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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos dorados, dos hermanos muy unidos llamados Mateo, de 9 años, y Sofía, de 6. Siempre jugaban juntos, inventando historias y explorando el mundo que les rodeaba. Un día soleado, su padre les propuso un paseo en bicicleta por el campo. Mateo y Sofía, entusiasmados, corrieron a buscar sus bicicletas, una roja brillante para Mateo y una amarilla con flores para Sofía.
El paseo comenzó tranquilo, con el padre pedaleando delante y los hermanos siguiéndole de cerca. El aire fresco les acariciaba las mejillas y el sol brillaba en sus caras. De repente, un pequeño conejo blanco saltó al camino, deteniéndose a mirarlos con sus grandes ojos redondos. Mateo frenó de golpe, sorprendido. El conejo, en lugar de huir, comenzó a dar pequeños saltos a lo largo del camino, como invitándolos a seguirlo.
"¡Mira, papá, un conejo!" exclamó Sofía, señalando con su dedito. El padre sonrió y les dijo: "Parece que quiere unirse a nuestro paseo". Y así, el conejo blanco se convirtió en el primer miembro inesperado de su alegre comitiva. Mateo comenzó a cantar una canción que había aprendido en la escuela, una canción sobre la primavera y los pajaritos. Sofía, con su voz dulce, se unió a la melodía, y pronto, los tres iban cantando a pleno pulmón.
Mientras avanzaban por el camino, una ardilla juguetona bajó corriendo de un árbol y se unió al grupo, correteando a su lado. Luego, un grupo de mariposas multicolores revolotearon a su alrededor, creando un espectáculo de colores. Un petirrojo se posó en el manillar de la bicicleta de Mateo y comenzó a cantar una melodía alegre. El desfile de la alegría crecía a cada momento.
"¡Esto es increíble!" exclamó Mateo, maravillado. Sofía, con los ojos brillantes de felicidad, añadió: "¡Nunca había visto algo así!"
Mientras cantaban y pedaleaban, el padre les contó historias de niños en otros países que no tenían la misma suerte de poder salir al campo. Les habló de niños que vivían en ciudades contaminadas, donde el aire era irrespirable, y de otros que vivían en zonas de guerra, donde el ruido de las bombas silenciaba el canto de los pájaros. Les contó de niños que estaban enfermos en hospitales y que soñaban con sentir el sol en sus caras y el viento en su pelo.
Mateo y Sofía escucharon atentamente, sintiendo una mezcla de tristeza y gratitud. Se dieron cuenta de lo afortunados que eran de poder disfrutar de la naturaleza y de la compañía de su familia. Decidieron que, a partir de ese día, apreciarían aún más cada momento y que compartirían su alegría con los demás.
El desfile de la alegría continuó su camino, atrayendo a más animales. Un grupo de ovejas curiosas se unió al grupo, balando suavemente. Un perro labrador amistoso comenzó a ladrar alegremente, moviendo la cola sin parar. Incluso una vaca lechera se asomó desde un prado cercano y mugió en señal de saludo.
Cuando el sol comenzó a ponerse, el desfile llegó a un claro en el bosque. El padre detuvo su bicicleta y les dijo: "Es hora de regresar a casa". Mateo y Sofía se sintieron un poco tristes de que el día estuviera llegando a su fin, pero estaban llenos de recuerdos maravillosos.
Se despidieron de sus nuevos amigos animales, prometiéndoles volver al día siguiente. El conejo blanco les dio un último salto, la ardilla les lanzó una nuez, las mariposas revolotearon a su alrededor y el petirrojo les cantó una última melodía.
De regreso a casa, Mateo y Sofía no paraban de hablar de su increíble aventura. Recordaron las canciones que habían cantado, los animales que habían conocido y las historias que su padre les había contado. Se dieron cuenta de que la alegría se multiplica cuando se comparte y que la naturaleza es un regalo que debemos cuidar.
Esa noche, antes de dormir, Mateo y Sofía hicieron un dibujo del desfile de la alegría. Dibujaron al conejo blanco, la ardilla juguetona, las mariposas multicolores, el petirrojo cantor, las ovejas curiosas, el perro labrador amistoso y la vaca lechera. Colgaron el dibujo en la pared de su habitación, para recordar siempre su maravillosa aventura y para recordar a los niños que no tenían la misma suerte que ellos. Y así, cada vez que veían el dibujo, sentían la alegría en sus corazones y recordaban que, incluso en los momentos más difíciles, siempre hay motivos para cantar y para sonreír. Sabían que, aunque no podían cambiar el mundo de la noche a la mañana, podían empezar por compartir su alegría y su amor con los demás, un pequeño paso a la vez. Porque la alegría, como una bicicleta cantarina, siempre puede llevarte a lugares maravillosos, siempre y cuando estés dispuesto a pedalear con el corazón.
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