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En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivía un Zar llamado Boris. El Zar Boris era un hombre poderoso, dueño de vastos territorios y tesoros incontables. Pero un día, una terrible enfermedad lo atacó. Se sentía débil, cansado y sin alegría. Su piel, antes sonrosada, se había vuelto pálida como la nieve.
Reunió a los mejores médicos de todo el imperio. Vinieron desde las montañas nevadas hasta las orillas del mar helado. Le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del Zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países. Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, como polvo de cuerno de unicornio (que, por supuesto, ¡era solo polvo de cuerno de cabra!). Pero la salud del Zar no mejoraba.
Tan desesperado estaba el Zar Boris que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle. ¡La mitad de sus castillos, sus caballos, sus joyas y sus tierras! El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al Zar. Algunos preparaban pociones burbujeantes, otros cantaban conjuros extraños, y otros más le daban a probar raíces amargas. Pero nada funcionaba.
Un día, cuando la esperanza casi se había desvanecido, llegó al palacio un humilde trovador. No traía pociones ni ungüentos, solo su laúd y una sonrisa amable. Al ver la tristeza en el rostro del Zar, el trovador dijo:
—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. No es una poción mágica, ni un conjuro secreto. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.
El Zar, aunque escéptico, no tenía nada que perder. Inmediatamente, partieron emisarios del Zar hacia todos los confines de la tierra. Buscaron en pueblos pequeños y ciudades grandes, en montañas altas y valles profundos. Pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil. Aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos. Siempre había algo que nublaba su felicidad.
Los emisarios regresaban al palacio con noticias desalentadoras. El Zar Boris, cada día más débil, comenzaba a perder la esperanza. Pensaba que quizás la felicidad era solo un cuento, una leyenda inventada.
Sin embargo, una tarde, los soldados del Zar pasaron junto a una pequeña choza de madera, escondida en un bosque de abedules. De la chimenea salía un hilo de humo, y se escuchaba una alegre melodía. Los soldados se acercaron y vieron a un hombre descansando sentado junto a la lumbre de la chimenea. El hombre sonreía mientras tallaba una pequeña figura de madera.
Uno de los soldados le preguntó: —Buen hombre, ¿cómo estás?
El hombre respondió con una sonrisa aún más grande: —¡Estoy maravillosamente! ¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir? Tengo un techo sobre mi cabeza, comida en mi mesa y el cariño de mis seres queridos. ¡Soy el hombre más afortunado del mundo!
Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del Zar, el Príncipe Dimitri, ordenó inmediatamente:
—¡Traed prestamente la camisa de ese hombre! ¡Ofrecedle a cambio lo que pida! ¡Oro, joyas, tierras! ¡Lo que sea necesario!
En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante. Se hornearon pasteles, se tocaron trompetas y se adornó el palacio con flores. Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante.
Mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías. El Príncipe Dimitri, furioso, exclamó:
—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!
—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz no tiene camisa. Era tan pobre y vivía tan sencillamente que no poseía ni siquiera una camisa.
Al oír esto, todos quedaron en silencio. El Zar Boris, desde su lecho de enfermo, sonrió débilmente. De repente, comprendió. La cura no estaba en una camisa mágica, sino en la forma de ver la vida. El hombre feliz no necesitaba posesiones materiales para ser feliz. Su felicidad venía de dentro, de apreciar las cosas simples y valiosas de la vida.
El Zar Boris, inspirado por la historia del hombre feliz, comenzó a apreciar las pequeñas cosas de su vida. La compañía de sus hijos, el canto de los pájaros en el jardín, el calor del sol en su rostro. Poco a poco, su salud comenzó a mejorar. Ya no necesitaba la camisa del hombre feliz. Había encontrado la felicidad dentro de sí mismo, y esa era la mejor medicina de todas.
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