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Gratis · elegí una vozRitmito era una redonda gordita y feliz. ¡Le encantaba sonar! Cada vez que la tocaban, emitía un "¡DOOOOO!" largo y sostenido. Era la reina de la duración, porque duraba cuatro tiempos. "¡Soy la más larga!", gritaba orgullosa, mientras rodaba por el pentagrama.
Silencita, en cambio, era un símbolo curioso, parecido a un sombrero volcado. Era el silencio de redonda, y aunque no sonaba, era igual de importante. "Aunque no me escuchen", decía Silencita con una sonrisa tímida, "soy necesaria para que la música respire".
Un día, el Maestro Melodía, un hombre con un bigote rizado y un piano mágico, anunció un concurso musical. "¡El mejor ritmo ganará una varita de director de orquesta brillante!", exclamó.
Ritmito, confiada en su larga duración, se preparó para participar. Practicaba su "¡DOOOOO!" sin parar, a veces tan fuerte que hacía temblar las ventanas. Silencita, por su parte, observaba con atención. Sabía que el ritmo no era solo sonido, sino también silencio.
En el concurso, Ritmito empezó con su "¡DOOOOO!" estruendoso. Duró cuatro tiempos, justo como debía. Luego, apareció la blanca, más delgada y con una plica (un palito). La blanca sonaba "¡MIII!", pero solo durante dos tiempos. "¡Soy la mitad de Ritmito!", decía la blanca, moviendo su plica con elegancia. Su silencio, parecido a un pequeño valle, duraba también dos tiempos.
Después, entró la negra, aún más delgada y con el círculo relleno de negro. "¡SOL!", cantaba la negra con un golpe rápido, durando solo un tiempo. Su silencio era como un rayo. "¡Soy la cuarta parte de Ritmito!", exclamaba la negra, saltando de un lado a otro.
Finalmente, apareció la corchea, pequeñita y con un rabito curvado. "¡LAAA!", piaba la corchea, durando medio tiempo. Su silencio era como un siete al revés. "¡Soy la octava parte de Ritmito!", decía la corchea, moviendo su rabito con rapidez.
Ritmito, al ver a las demás figuras y sus silencios, se dio cuenta de que no era la única importante. La música necesitaba de todas para sonar interesante. Empezó a escuchar con atención cómo el Maestro Melodía combinaba las figuras y los silencios.
El Maestro Melodía tocaba una melodía sencilla: "DO-RE-MI-FA-SOL-LA-SI-DO". Primero, una redonda (DO), luego dos blancas (RE-MI), después cuatro negras (FA-SOL-LA-SI), y finalmente ocho corcheas (DO). Entre cada nota, colocaba silencios de diferente duración.
Ritmito entendió que el silencio no era solo ausencia de sonido, sino parte integral del ritmo. Era como los espacios en blanco entre las palabras, que permitían comprender el mensaje.
Cuando le tocó el turno a Ritmito, ya no solo pensó en su "¡DOOOOO!" largo y orgulloso. Pensó en cómo combinarlo con las demás figuras y, sobre todo, con los silencios. Creó un ritmo sencillo pero hermoso, alternando redondas con silencios de redonda, blancas con silencios de blanca, negras con silencios de negra y corcheas con silencios de corchea.
El Maestro Melodía sonrió. "¡Eso es!", exclamó. "¡Has comprendido el secreto del ritmo! No se trata solo de sonar, sino de saber cuándo sonar y cuándo callar".
Al final, el Maestro Melodía no pudo elegir un solo ganador. Decidió compartir la varita brillante entre Ritmito y Silencita. Ritmito aprendió que la duración no lo es todo, y Silencita demostró que el silencio es tan importante como el sonido. Juntos, Ritmito y Silencita entendieron que la música es una aventura donde el sonido y el silencio bailan en armonía.
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