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Gratis · elegí una vozDon Mateo suspiró. Hacía… ¡ufff!… ¡siglos! que no veía su bicicleta. Estaba allí, arrinconada en el garaje, cubierta de polvo y telarañas. Era una bicicleta azul celeste, un poco oxidada, pero con un encanto especial. La había bautizado "La Flecha Azul" cuando era niño.
"¿De verdad voy a hacer esto?", se preguntó en voz alta. Sus rodillas crujieron solo de pensarlo. La última vez que había montado en bicicleta, tenía el pelo oscuro y la agilidad de un saltamontes. Ahora, su pelo era canoso y la agilidad… bueno, digamos que era más parecida a la de una tortuga.
Tomó la bicicleta con cuidado. El metal frío le recordó el calor del sol en su cara, las risas con su amigo Tomás, las carreras por el parque después del colegio. ¡Cuántos recuerdos guardaba esa bicicleta!
De repente, sintió un cosquilleo en el estómago. Miedo. ¿Y si se caía? ¿Y si se hacía daño? La imagen de él, tirado en el suelo con las rodillas raspadas, no era precisamente alentadora. Pensó en dejar la bicicleta donde estaba y volver a su sillón favorito con una taza de chocolate caliente. Pero… ¡no! Algo dentro de él, una vocecita traviesa, le decía que lo intentara.
Con manos temblorosas, limpió el sillín con un trapo. Infló las ruedas, que parecían susurrarle: "¡Vamos, Mateo, tú puedes!". Se colocó el casco (¡qué importante es la seguridad!), y sacó la bicicleta del garaje. El sol le dio la bienvenida con un cálido abrazo.
Se subió a la bicicleta. ¡Uf! Le costó mantener el equilibrio. Sus pies tocaron el suelo varias veces. “¡Esto es más difícil de lo que recordaba!”, pensó, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Dio un pequeño impulso. La bicicleta avanzó unos centímetros, tambaleándose peligrosamente. Mateo sintió que iba a caerse. Cerró los ojos con fuerza. “¡No!”, se dijo a sí mismo. “¡Recuerda cómo lo hacías de niño!”.
Respiró hondo, abrió los ojos y volvió a intentarlo. Esta vez, se concentró en el equilibrio, en el movimiento de las piernas, en la sensación del viento en su cara. Poco a poco, empezó a pedalear con más confianza. Al principio, muy despacio, casi arrastrándose. Pero luego, más rápido, cada vez más rápido.
¡Lo estaba haciendo! ¡Estaba montando en bicicleta otra vez!
Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro. Sintió una alegría que no experimentaba desde… ¡no sabía cuándo! Era como si un niño volviera a vivir dentro de él. Recordó a su padre corriendo a su lado, sujetándole el sillín hasta que aprendió a mantener el equilibrio solo. Recordó las carreras con Tomás, las caídas sin importancia, las risas a carcajadas.
El viento silbaba en sus oídos. El sol brillaba con más intensidad. El parque, que antes le parecía un lugar aburrido, ahora era un paraíso lleno de colores y sonidos.
Pedaleó por el camino, sintiéndose libre como un pájaro. Subió pequeñas cuestas, sintiendo el esfuerzo en sus piernas, pero también la satisfacción de superarlas. Bajó las cuestas con una velocidad controlada, disfrutando de la adrenalina y la emoción.
De repente, se dio cuenta de que no tenía miedo. El miedo había desaparecido, reemplazado por una profunda sensación de libertad y alegría. Era como si “La Flecha Azul” lo hubiera transportado de vuelta a su infancia, a un tiempo en el que todo era posible.
Después de un rato, Mateo sintió que sus piernas empezaban a flaquear. Era hora de volver a casa. Despacio, redujo la velocidad y se detuvo. Se bajó de la bicicleta, sintiendo las piernas un poco temblorosas, pero con una sonrisa imborrable en su rostro.
Empujó “La Flecha Azul” de vuelta al garaje. La miró con cariño. “Gracias, amiga”, le dijo en voz baja. “Gracias por recordarme lo que es sentirse vivo”.
Esa noche, Mateo durmió como un bebé. Soñó con bicicletas azules, con amigos de la infancia, con carreras por el parque y con la sensación del viento en su cara. Y supo, en lo más profundo de su corazón, que este era solo el principio de una nueva aventura.
Al día siguiente, volvió a sacar “La Flecha Azul” del garaje. Y al siguiente, también. Y así, poco a poco, Don Mateo recuperó su pasión por la bicicleta y redescubrió la alegría de sentirse joven otra vez. Y todos en el vecindario, al verlo pasar pedaleando con una sonrisa radiante, supieron que algo mágico había sucedido con Don Mateo y su vieja bicicleta azul.
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