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En un pueblecito escondido entre montañas cubiertas de niebla, vivía una brujita llamada Lila. Lila era… bueno, digamos que no era la bruja más hábil del mundo. Su sombrero siempre estaba ladeado, su caldero burbujeaba cosas extrañas (como calcetines a rayas), y su escoba… ¡ay, su escoba! Se negaba rotundamente a volar derecho.
Un día, mientras intentaba (otra vez) hacer una poción para que las flores cantaran, Lila tropezó. En el tropiezo, su varita mágica salió disparada e impactó accidentalmente contra un elegante vampiro que pasaba por allí, el Conde Vladislaus. ¡Puf! Una nube de humo morado y, cuando se disipó, en lugar del Conde Vladislaus, había un gatito negro con unos ojos amarillos muy, muy enfadados.
"¡Miau! ¡Miau!" siseaba el gato, que antes era un vampiro muy importante. Lila, con los ojos muy abiertos, entendió lo que había hecho. ¡Había convertido al Conde Vladislaus en un gato! ¡Un gato muy gruñón! "Oh, no, no, no…" murmuró Lila, sintiéndose más torpe que nunca.
Necesitaba revertir el hechizo. Pero Lila no sabía volar en escoba correctamente, ni controlaba su magia lo suficiente para simplemente deshacer el entuerto. La única solución que se le ocurrió fue la Torre de los Magos, un lugar lleno de sabios y poderosos hechiceros.
Así que, con el gato-vampiro Vladislaus metido a regañadientes en una cesta (que decoró con una flor para intentar alegrarlo), Lila se subió a su escoba. "¡Agárrate, Vladislaus!" gritó Lila, y la escoba despegó con un tirón, zigzagueando peligrosamente entre los árboles. Vladislaus maullaba con desesperación, sujetándose a la cesta con sus pequeñas garras.
El viaje fue una locura. Lila chocó contra un espantapájaros, casi se estrella contra un campanario y terminó aterrizando de cabeza en un charco de barro. Vladislaus salió de la cesta, cubierto de barro, y la miró con una expresión felina de puro horror.
Finalmente, después de muchas peripecias, Lila llegó a la Torre de los Magos. La torre era inmensa, con ventanas altas y puntiagudas, y estaba llena de extraños símbolos mágicos. Lila, temblando un poco, llamó a la puerta. Un mago con una barba larguísima y un sombrero puntiagudo abrió la puerta y la miró con curiosidad. "¿En qué puedo ayudarte, jovencita?" preguntó el mago.
Lila le explicó, entre tartamudeos, lo que había sucedido. El mago, cuyo nombre era Merlín (aunque no *ese* Merlín, sino un Merlín muy parecido), escuchó atentamente, acariciando su barba. "Hmm, transformar a un vampiro en un gato… eso sí que es un problema," dijo Merlín, con una sonrisa. "Pero no te preocupes, tengo la solución."
Merlín llevó a Lila y a Vladislaus a su laboratorio, un lugar lleno de libros antiguos, frascos llenos de ingredientes misteriosos y aparatos que chispeaban con energía mágica. Preparó una poción burbujeante de color verde esmeralda y le dijo a Lila: "Esta poción revertirá el hechizo. ¡Pero ten cuidado! Debes verterla directamente sobre el gato, y debes decir las palabras mágicas con mucha claridad."
Lila asintió, nerviosa. Cogió la poción y se acercó a Vladislaus, que la miraba con recelo. Respiró hondo y dijo las palabras mágicas: "¡Abra cadabra, vampiro de antaño, vuelve a ser como siempre ha sido!"
Vertió la poción sobre el gato. ¡Puf! Otra nube de humo morado. Cuando se disipó, en lugar del gato, estaba… ¡otro gato! Lila se había equivocado al pronunciar las palabras mágicas. En lugar de volver a ser vampiro, Vladislaus ahora era un gato… ¡duplicado!
Merlín se echó a reír. "Vaya, vaya… esto es más interesante de lo que pensaba." Lila se sintió al borde de las lágrimas. Era la bruja más torpe del mundo.
Pero entonces, uno de los gatos, el original Vladislaus, frotó su cabeza contra la pierna de Lila y ronroneó. Era un ronroneo suave y agradecido. Lila se dio cuenta de que, a pesar de todo, Vladislaus no estaba tan enfadado. Tal vez, incluso, le gustaba ser gato.
Lila, Merlín y los dos gatos Vladislaus pasaron la tarde jugando con ovillos de lana y aprendiendo trucos mágicos. Al final del día, Merlín le enseñó a Lila una forma de controlar mejor su magia. Y, aunque Vladislaus nunca volvió a ser un vampiro, se convirtió en un gato muy feliz, con un amigo bruja torpe pero de buen corazón.
De vuelta en su casita, Lila aprendió a volar en escoba (más o menos) y a hacer pociones que, al menos, no convertían a la gente en animales. Y el Conde Vladislaus, bueno, el Conde Vladislaus aprendió que a veces, ser un gato no es tan malo después de todo. Especialmente si tienes una bruja torpe que te quiere mucho.
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