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Gratis · elegí una vozEn una escuelita rural perdida entre las colinas de Uruguay, vivía el Maestro Horacio, un hombre bueno y sabio que amaba enseñar a sus alumnos sobre la naturaleza. La escuela, construida con ladrillos rojos y un techo de tejas gastadas, estaba rodeada de un jardín exuberante lleno de plantas autóctonas y algunas, ¡ay!, bastante venenosas. Entre los alumnos más curiosos, estaban tres amigos inseparables: un coatí llamado Coco, una mulita llamada Martina y un carpincho llamado Carlos.
Coco, el coatí, era ágil y siempre metido en problemas. Su larga nariz lo llevaba a olfatear cada rincón, especialmente aquellos que decían "¡No tocar!". Martina, la mulita, era la más cautelosa del grupo. Siempre recordaba las lecciones del Maestro Horacio y advertía a sus amigos sobre los peligros. Carlos, el carpincho, era grande y bonachón, un poco lento para entender las cosas, pero con un corazón enorme y siempre dispuesto a ayudar.
Un día, el Maestro Horacio les estaba explicando sobre las plantas venenosas de la región. “Miren, niños,” dijo señalando una planta con hojas brillantes. “Esta es la Yatay-poñí. Es hermosa, pero sus frutos son muy venenosos. ¡Nunca, jamás, los coman!”. Luego, les mostró la Ortiga Brava, “Esta planta tiene pelitos que pican mucho. ¡Si la tocan, les dará mucha comezón!”. Y finalmente, les advirtió sobre la Aruera, una planta que causa alergias en la piel solo con rozarla.
Coco, como siempre, no prestaba mucha atención. Estaba más interesado en perseguir una mariposa amarilla que revoloteaba cerca de la ventana. Martina, en cambio, escuchaba atentamente y tomaba notas con su patita en una hoja seca. Carlos, intentaba recordar los nombres de las plantas, pero se le mezclaban todos.
Al día siguiente, el Maestro Horacio tuvo que salir temprano para atender un asunto familiar. Dejó a cargo de la clase a Doña Ernestina, la gallina que vivía en el gallinero de la escuela. Doña Ernestina era muy estricta y solo sabía enseñar sobre el arte de picotear granos. Los niños, aburridos, decidieron explorar el jardín prohibido.
Coco, el coatí travieso, olvidando la advertencia del Maestro Horacio, encontró un fruto de Yatay-poñí. “¡Miren, chicos! ¡Qué fruta tan brillante! Seguro es deliciosa,” exclamó, listo para darle un mordisco.
Martina, recordando la lección, gritó: “¡Coco, no! ¡El Maestro Horacio dijo que es venenosa!”. Pero Coco, con su terquedad característica, ya se había llevado el fruto a la boca.
Al instante, Coco sintió un sabor horrible y empezó a toser. Su cara se puso roja y le dolía la panza. Martina y Carlos se asustaron mucho.
“¡Tenemos que ayudarlo!” gritó Martina. Carlos, aunque lento, reaccionó rápidamente. “¡Recuerdo que el Maestro Horacio dijo que el carbón activado puede ayudar con el veneno! ¡Lo guardamos en la cocina!”.
Carlos corrió a la cocina de la escuela, mientras Martina intentaba calmar a Coco, que lloraba y se retorcía de dolor. Carlos regresó con un puñado de carbón activado. Martina hizo que Coco lo comiera, aunque le costó mucho trabajo.
Mientras tanto, Carlos, sin querer, rozó una planta de Aruera con su gran cola. Al instante, sintió una picazón terrible en todo el cuerpo. Empezó a rascarse desesperadamente.
Martina, recordando otra lección del Maestro Horacio, dijo: “¡Carlos, no te rasques! ¡Eso empeora la picazón! El Maestro Horacio dijo que el barro puede aliviar la alergia!”.
Martina y Coco, a pesar de su malestar, corrieron al arroyo cercano y recogieron barro fresco. Cubrieron a Carlos con barro de la cabeza a los pies. Carlos, aunque parecía un monstruo de barro, sintió un alivio inmediato.
En ese momento, Doña Ernestina salió del gallinero, alarmada por el alboroto. Al ver a Coco tosiendo y a Carlos cubierto de barro, se puso furiosa. “¡Qué desastre han hecho! ¡Los voy a castigar!”.
Justo cuando Doña Ernestina iba a empezar a picotearlos, llegó el Maestro Horacio. Al ver la escena, preguntó qué había pasado. Martina, con voz temblorosa, le contó todo lo sucedido.
El Maestro Horacio, en lugar de enojarse, sonrió con ternura. “Veo que han aprendido una valiosa lección,” dijo. “Coco, has aprendido que debes escuchar las advertencias. Carlos, has aprendido que algunas plantas son peligrosas al tacto. Y Martina, has demostrado ser una verdadera amiga, recordando mis lecciones y ayudando a tus compañeros”.
El Maestro Horacio les explicó que, aunque habían cometido errores, habían actuado con valentía y habían aprendido a ayudarse mutuamente. Los llevó al arroyo para lavarse y les preparó un té de hierbas para calmar sus nervios.
Esa tarde, el Maestro Horacio les dio una nueva lección sobre las plantas medicinales de Uruguay, enseñándoles a identificar las que curan y las que causan daño. Coco, Martina y Carlos, esta vez, prestaron mucha atención. Aprendieron que la naturaleza es hermosa, pero también puede ser peligrosa, y que la amistad y el conocimiento son las mejores herramientas para enfrentar cualquier aventura, incluso una aventura venenosa en la escuela del arroyo.
Desde ese día, Coco, Martina y Carlos fueron aún más cuidadosos en el jardín de la escuela. Siempre recordaban la aventura venenosa y las valiosas lecciones del Maestro Horacio. Y aunque a veces seguían metiéndose en problemas, siempre lo hacían juntos, cuidándose y aprendiendo uno del otro.
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