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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo lleno de casas coloridas y árboles frutales, un niño llamado Mateo. Mateo amaba su bicicleta roja más que a nada en el mundo. La llamaba "Rayo" porque, según él, ¡era la bicicleta más rápida de todo el pueblo! Todos los días, después de la escuela, Mateo y Rayo exploraban cada rincón, desde el parque con su resbaladilla gigante hasta el río donde las ranas cantaban al atardecer.
Un día soleado, Mateo decidió ir más lejos de lo habitual. Quería llegar al gran árbol de mango que su abuela le había contado, un árbol tan viejo que, según la leyenda, sus raíces llegaban hasta el centro de la Tierra. Rayo, brillante bajo el sol, parecía compartir su entusiasmo. Pedaleó con fuerza, sintiendo el viento en su cara y cantando su canción favorita.
De repente, una piedra traviesa apareció en el camino. Rayo tropezó, y Mateo salió volando por los aires. ¡Pum! Cayó al suelo con un golpe. No se había roto nada, pero se raspó la rodilla y el codo. Rayo, su querida bicicleta, quedó tirada a un lado, con el manillar torcido y una rueda pinchada.
Mateo intentó levantarse, pero un dolor agudo le recorrió el cuerpo. Se sentía débil y mareado. Con lágrimas en los ojos, logró llegar a casa, arrastrando a Rayo con él.
Su mamá, al verlo, se asustó mucho. Lo abrazó con fuerza y lo llevó al médico. Después de examinarlo, el médico dijo: "Mateo está enfermo. Tiene una fiebre muy alta y necesita descansar. Lo llevaremos al hospital para que lo cuiden bien".
El hospital era un lugar grande y blanco, lleno de gente con batas blancas y máquinas extrañas que hacían ruidos raros. Mateo se sintió muy solo y asustado. Su mamá lo acompañó a su habitación, donde una enfermera amable, con una sonrisa radiante y un delantal con flores, lo esperaba. La enfermera, cuyo nombre era Sofía, le explicó todo con paciencia y le puso una inyección para bajar la fiebre.
Los días en el hospital fueron largos y aburridos. Mateo extrañaba a Rayo, a sus amigos, y sobre todo, jugar al aire libre. Se sentía triste y sin ganas de nada. Apenas comía y no hablaba con nadie.
Un día, mientras miraba por la ventana, vio a otro niño en una silla de ruedas, jugando con un avión de papel. El niño lo miró y le sonrió. Mateo, tímidamente, le devolvió la sonrisa. El niño se acercó a la ventana y le preguntó: "¿Por qué estás tan triste?".
Mateo le contó sobre su caída, sobre Rayo, y sobre lo mucho que extrañaba su bicicleta. El niño, que se llamaba Pablo, lo escuchó con atención. "Yo también extraño jugar", dijo Pablo. "Pero aprendí que siempre hay algo divertido que hacer, incluso aquí en el hospital".
Pablo le contó a Mateo sobre los juegos que jugaban en la sala de recreo, sobre los cuentos que les leían las enfermeras, y sobre las manualidades que hacían con papel y colores. Mateo, poco a poco, empezó a sentirse mejor. La fiebre bajó y el apetito regresó.
Al día siguiente, Pablo invitó a Mateo a la sala de recreo. Allí, Mateo conoció a otros niños que también estaban enfermos, pero que no habían perdido la alegría de vivir. Jugaron, rieron y se contaron historias. Mateo se dio cuenta de que no estaba solo y que, a pesar de estar en el hospital, podía divertirse y hacer nuevos amigos.
La enfermera Sofía, al ver a Mateo sonreír de nuevo, se sintió muy feliz. Le contó que había llevado a Rayo a un taller de bicicletas y que pronto estaría como nueva. Mateo se emocionó mucho al escuchar la noticia.
Después de unos días, Mateo se sintió mucho mejor y el médico le dio el alta. Al salir del hospital, ahí estaba Rayo, reluciente y con una canasta nueva llena de flores. Su mamá y Pablo lo esperaban con una gran sonrisa.
Mateo abrazó a Pablo y le prometió que lo visitaría todos los días. Luego, se subió a Rayo y pedaleó con fuerza, sintiendo el viento en su cara y cantando su canción favorita. Había aprendido una lección importante: que incluso en los momentos difíciles, siempre hay una razón para sonreír y que la amistad es el mejor remedio para cualquier dolor.
Desde ese día, Mateo y Rayo siguieron explorando el pueblo, pero ahora con un nuevo amigo, Pablo, que los acompañaba en su silla de ruedas. Juntos, descubrieron que la verdadera aventura no está en llegar lejos, sino en compartir la alegría del camino con los demás.
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