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Gratis · elegí una vozSoy Margarita, una margarita blanca, como todas las demás al principio. Vivía en un jardín precioso, lleno de flores de todos los colores y tamaños. Había rosas rojas y pomposas, tulipanes elegantes, campanillas tímidas, y girasoles gigantes que siempre parecían estar mirando al sol.
Desde que era un pequeño brote, soñaba con ser la margarita más alta y hermosa del jardín. Quería que todos los insectos se posaran en mis pétalos y que los niños me eligieran para hacer coronas. Pero el camino no era fácil. Las rosas, con su belleza ya establecida, parecían tener una ventaja. Los tulipanes, con sus colores vibrantes, llamaban más la atención. Y los girasoles… bueno, ellos eran simplemente impresionantes.
Al principio, me comparaba constantemente con las otras flores. “¡Mira qué alto es ese girasol!”, pensaba. “¡Nunca seré tan alta!” O, “¡Qué rojos son esos pétalos de rosa! ¡Los míos son tan blancos y aburridos!” Esta comparación constante me hacía sentir pequeña y desanimada. A veces, incluso quería rendirme y dejar de crecer.
Un día, mientras me lamentaba por mi falta de altura, una pequeña abeja se posó en mi centro. “¿Qué te pasa, Margarita?”, preguntó la abeja, con su voz zumbante.
“Estoy triste”, le respondí. “Quiero ser la margarita más alta y hermosa del jardín, pero hay tantas flores más impresionantes que yo. Nunca lo lograré.”
La abeja sonrió (o al menos, eso parecía). “Margarita, cada flor tiene su propio ritmo. Las rosas florecen a su manera, los tulipanes a la suya, y tú a la tuya. No te compares con las demás. Concéntrate en crecer a tu propio ritmo y en ser la mejor versión de ti misma.”
Sus palabras me hicieron pensar. Tenía razón. ¿Por qué debía compararme con las demás flores? Cada una era especial a su manera. Las rosas eran hermosas, sí, pero yo tenía mi propia belleza, una belleza simple y pura. Los tulipanes eran vibrantes, pero yo tenía mi propia elegancia. Y los girasoles eran altos, pero yo tenía mi propia delicadeza.
A partir de ese día, cambié mi actitud. Dejé de compararme con las demás flores y empecé a concentrarme en mi propio crecimiento. Me aseguré de recibir suficiente sol y agua. Escuché los consejos del viento y aprendí a moverme con él. Me alimenté de la tierra fértil y crecí fuerte y sana.
Y, lentamente, empecé a crecer. No me convertí en la margarita más alta del jardín, ni tampoco en la más llamativa. Pero me convertí en una margarita hermosa y fuerte, orgullosa de ser quien era. Los insectos se posaban en mis pétalos, atraídos por mi aroma dulce y delicado. Los niños me admiraban por mi simplicidad y pureza.
Un día, una niña pequeña se acercó a mí y me dijo: “Eres la margarita más hermosa que he visto.” Sus palabras me llenaron de alegría. No necesitaba ser la más alta, ni la más llamativa. Solo necesitaba ser yo misma.
Aprendí que la verdadera belleza no reside en la comparación, sino en la aceptación de uno mismo. Cada una de nosotras, las flores, avanzamos hacia nuestras metas a nuestro propio ritmo, y eso es lo que nos hace especiales. La moraleja es que cada una avanza hacia sus metas, a su propio ritmo y manera. Y lo más importante es disfrutar del viaje.
Un día, llegó una tormenta fuerte. El viento soplaba con fuerza y la lluvia caía a cántaros. Muchas flores se inclinaron y algunas incluso se rompieron. Tenía miedo, pero recordé las palabras de la abeja y me aferré a la tierra con todas mis fuerzas. Cerré mis pétalos y esperé a que pasara la tormenta.
Cuando salió el sol de nuevo, el jardín estaba desolado. Muchas flores habían sufrido daños. Pero yo seguía en pie, aunque un poco magullada. Había aprendido a ser fuerte y a resistir las adversidades.
Vi que muchas de las flores más altas se habían roto por el viento, mientras que las más pequeñas y flexibles se habían doblado pero no se habían roto. Comprendí que la flexibilidad es tan importante como la fuerza. Hay momentos en que es necesario doblarse para no romperse.
Desde ese día, enseñé a las otras margaritas jóvenes la importancia de la perseverancia, la aceptación y la flexibilidad. Les conté mi historia y les animé a seguir sus propios sueños, sin compararse con las demás.
Y así, el jardín se convirtió en un lugar aún más hermoso, lleno de flores felices y orgullosas de ser quienes eran, cada una avanzando hacia sus metas a su propio ritmo. Y yo, Margarita, la margarita blanca, seguí floreciendo, feliz de ser parte de esta maravillosa comunidad floral.
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