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Gratis · elegí una vozLa Isla del Pescado era famosa por sus playas de arena blanca, sus conchas brillantes y, por supuesto, ¡sus deliciosos pescados fritos! Pero este año, algo extraño estaba sucediendo. Los turistas llegaban emocionados, pero se iban con caras de terror. Todo comenzó con la cámara.
Un turista despistado, llamado Don Ricardo, había olvidado su vieja cámara en la arena. Era una cámara antigua, de esas que usaban rollo, no digital. Tenía un aspecto raro, como si hubiera visto muchas cosas. Los niños de la isla, Sofía y Tomás, la encontraron.
"¡Mira, Tomás, una cámara!" exclamó Sofía, recogiendo la cámara polvorienta.
"¿Funcionará?" preguntó Tomás, curioso.
Intentaron encenderla, pero nada. Hasta que Sofía encontró un botón escondido. ¡Click! La cámara se encendió. En la pantalla, apareció la última foto que Don Ricardo había tomado: ¡una imagen borrosa de un pez con ojos rojos brillantes y dientes afilados, flotando en el aire!
Al principio, pensaron que era una broma. Pero al día siguiente, otro turista vio la foto en la cámara de Sofía y Tomás. Salió corriendo, gritando que había visto al mismo pez en el mar.
La noticia se extendió como la espuma. "¡La cámara está poseída!" decían unos. "¡El pez fantasma ataca!" gritaban otros. La Isla del Pescado, en lugar de estar llena de risas y juegos, se llenó de miedo y susurros.
Sofía y Tomás se sintieron culpables. Sabían que tenían que hacer algo. Decidieron investigar. Fueron a hablar con la abuela Elena, la anciana más sabia de la isla. La abuela Elena conocía todas las historias y leyendas de la Isla del Pescado.
"Abuela Elena, ¿conoces la leyenda del pez fantasma?" preguntó Sofía, mostrando la foto.
La abuela Elena miró la foto con atención. Sus ojos se abrieron como platos. "¡Ay, Dios mío! Ese es el espíritu de Escamita, un pez muy especial que vivía en esta isla hace muchos años. Era muy juguetón y amaba a los niños. Pero un día, un pescador malvado lo capturó y lo trató muy mal. Escamita murió de tristeza."
"¿Y su espíritu está atrapado en la cámara?" preguntó Tomás, preocupado.
"No lo sé," dijo la abuela Elena. "Pero si es así, debemos ayudarlo a encontrar la paz. Escamita amaba la música y los juegos. Tal vez, si le ofrecemos algo que le guste, su espíritu se calmará."
Sofía y Tomás pensaron mucho. ¿Qué le gustaba a Escamita? ¡La música y los juegos! Decidieron organizar una fiesta en la playa, con música de tambores y canciones alegres. También invitaron a todos los niños de la isla a jugar y reír.
Al atardecer, la playa estaba llena de gente. Los niños cantaban y bailaban. Sofía y Tomás colocaron la cámara en un pequeño altar de arena, decorado con conchas y flores. Empezaron a tocar los tambores.
De repente, la cámara comenzó a brillar. La foto del pez fantasma se volvió más clara. Se podía ver que Escamita, en realidad, no tenía una expresión de terror, sino de tristeza.
Sofía tomó la cámara y, con una voz suave, le dijo: "Escamita, sabemos que estás triste. Pero queremos que sepas que te recordamos con cariño. Queremos que vuelvas a ser feliz."
Entonces, pasó algo mágico. La imagen del pez fantasma comenzó a desaparecer. En su lugar, apareció una foto de un pez pequeño y brillante, nadando alegremente en el mar. La cámara dejó de brillar.
Los turistas, que habían estado observando desde lejos, se acercaron tímidamente. Vieron la nueva foto en la cámara y sonrieron. El miedo desapareció. La Isla del Pescado volvió a ser un lugar feliz y divertido.
Don Ricardo, que había regresado a la isla para buscar su cámara, se sorprendió al ver la alegría y la paz que reinaban. Sofía y Tomás le contaron la historia de Escamita. Don Ricardo, conmovido, les regaló la cámara.
"Esta cámara ahora es de ustedes," dijo Don Ricardo. "Úsenla para recordar la historia de Escamita y para traer alegría a todos."
Sofía y Tomás aprendieron una valiosa lección. A veces, las cosas que parecen aterradoras, solo necesitan un poco de comprensión y amor. Y la Isla del Pescado, gracias a ellos, volvió a ser el paraíso que siempre había sido.
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