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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo al borde de un bosque espeso y casi olvidado, una niña llamada Clara. La llamaban Caperucita Gris, no por una capa roja brillante como en los cuentos de hadas, sino por un abrigo de lana gastado y descolorido que le había tejido su abuela. Clara no era ingenua ni obediente como la Caperucita de los cuentos. Era curiosa, observadora y, a veces, un poco testaruda.
Su abuela, Doña Elena, vivía en una cabaña al otro lado del bosque. No era una anciana frágil y dulce. Era una botánica experta, conocedora de cada hierba, raíz y hongo que crecía en la región. Doña Elena preparaba ungüentos y pociones para los aldeanos, y aunque su conocimiento era valioso, también la hacía parecer extraña a los ojos de algunos.
Un día, Doña Elena enfermó. No era una enfermedad grave, pero la dejó débil y sin fuerzas. Clara, a regañadientes, aceptó llevarle un guiso de pollo y algunas hierbas medicinales. Su madre, una mujer práctica y desconfiada, le advirtió: "No te apartes del sendero, Clara. El bosque está lleno de gente rara y animales salvajes. Y no hables con extraños".
Clara asintió, pero en su interior, la curiosidad ya estaba despertando. El sendero era aburrido, predecible. El bosque, en cambio, era un laberinto de sombras y susurros. Así que, apenas se hubo alejado lo suficiente de su casa, Clara se desvió del camino.
No tardó en encontrar algo interesante. Un claro escondido, bañado por una luz dorada. En el centro, un árbol enorme, con raíces retorcidas que parecían abrazar la tierra. Y sentado bajo el árbol, un hombre. No era un leñador corpulento ni un cazador valiente. Era un hombre delgado, con el pelo largo y grasiento, y una mirada extraña en los ojos. Llevaba ropas raídas y sucias, y olía a tierra y a humedad.
"Hola," dijo Clara, con cautela. El hombre la miró, sin decir nada. "¿Estás perdido?"
El hombre sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Perdido es una forma de verlo," respondió con voz ronca. "Yo diría que estoy encontrando mi camino".
Clara sintió un escalofrío. El hombre la incomodaba, pero su curiosidad era más fuerte. "¿Qué haces aquí?", preguntó.
"Observo," dijo el hombre. "Observo el bosque. Aprendo sus secretos. Y a veces, ayudo a la gente a perderse".
Clara no entendió lo que quería decir, pero sintió que debía alejarse. "Tengo que irme," dijo. "Mi abuela está enferma".
"Tu abuela," repitió el hombre, con una sonrisa aún más inquietante. "Doña Elena, la botánica. Conozco bien a tu abuela".
Clara se sintió aún más incómoda. ¿Cómo la conocía? "Adiós," dijo, y se alejó rápidamente, sin mirar atrás.
Regresó al sendero, sintiéndose perturbada. El encuentro con el hombre la había inquietado. Llegó a la cabaña de su abuela y tocó a la puerta. Una voz débil la invitó a pasar.
En la cama, Doña Elena parecía aún más pálida y delgada de lo que recordaba. "Clara, cariño," dijo con voz cansada. "Qué bueno que llegaste".
Clara le entregó el guiso y las hierbas. Doña Elena comió un poco, pero no mucho. "Gracias, Clara," dijo. "Me siento un poco mejor".
Clara se quedó un rato con su abuela, contándole sobre su día. Pero no mencionó al hombre del bosque. Tenía la sensación de que Doña Elena ya lo sabía. De que algo oscuro se cernía sobre ellas.
Cuando Clara se despidió, Doña Elena la abrazó con fuerza. "Ten cuidado, Clara," le susurró al oído. "El bosque está cambiando. Y hay gente que quiere hacernos daño".
Clara regresó a casa sintiéndose más asustada que nunca. La oscuridad del bosque parecía más profunda, los susurros, más amenazantes. Llegó a su casa y se encerró en su habitación, sintiéndose insegura y vulnerable.
Esa noche, Clara no pudo dormir. Los recuerdos del hombre del bosque y las palabras de su abuela la atormentaban. Sabía que algo malo estaba a punto de suceder. Y sabía que ella, Caperucita Gris, no podría detenerlo.
El bosque, al final, las había atrapado. No hubo un rescate heroico, ni un final feliz. Solo la fría certeza de que la oscuridad siempre está al acecho, esperando el momento oportuno para reclamar sus víctimas. Clara entendió, esa noche, que algunos cuentos no tienen un final feliz. Solo un punto suspensivo, que deja la historia inconclusa, flotando en la penumbra del bosque olvidado.
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