo el señor Ramón, con lágrimas en los ojos. "No sé qué habría hecho sin ustedes."
La maestra Elena sonrió. Sabía que había hecho lo correcto al ayudar al señor Ramón. Le enseñó a sus alumnos una valiosa lección sobre la importancia de la solidaridad y la ayuda mutua.
De vuelta en la escuela, empapados y cansados, pero con una gran satisfacción, los alumnos se reunieron en el salón de clases. La maestra Elena les preparó chocolate caliente y galletas. Mientras bebían el chocolate caliente, comentaban sobre la aventura que habían vivido.
Ia, sentada junto a la ventana, observaba la lluvia que seguía cayendo. Ya no sentía preocupación, sino una gran alegría. Había aprendido que incluso en los días más lluviosos, se podían encontrar oportunidades para ayudar a los demás y hacer del mundo un lugar mejor. Esa noche, Ia durmió profundamente, soñando con animales a salvo y con la alegría de haber ayudado a su comunidad. La lluvia, que antes le preocupaba, ahora le parecía una melodía suave y relajante, un recordatorio de la aventura que había vivido en la escuela del campo.
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