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Gratis · elegí una vozJuan y Teo eran los mejores amigos. Iban al mismo jardín de infancia y siempre jugaban juntos. Un día soleado, mientras todos los demás niños construían torres con bloques o pintaban con acuarelas, Juan y Teo decidieron explorar la parte más misteriosa del jardín: el rincón donde crecían los rosales altos y llenos de espinas.
"¿Qué crees que hay allí, Teo?" preguntó Juan, con los ojos brillantes de curiosidad.
Teo se encogió de hombros, pero su sonrisa delataba su entusiasmo. "¡Solo hay una manera de averiguarlo!", exclamó, tomando la mano de Juan.
Con cuidado, se adentraron entre los rosales. Las hojas verdes susurraban como si les contaran secretos. El aire olía a rosas y a tierra húmeda. De repente, Juan se detuvo. "¡Mira!", susurró, señalando algo entre las flores.
Era una pequeña puerta de madera, casi escondida por las rosas. Era tan pequeña que solo un duende o un ratón podría pasar por ella. "¡Una puerta secreta!", exclamó Teo, con los ojos muy abiertos.
Intentaron abrirla, pero estaba cerrada con llave. Juan buscó en sus bolsillos y encontró una pequeña llave de juguete que había guardado desde la semana pasada. La probó en la cerradura, pero no funcionó. Teo, por su parte, rebuscó en su mochila y sacó una pinza para el pelo de su hermana. Intentó usarla como ganzúa, pero tampoco tuvo éxito.
"Tendremos que encontrar la llave correcta", dijo Juan, con un tono de detective.
Comenzaron a buscar alrededor de la puerta. Miraron debajo de las piedras, entre las raíces de los rosales y hasta en los pétalos de las flores. De repente, Teo gritó: "¡Aquí está!"
Había encontrado una pequeña llave dorada, escondida en el nido de un pajarito. Con cuidado, la sacaron del nido y la probaron en la cerradura. ¡Clic! La puerta se abrió.
Con el corazón latiendo con fuerza, Juan y Teo empujaron la puerta y entraron. Al otro lado, no había un mundo mágico lleno de duendes y hadas, como habían imaginado. En cambio, encontraron un pequeño jardín secreto, lleno de flores de colores y mariposas revoloteando. En el centro del jardín, había un árbol de manzanas con las ramas llenas de frutos rojos y brillantes.
"¡Es hermoso!", exclamó Juan, maravillado.
Teo corrió hacia el árbol y cogió una manzana. La limpió con su manga y le dio un mordisco. "¡Deliciosa!", dijo, con la boca llena de jugo.
Juan también cogió una manzana y la probó. Era la manzana más dulce y jugosa que había probado en su vida. Se sentaron bajo el árbol y comieron las manzanas, observando las mariposas y escuchando el canto de los pájaros.
De repente, escucharon una voz. "¿Qué hacen aquí?", preguntó una anciana, con una sonrisa amable. Llevaba un delantal lleno de tierra y unas tijeras de podar en la mano.
Juan y Teo se asustaron un poco, pero la anciana parecía muy amable. "Somos Juan y Teo", dijo Juan. "Encontramos la puerta secreta y vinimos a explorar".
La anciana sonrió. "Yo soy la señora Rosa. Este es mi jardín secreto. Me alegra que lo hayan encontrado. Pueden venir a visitarme cuando quieran".
Juan y Teo sonrieron. "¿De verdad?", preguntó Teo.
"Por supuesto", dijo la señora Rosa. "Pero deben prometer no contarle a nadie sobre la puerta secreta. Es nuestro pequeño secreto".
Juan y Teo prometieron guardar el secreto. La señora Rosa les enseñó a cuidar las flores, a plantar semillas y a reconocer las diferentes clases de mariposas. Pasaron la tarde jugando en el jardín secreto, aprendiendo y riendo.
Cuando llegó la hora de volver al jardín de infancia, la señora Rosa les regaló a cada uno una manzana y una pequeña flor. "Vuelvan pronto", les dijo, con una sonrisa.
Juan y Teo volvieron al jardín de infancia, sintiéndose muy felices y emocionados. Tenían un nuevo amigo y un jardín secreto donde podían jugar y aprender. Desde ese día, cada vez que tenían un rato libre, Juan y Teo volvían al jardín secreto de la señora Rosa, listos para una nueva aventura.
Al día siguiente, en el jardín de infancia, mientras construían torres con bloques, Juan le susurró a Teo: "¿Vamos al jardín secreto después de la siesta?"
Teo asintió, con una sonrisa traviesa. "¡Es un secreto!", susurró de vuelta. Y así, la aventura secreta de Juan y Teo en el jardín continuó, llena de risas, amistad y descubrimientos maravillosos.
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