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La profesora Mabel estaba muy emocionada. ¡Hoy era el día de la excursión a Traiguén! Marcos, Lucas, Linko, Cristian, Tahiel, Liwen, Mateo, Rocío, Magdalena y Valentina, sus diez alumnos más aventureros, se reunieron temprano en la escuela, con mochilas llenas de sándwiches, jugos y una gran dosis de curiosidad. El autobús escolar, con su característico sonido de bocina, los esperaba para llevarlos a la Plaza de Armas de Traiguén.
"¡Buenos días, niños!", saludó la profesora Mabel con una sonrisa radiante. "Hoy vamos a explorar la Plaza de Armas de Traiguén, un lugar lleno de historia y sorpresas. ¡Estén atentos y disfruten del paseo!"
El viaje fue divertido, lleno de canciones y risas. Al llegar a Traiguén, la Plaza de Armas los recibió con sus árboles frondosos, bancas de madera y una fuente burbujeante en el centro. La profesora Mabel reunió a sus alumnos.
"¡Miren!", exclamó la profesora, señalando un mapa de la plaza. "Aquí podemos ver dónde están los monumentos importantes y los lugares que vamos a visitar. Pero primero, ¡exploremos un poco!"
Los niños se dispersaron por la plaza, maravillados con cada detalle. Marcos y Lucas corrieron hacia la fuente, intentando atrapar las burbujas de agua. Linko y Cristian observaban atentamente a las palomas que picoteaban migas de pan. Tahiel y Liwen jugaban a las escondidas detrás de un enorme árbol. Mateo, Rocío, Magdalena y Valentina admiraban las flores coloridas que adornaban los jardines.
De repente, Rocío gritó: "¡Miren, un perrito!"
Un pequeño perro callejero, con el pelo sucio y las orejas caídas, se acercó tímidamente a Rocío. Parecía hambriento y asustado. Rocío, con su gran corazón, le ofreció un pedazo de su sándwich.
El perrito, agradecido, devoró el sándwich en segundos. Luego, comenzó a seguir a Rocío, moviendo la cola tímidamente. Los demás niños se acercaron a ver al perrito. Todos sintieron pena por él.
"¡Es tan lindo!", dijo Valentina. "Pero parece que no tiene hogar."
La profesora Mabel se acercó al grupo. "Pobrecito", dijo con ternura. "¿Qué podemos hacer por él?"
Los niños comenzaron a proponer ideas. Marcos sugirió llevarlo a la veterinaria. Lucas propuso darle un baño. Linko ofreció compartir su almuerzo con él. Cristian propuso construirle una casita.
"¡Todas son ideas maravillosas!", dijo la profesora Mabel. "Pero lo primero que debemos hacer es averiguar si tiene dueño. Tal vez se perdió."
La profesora Mabel preguntó a las personas que paseaban por la plaza si conocían al perrito. Nadie lo había visto antes. Decidieron entonces llevarlo a la comisaría para ver si alguien lo había reportado como perdido.
En la comisaría, el carabinero les dijo que nadie había denunciado la pérdida de un perro con esas características. Les sugirió que lo llevaran a una protectora de animales, donde podrían cuidarlo hasta encontrarle un hogar.
"¿Y si lo adoptamos nosotros?", preguntó Mateo con entusiasmo.
Todos los niños lo miraron con esperanza. La profesora Mabel sonrió. "Es una idea muy linda, Mateo. Pero tener un perro es una gran responsabilidad. Necesitamos el permiso de sus padres y asegurarnos de que podemos cuidarlo adecuadamente."
Los niños, aunque un poco decepcionados, entendieron la situación. Decidieron llevar al perrito a la protectora de animales. Le pusieron un nombre: "Estrella", porque, según Magdalena, "sus ojos brillan como estrellas".
En la protectora, Estrella recibió comida, agua y un lugar cálido para dormir. Los niños prometieron visitarla todos los días después de la escuela y ayudar a cuidarla. También prometieron hablar con sus padres para ver si alguno de ellos podría adoptarla.
Al final del día, de vuelta en el autobús escolar, los niños estaban cansados pero felices. Habían aprendido una valiosa lección sobre la responsabilidad, la compasión y la importancia de ayudar a los animales necesitados. La aventura en la Plaza de Armas de Traiguén había sido mucho más que una simple excursión. Había sido una experiencia que les tocaría el corazón para siempre.
La profesora Mabel los observó con cariño. Sabía que sus alumnos habían crecido un poco más ese día. Y Estrella, en la protectora, movía la cola feliz, esperando la próxima visita de sus nuevos amigos.
Al llegar a casa hablaron con sus padres y varios de ellos se animaron a adoptarlo y llegaron a un acuerdo, uno lo tendria de lunes a miércoles y otro de jueves a domingo.
Estrella al final encontró un hogar con mucho amor gracias a la profesora Mabel y sus estudiantes.
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