Cuento corto para niños

La Aventura Misionera de la Madrecita María: Una Estrella en la Selva

María Troncatti, nacida en Italia, soñaba con ser misionera desde niña. Después de superar obstáculos y desafíos, viajó a Ecuador y dedicó su vida a ayudar a los indígenas Shuar en la Amazonía, curando a los enfermos, construyendo hospitales y compartiendo el amor de Jesús hasta su fallecimiento en un accidente aéreo.

A partir de: 1. Datos biográficos: • Nace en Corteno, Provincia de Brescia, Italia, el 16 de febrero de 1883 • Su maestra de primaria estaba abonada al Boletín Salesiano, y se lo daba para que hiciera ejercicio de lectura. Comienza a soñar con las aventuras misioneras de Salesianos e Hijas de María Auxiliadora • Un día le confía a su hermana Catalina: “yo quiero ser religiosa misionera. Quiero ir a trabajar entre los leprosos”. • Cuando a los 16 años lo habla en familia, no es comprendida. • A los 21 años escribe a Turín. Tiene un encuentro con la Directora de Tirano (Sondrio). La superiora le dice: “puedes considerarte aceptada”. • En 1905 entra al Instituto de las HMA en Niza Monferrato. El párroco convence al papá para que la deje ir. La separación es dolorosa por el sufrimiento del padre, que se desmaya cuando la ve partir. • Los primeros pasos en la formación religiosa no son fáciles. Entra en crisis. Pero una carta de su párroco la estimula y la ayuda a superar el momento. • El 17 de septiembre de 1908 hace su primera profesión religiosa. • Tiene problemas de salud. Es mandada a la enfermería de Niza Monferrato. Allí la encuentra Don Rua de visita. Rezó con ella 3 Avemarías y le dio la bendición de María Auxiliadora. María se sana. • Es enviada a la comunidad de Varazze, donde el aire de mar la mejora notablemente. Allí pasa 10 años. • El 19 de marzo de 1914 hace sus votos perpetuos. María tiene 31 años. • En proximidad de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), es enviada a hacer un curso de enfermera de Cruz Roja • Se salva milagrosamente de una inundación y promete ir a las misiones. • En el Instituto se instalan 15 camas para atender a soldados heridos y ella los atiende. • Va a Niza Monferrato como enfermera. Una niña antes de morir le anuncia misteriosamente que irá de misionera a Ecuador. • La Madre General responde a su pedido de ir a las misiones enviándola al Ecuador. • 7 de marzo de 1922: llega de visita a Nizza Mons. Comín, misionero salesiano en el Ecuador que hacía muy poco había sido nombrado obispo del Vicariato Apostólico de Méndez y Gualaquiza en la Amazonia ecuatoriana. • El 9 de noviembre de 1922 parte para Ecuador. Arriba a la comunidad de Chunchi como Directora. Allí no hay médicos ni farmacias. Enseguida arma un botiquín. • El 25 de octubre de 1925 parte para Macas a donde arriba luego de más de un mes de viaje por la selva. • Comienza su obra misionera entre los colonos y los Shuar (Jíbaros), improvisando una especie de ambulatorio. Será llamada la “madrecita buena”. • Comienza a acercar a los Shuar, tan esquivos, a la misión. Abre un camino de cercanía, afecto y confianza con ellos. • Luego de seis años como Directora en Macas pasa a la misión de Sucúa. • Un período de cuatro años lo transcurre como directora en Guayaquil. Nuevamente regresa a Macas, donde en 1938, un incendio (¿intencional?) destruye la misión. Hay que volver a empezar. • 1947 es trasferida definitivamente a Sucúa. Comienza con el P. Natale Lova a construir el hospital. Cura sobre todo con dos herramientas: su experiencia y la oración. • En 1953 termina su servicio de Directora de la comunidad y se dedica totalmente a la dirección del hospital. 2 • La misión mejora: energía eléctrica, pista para aterrizaje de pequeños aviones, diccionarios y gramática de la lengua Shuar, radio… Ella está en todo. “Es difícil superarla en la entrega y la fidelidad”. • Comienza a sentir los achaques de la edad. Recibe la visita del Rector Mayor Don Ziggiotti en gira por el mundo salesiano. Celebra las bodas de oro de profesión religiosa rodeada del afecto de todos. • Su amor irradia perfume de santidad. Ama a todos sin distinción, es un amor práctico, siempre a favor de la vida, lo vive con simplicidad y firmeza, y siempre con una sonrisa estimulante. • Nace la Federación de los Centros Shuar. Esto crea tensión con los colonos. Una noche de 1969 algún exaltado prende fuego a los edificios de la misión… • María comenta que está dispuesta a ofrecer su vida para que regrese la paz. • El 25 de agosto de 1969 parte en avión con otras dos Hermanas para ir a los Ejercicios Espirituales. El avión a pocos minutos del despegue cae en tierra. Ella es la única víctima fatal. 2. Conociendo un poco más a María Troncatti La vida de María Troncatti está marcada fundamentalmente por la impronta de la misión que fue ardor de espíritu en la primera parte de su vida (hasta cerca de los 40 años), y luego total donación de sí misma, hasta la muerte a la edad de 86 años. Jamás decayó su aspiración de llevar a Jesús a cuantos encontraba, en cada circunstancia de la vida. Como hermana joven amaba muchísimo la vida de sacrificio y día a día fue progresando en el fervor de la donación. Escribió: “Debemos tener presente a Dios en cada cosa. Tenemos a un Dios cercano. Hablemos por tanto con él en la oración y con la obediencia exacta”. Los sufrimientos de los soldados heridos que le tocó curar en tiempo de la primera guerra mundial, se grabaron en su alma alimentando el surgimiento de una especie de nueva maternidad, capaz de prodigarse para aliviar y medicar, redimir y salvar. Apenas llegada a la selva amazónica del Ecuador, un grupo de indígenas, armados de flechas, lanzas y cuchillos, le cerraron el paso y le aseguraron que la dejarían pasar sólo a condición de que curara a una adolescente, hija del jefe, que en días anteriores había sido herida de bala en una escaramuza con los enemigos. En circunstancias muy difíciles y con poquísimos medios, mientras el grupito de las misioneras se reunía en oración, Sor María cortó la herida con una navaja que siempre llevaba consigo, y casi impulsada por una mano invisible, saltó fuera la bala. Con gran alegría los indígenas comenzaron a difundir en la selva la noticia que había llegado una mujer blanca, una grandísima bruja, a la que era necesario dejar paso libre en la selva. Siempre se preocupaba por la formación y la promoción de la mujer, que, según las costumbres de las tribus indígenas shuar, eran a menudo consideradas como esclavas de los hombres, que las sometían como patrones omnipotentes y les hacían afrontar gravosos trabajos, sin el menor miramiento a la condición de la maternidad y del cuidado de los hijos. La espiritualidad de Sor María Troncatti aparece sencilla y discreta, pero profunda, vivida con grandeza de ánimo especialmente en las vicisitudes de la vida cotidiana. Con la sonrisa, la bondad, la paciencia, y sobre todo un gran corazón, conquistaba a colonos y a shuar, y a cuantos se le acercaban. Todos sentían que sor María los amaba, y todos entendían su lenguaje del corazón. Su deseo ardiente era el de catequizar con maravillosas iniciativas, con paciencia sin límites y con amor a toda prueba. En sus innumerables visitas llevaba consigo la medicina más poderosa: un frasco de agua natural para utilizarla en casos apremiantes para bautizar a los moribundos. 3 Fue madre ante todo de los salesianos a quienes amó, atendió y curó. Pero se desvivía por todos. En una carta escribe a su madre: “Te diré con confianza que aquí con los Shuar y los colonos me encuentro contentísima a pesar del mucho trabajo. Me preguntarás qué es lo que hago para tener trabajo… aquí en la foresta se tiene que hacer de todo: soy dentista, cirujano, doctora en medicina, farmacéutica, enfermera, cocinera, ropera… Además me encargo de recibir a niños desvalidos y enfermos…”. No hay persona necesitada, que no haya experimentado su amor desinteresado; nadie acudió a Sor Troncatti y salió defraudado, aún en lo material, ella hacía “milagros” para atender a todos. En esto manifestaba el amor mariano que la inundaba, y la hacía ser como una extensión de la presencia de María para con los más pobres. La fe la movía a vivir en continua oración. Frente a casos desesperados le preguntaban qué medicinas usaba: “No lo sé, es inexplicable, pero quedan curados”. También al P. Lova lo había salvado casi milagrosamente de las consecuencias de una insolación que lo había llevado a las puertas de la muerte: “No hay nada que hacer, -había dicho Sor María- pero de todos modos lo curaré”. Jamás miraba a sacrificios, ni a riesgos, ni a peligros, ni a contagios. Bastaba que supiera que alguien sufría para que ella volara en auxilio, llevando en el corazón la esperanza de poder hacer el bien, también a sus almas. La convicción que guardaba en el corazón y la movía en su heroica vida misionera era esta certeza: “No debemos tener miedo, sino confiar en Dios y donarnos totalmente a Él. Él es el único capaz de tomarnos bajo su cuidado con ternura sin igual”.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Había una vez, en un pueblito llamado Corteno, en Italia, una niña llamada María. Nació un día frío de febrero, cuando la nieve cubría las montañas. Su casa era pequeña y acogedora, llena del aroma de la sopa caliente que preparaba su mamá.

En la escuela, María era una niña curiosa y atenta. Su maestra, una mujer amable, recibía cada mes una revista llamada el Boletín Salesiano. A María le encantaba leerla. En sus páginas, descubría historias de valientes misioneros que viajaban a tierras lejanas para ayudar a los demás. Soñaba con aventuras, selvas misteriosas y personas que necesitaban su ayuda.

Un día, María le contó a su hermana Catalina un secreto que guardaba en su corazón: “¡Quiero ser religiosa misionera! Quiero ir a trabajar entre los leprosos, para cuidarlos y darles amor”. Catalina la miró sorprendida, pero María hablaba con tanta convicción que su hermana supo que lo decía en serio.

Cuando María cumplió 16 años, les contó a sus padres su sueño. Pero ellos no entendieron. Pensaban que era demasiado joven para tomar una decisión tan importante. María se sintió triste, pero no se rindió.

Cuando tenía 21 años, María escribió una carta a Turín, a las Hijas de María Auxiliadora. Su valentía impresionó a la Directora de Tirano, quien después de un encuentro, le dijo: “Puedes considerarte aceptada”. ¡Qué alegría sintió María!

En 1905, María entró al Instituto de las Hijas de María Auxiliadora en Niza Monferrato. Su párroco, un hombre sabio y bueno, convenció al papá de María para que la dejara ir. Fue una despedida dolorosa. El papá de María se desmayó al verla partir, pues la amaba con todo su corazón.

Los primeros meses no fueron fáciles. María se sentía confundida y dudaba de sí misma. Pero una carta de su párroco, llena de palabras de aliento, la ayudó a superar ese momento difícil. ¡María era fuerte y perseverante!

El 17 de septiembre de 1908, María hizo su primera profesión religiosa. Prometió dedicar su vida a Dios y a los demás. Pero poco después, enfermó y tuvo que ir a la enfermería. Un día, Don Rua, un importante sacerdote salesiano, la visitó. Rezó con ella tres Avemarías y le dio la bendición de María Auxiliadora. ¡Y un milagro ocurrió! María se curó.

Para recuperarse del todo, fue enviada a la comunidad de Varazze, junto al mar. Allí, el aire salado y la brisa marina la fortalecieron. Pasó diez años felices, ayudando a los demás y preparándose para su gran aventura.

El 19 de marzo de 1914, María hizo sus votos perpetuos. ¡Tenía 31 años y el corazón lleno de amor!

Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, María fue enviada a un curso de enfermera de la Cruz Roja. Aprendió a curar heridas y a cuidar a los enfermos. Un día, se salvó milagrosamente de una inundación y prometió que, si sobrevivía, iría a las misiones.

En el Instituto, instalaron camas para atender a soldados heridos. María los cuidaba con dedicación y cariño. Luego, fue enviada como enfermera a Niza Monferrato. Allí, una niña, antes de morir, le dijo: “¡Tú irás de misionera a Ecuador!”. María se sorprendió, pero guardó esas palabras en su corazón.

La Madre General, la superiora de las Hijas de María Auxiliadora, escuchó el deseo de María de ir a las misiones y la envió a Ecuador. ¡Su sueño se estaba haciendo realidad!

El 7 de marzo de 1922, Monseñor Comín, un misionero salesiano que había sido nombrado obispo en la Amazonia ecuatoriana, visitó Niza. Él la inspiró aún más con sus historias.

El 9 de noviembre de 1922, María partió hacia Ecuador. Llegó a la comunidad de Chunchi, donde no había médicos ni farmacias. ¡María enseguida armó un botiquín con medicinas y vendas!

El 25 de octubre de 1925, emprendió un viaje aún más largo y difícil: ¡a Macas, en la selva amazónica! Tardó más de un mes en llegar, viajando por ríos y caminos llenos de peligros.

En Macas, María comenzó su obra misionera entre los colonos y los Shuar, un pueblo indígena que vivía en la selva. Abrió un pequeño ambulatorio, donde curaba a los enfermos y daba consuelo a los necesitados. Pronto, todos la llamaron “la madrecita buena”.

María se acercó a los Shuar con paciencia y cariño. Aprendió su idioma y sus costumbres. Les demostró que los amaba y quería ayudarlos. Abrió un camino de amistad y confianza entre ellos y la misión.

Después de seis años en Macas, María fue enviada a la misión de Sucúa. Luego, pasó cuatro años en Guayaquil. Pero su corazón siempre la llamaba de vuelta a Macas. En 1938, un incendio destruyó la misión. ¡Pero María no se desanimó! Con la ayuda de todos, la reconstruyeron.

En 1947, María fue trasladada definitivamente a Sucúa. Allí, junto con el Padre Natale Lova, comenzó a construir un hospital. Curaba a los enfermos con su experiencia y con la oración. ¡Muchos se sanaban gracias a su fe!

En 1953, dejó de ser la directora de la comunidad y se dedicó por completo al hospital. La misión creció y mejoró: ¡tenían energía eléctrica, una pista de aterrizaje para avionetas, diccionarios de la lengua Shuar y una radio!

María amaba a todos sin distinción. Su amor era práctico y sincero. Siempre tenía una sonrisa para animar a los demás.

Un día, alguien prendió fuego a los edificios de la misión. María se sintió muy triste, pero dijo que estaba dispuesta a dar su vida para que volviera la paz.

El 25 de agosto de 1969, María subió a un avión para ir a unos ejercicios espirituales. Pero, a pocos minutos del despegue, el avión se estrelló. María fue la única que murió. Todos la recordaron con amor y admiración.

María Troncatti dedicó su vida a llevar el amor de Jesús a todos los que conoció. Fue una verdadera estrella que brilló en la selva amazónica. Siempre recordaba a sus hermanas: “No debemos tener miedo, sino confiar en Dios y donarnos totalmente a Él. Él es el único capaz de tomarnos bajo su cuidado con ternura sin igual”. Y así, la vida de María, la madrecita buena, se convirtió en una hermosa leyenda.

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Publicado el 14/04/2026

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