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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza aquel día. Era un día perfecto para… ¡LA PLAYA! Mamá gritó desde la cocina: “¡Niños, al coche! ¡Nos vamos a la playa con los primos!” Mi hermano, Tomás, y yo, Sofía, saltamos de alegría. Amábamos ir a la playa, especialmente cuando íbamos con nuestros primos, Elena y Mateo. Ellos eran un poco mayores que nosotros, pero siempre sabían cómo hacer que todo fuera divertido.
Esperamos impacientes a que llegaran. Finalmente, escuchamos el claxon del coche de la tía Lucía. ¡Llegaron! Elena, con su cabello rizado y su sonrisa brillante, salió corriendo del coche y nos abrazó. Mateo, siempre un poco más tranquilo, nos saludó con la mano.
El viaje en coche pareció eterno, aunque en realidad solo duró una hora. Cantamos canciones tontas, jugamos a “veo, veo” y contamos cuántos coches azules veíamos. ¡El tiempo voló! Finalmente, divisamos el mar azul brillante. “¡Ya llegamos!” gritó Tomás, señalando la playa.
Al bajar del coche, el aire salado nos golpeó la cara. ¡Qué olor tan maravilloso! Corrimos hacia la arena, dejando atrás las toallas, las sombrillas y la nevera portátil que papá cargaba con dificultad. La arena estaba caliente bajo nuestros pies.
Elena fue la primera en llegar al agua. “¡Está helada!” gritó, pero su voz estaba llena de alegría. Mateo y Tomás no tardaron en seguirla, salpicándose mutuamente. Yo, Sofía, me quedé un rato en la orilla, observando las olas romper. Me gustaba recolectar conchas.
Encontré una concha preciosa, con forma de espiral y un color rosado pálido. ¡Era perfecta! La guardé cuidadosamente en mi bolsillo. Luego, me uní a los demás en el agua.
Jugamos a las palas, construimos castillos de arena que las olas destruían sin piedad y nos enterramos unos a otros en la arena. Mateo, que era muy bueno nadando, nos enseñó a flotar de espaldas. Parecía que estábamos flotando en el cielo.
Después de un rato, tuvimos hambre. Mamá sacó los bocadillos de la nevera portátil. Había sándwiches de jamón y queso, galletas de chocolate y zumo de naranja. ¡Todo sabía mucho mejor después de un buen baño!
Mientras comíamos, vimos a un grupo de niños jugando al voleibol. Elena y Mateo nos animaron a unirnos. Al principio, nos daba un poco de vergüenza, pero pronto nos unimos a la diversión. No éramos muy buenos, pero nos reímos mucho.
Después de jugar al voleibol, decidimos buscar tesoros en la orilla. Mateo encontró una estrella de mar seca. Elena encontró un trozo de cristal marino pulido por las olas. Tomás encontró una pluma de gaviota. Y yo, Sofía, encontré… ¡un mensaje en una botella!
La botella era de vidrio verde y estaba sellada con un corcho. Con la ayuda de papá, sacamos el corcho y enrollamos el papel que había dentro. Era una carta, escrita en un idioma que no conocíamos. Tenía un dibujo de un barco y una isla con palmeras. ¡Era un verdadero mapa del tesoro! Bueno, tal vez no un mapa del tesoro real, pero era muy emocionante.
Pasamos el resto de la tarde imaginando quién había escrito la carta y dónde se encontraba la isla misteriosa. Decidimos que algún día, cuando fuéramos mayores, buscaríamos la isla.
Cuando el sol comenzó a ponerse, supimos que era hora de irnos. Estábamos cansados, llenos de arena y sal, pero también estábamos muy felices. Habíamos pasado un día maravilloso en la playa con nuestros primos.
De camino a casa, nos quedamos dormidos en el coche. Soñé con islas misteriosas, tesoros escondidos y conchas marinas brillantes. Sabía que nunca olvidaría aquel día en la playa con Elena, Mateo y Tomás. Fue la mejor aventura marina de los primos saltarines. Al llegar a casa, mamá nos dio un baño a cada uno y nos pusimos los pijamas. Estábamos listos para dormir. Antes de dormir, le di las gracias a mamá por un día tan hermoso y ella me dio un beso en la frente. Al día siguiente, fuimos a la escuela y contamos a nuestros amigos nuestra aventura. Ellos no lo podían creer, pero sabíamos que era verdad. La botella, la carta, las conchas... todo lo que vivimos. Lo mejor de todo fue estar juntos, todos los primos, disfrutando del sol y del mar. Prometimos que volveríamos pronto y que esta aventura, sería el comienzo de muchas más. Y así fue. Cada verano volvíamos a la playa, buscando nuevas aventuras y creando recuerdos inolvidables. La playa se convirtió en nuestro lugar favorito, donde los primos saltarines éramos felices y vivíamos las mejores experiencias.
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