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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza mientras la familia Ríos preparaba su picnic. Papá, Mamá, Sofía de 8 años y Mateo de 6, estaban emocionados por su día en el campo. Habían empacado sándwiches de jamón y queso, galletas de chocolate y un gran termo de limonada. Su destino era un lugar cerca del Río Olvidado, famoso por su belleza natural y la tranquilidad que ofrecía.
El viejo auto rojo de Papá, "Rojo Veloz" como lo llamaba Mateo, estaba cargado hasta el tope. Después de un par de tosidos y bufidos, el motor finalmente rugió y comenzaron su viaje. El camino era largo y polvoriento, pero los niños cantaban canciones y jugaban a "veo, veo" para mantenerse entretenidos.
Después de un rato, Papá se desvió por un camino de tierra que parecía llevar al río. A ambos lados, los árboles se volvían más densos y la luz del sol apenas se filtraba. De repente, en medio del camino, vieron una casa. Era una casa abandonada, vieja y con las ventanas rotas. Parecía sacada de un cuento de terror. Sofía sintió un escalofrío recorrer su espalda.
"¿Qué es esto, Papá?" preguntó Mateo, con los ojos bien abiertos.
"Parece una casa antigua," respondió Papá, con curiosidad. "Pero no debemos detenernos, tenemos que llegar al río antes de que se haga tarde."
Continuaron su camino, pero la imagen de la casa abandonada quedó grabada en sus mentes. Finalmente, llegaron a un claro junto al Río Olvidado. El lugar era precioso. El agua cristalina reflejaba el cielo azul, y los árboles ofrecían una sombra fresca y agradable.
Descargaron el auto y extendieron la manta de picnic. Los niños corrieron a explorar la orilla del río, buscando piedras brillantes y observando los pequeños peces que nadaban en el agua. Mamá y Papá prepararon los sándwiches y la limonada.
Después de comer, Mateo quiso ir a pescar. Papá le enseñó cómo poner el cebo en el anzuelo y cómo lanzar la caña. Sofía, mientras tanto, construía un castillo de arena en la orilla.
De repente, Mateo gritó. "¡Papá, mira! ¡Creo que tengo algo!"
Papá corrió hacia él y juntos tiraron de la caña. Con gran sorpresa, no sacaron un pez, sino una extraña criatura cubierta de algas y lodo. Tenía grandes ojos amarillos y dientes puntiagudos. Era pequeño, pero daba mucho miedo.
Sofía se acercó con cautela. La criatura gruñó y trató de morderlos.
"¡Es un monstruo!" gritó Sofía.
"No creo que sea peligroso," dijo Mamá, acercándose también. "Parece asustado y perdido."
Con cuidado, Mamá le ofreció un trozo de sándwich. La criatura dudó por un momento, pero finalmente lo tomó y lo devoró en un instante. Parecía hambriento.
"Quizás está solo," sugirió Mateo. "Tal vez vive en el río."
Pasaron el resto de la tarde jugando con la criatura. La llamaron "Alguita" por las algas que la cubrían. Descubrieron que era juguetona y le encantaba que le lanzaran piedras al agua para que las recuperara.
Cuando el sol comenzó a ponerse, supieron que era hora de irse. Se despidieron de Alguita, prometiéndole que volverían a visitarla pronto. Empacaron sus cosas y subieron al auto. Pero cuando Papá intentó encender el motor, nada. "Rojo Veloz" no arrancaba.
"¡Oh, no!" exclamó Papá. "Parece que nos quedaremos aquí por un rato."
Intentaron empujar el auto, pero era demasiado pesado. Estaban atrapados. La noche se acercaba y el bosque se volvía más oscuro y misterioso. Los niños empezaron a tener miedo.
De repente, escucharon un ruido entre los árboles. Eran otros monstruos, más grandes y más aterradores que Alguita. Tenían garras afiladas y ojos brillantes. Estaban rodeando el auto.
Sofía y Mateo se abrazaron a sus padres, temblando de miedo. Justo cuando pensaban que todo estaba perdido, Alguita apareció. Se puso delante de los monstruos y comenzó a hablar con ellos en un idioma extraño. Los monstruos parecieron escucharla y, después de un momento, se alejaron.
Alguita volvió corriendo hacia el auto y, con un empujón, logró que "Rojo Veloz" se moviera lo suficiente para que Papá pudiera encender el motor. ¡Finalmente arrancó!
La familia Ríos se despidió de Alguita y condujo rápidamente de regreso a casa. Estaban cansados y asustados, pero también llenos de gratitud por la ayuda de su nueva amiga.
Al día siguiente, volvieron al Río Olvidado con más sándwiches y galletas para Alguita. Desde ese día, siempre recordaron su aventura monstruosa y la importancia de la amistad, incluso con las criaturas más inesperadas.
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