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Gratis · elegí una vozLa lluvia golpeaba el techo de lámina del pequeño cuarto donde Miguel intentaba conciliar el sueño. A sus siete años, ya entendía demasiado sobre el dolor y la ausencia. Su madre trabajaba hasta tarde, y él pasaba la mayoría de sus días en la calle, viendo cómo otros niños jugaban con sus padres mientras él solo tenía recuerdos borrosos de un hombre que un día desapareció.
—Papá, ¿dónde te has ido? —susurró al aire, abrazando una vieja camiseta que aún conservaba su aroma. Era una camiseta azul desteñida, con un dibujo de un león sonriente que a Miguel le encantaba. Le recordaba a las historias que su papá le contaba sobre el rey de la selva, historias llenas de valentía y bondad.
Recordaba las noches en que su padre llegaba a casa con una sonrisa y lo cargaba en sus hombros, prometiéndole que nunca lo dejaría. Se sentía como el rey del mundo, sentado en lo alto, viendo las luces de la ciudad brillar como estrellas. Su papá siempre olía a taller y a tierra, un olor que Miguel asociaba con seguridad y amor. Pero un día, simplemente no volvió. Miguel había preguntado mil veces a su madre, pero ella solo desviaba la mirada con tristeza y cambiaba de tema.
Una tarde, mientras jugaba con una lata vacía en la calle, escuchó a dos vecinos hablar de su padre.
—Dicen que se fue lejos, que tiene otra familia.
El corazón de Miguel se encogió. La lata rodó lejos, olvidada. Sintió un nudo en la garganta que le impedía respirar. ¿Su papá tenía otra familia? ¿Lo había olvidado a él?
Corrió a casa y, con los ojos llenos de lágrimas, enfrentó a su madre.
—Mamá, ¿por qué me dejó? ¿Por qué no me quiere? —Su voz era un hilo, apenas audible.
Ella lo abrazó fuerte, con la voz quebrada.
—No es que no te quiera, hijo. A veces, los adultos toman decisiones egoístas sin pensar en el daño que causan. Pero escúchame bien: tú no tienes la culpa de nada. Eres un niño maravilloso, valiente y lleno de amor. Y yo siempre estaré aquí para ti.
Pero Miguel no podía entender. No podía dejar de preguntarse qué había hecho mal. ¿No había sido un buen hijo? ¿No había recogido sus juguetes lo suficientemente rápido? ¿No había comido todas sus verduras?
Esa noche, volvió a hablarle al viento:
—Papá, ¿dónde estás? ¿Por qué me dejaste? ¿Ya no me quieres?
Y aunque nunca obtuvo respuesta, con el tiempo aprendió que su valor no dependía de quien se fue, sino del amor de quienes se quedaron. Su madre, a pesar de trabajar incansablemente, siempre encontraba tiempo para leerle cuentos antes de dormir y para abrazarlo cuando estaba triste. Sus abuelos, que vivían cerca, lo llevaban al parque los fines de semana y le enseñaban a jugar al dominó.
Un día, mientras ordenaba sus juguetes, encontró una vieja caja de zapatos llena de recuerdos. Entre canicas y cromos, encontró una fotografía de su papá. Lo miró fijamente, tratando de recordar su voz, su risa, el tacto de sus manos. Sintió una punzada de tristeza, pero también una sensación de calma. Ya no sentía la misma rabia ni la misma confusión.
Decidió escribirle una carta a su papá, aunque no supiera dónde enviarla. Se sentó en su escritorio, tomó un lápiz y un papel, y comenzó a escribir:
"Querido Papá,
Soy Miguel. Te escribo para decirte que te recuerdo. Recuerdo cuando me cargabas en tus hombros y me contabas historias del león. Recuerdo tu olor a taller y a tierra. Sé que no estás aquí, pero quiero que sepas que estoy bien. Mi mamá me cuida mucho y mis abuelos también. Estoy aprendiendo a ser valiente, como el león de tus cuentos.
Espero que estés bien, donde quiera que estés.
Con amor,
Miguel"
Guardó la carta en la caja de zapatos, junto con la fotografía de su papá. Cerró la caja y la guardó debajo de su cama. Sintió que, de alguna manera, había logrado decirle a su papá todo lo que necesitaba decirle.
Esa noche, antes de dormir, abrazó su camiseta azul del león. Ya no sentía tanta tristeza. Sentía una mezcla de nostalgia y esperanza. Sabía que su papá tal vez nunca regresaría, pero también sabía que él era fuerte y que tenía mucho amor a su alrededor. Y eso era suficiente. La lluvia seguía golpeando el techo, pero esta vez, Miguel no sintió miedo. Sintió paz. Él era el rey de su propia historia, y estaba listo para escribir el siguiente capítulo.
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