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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle soleado rodeado de montañas de algodón de azúcar, una casa muy especial. Esta casa no era como las demás; ¡podía cantar! Sus ventanas silbaban melodías alegres, sus puertas susurraban secretos divertidos y su chimenea, cuando el viento soplaba, tarareaba canciones de cuna. Dentro de esta casa cantarina vivían los Murbles, unas criaturas pequeñas y peludas, de colores brillantes como el arcoíris. Cada Murble tenía su trabajo especial en la casa.
Estaba Lila, la Murble morada, que se encargaba del salón. El salón era el corazón de la casa, donde los Murbles se reunían para jugar y contar historias. Lila se aseguraba de que los cojines estuvieran esponjosos, los juguetes organizados y la alfombra siempre limpia y suave. Le encantaba sentarse en el sillón, un gran sillón verde esmeralda, y leer cuentos a los demás Murbles.
Luego estaba Verde, el Murble verde, que amaba la cocina. La cocina era un lugar mágico lleno de olores deliciosos. Verde se dedicaba a preparar las comidas más sabrosas para todos. Hacía pastelitos de fresa en el horno, una enorme estufa de color naranja, y sopa de zanahoria en una olla grande y brillante. La cocina siempre estaba llena de risas y del tintineo de los utensilios. Su lugar favorito era la mesa de la cocina, redonda y de madera clara, donde todos se sentaban a comer juntos.
Rojo, el Murble rojo, era el responsable del dormitorio. El dormitorio era un lugar tranquilo y acogedor, perfecto para descansar. Rojo se aseguraba de que las camas estuvieran bien hechas, las sábanas suaves y las almohadas mullidas. Le gustaba colgar móviles de estrellas y lunas sobre las cunas de los Murbles más pequeños. Su rincón preferido era la mecedora, donde contaba historias antes de dormir.
Azul, la Murble azul, era la encargada del baño. El baño era un lugar limpio y reluciente, lleno de burbujas y risas. Azul se aseguraba de que las toallas estuvieran suaves y calientes, y que la bañera siempre estuviera lista para un baño relajante. Le encantaba jugar con los patitos de goma y hacer pompas de jabón. Su objeto predilecto era el espejo, donde se veía a sí misma haciendo caras graciosas.
Y Amarillo, el Murble amarillo, cuidaba del jardín. El jardín era un lugar lleno de flores, árboles y mariposas. Amarillo se encargaba de regar las plantas, podar los arbustos y cosechar las frutas y verduras. Le gustaba sentarse bajo el gran manzano y observar a los pájaros cantar. Su herramienta favorita era su pequeña pala amarilla.
Un día, algo terrible sucedió. Los Murbles estaban jugando al escondite y, sin darse cuenta, se perdieron. Lila se perdió en el salón, detrás del gran sillón verde. Verde se extravió en la cocina, dentro de la gran olla naranja. Rojo se desorientó en el dormitorio, debajo de la mecedora. Azul se extravió en el baño, detrás del espejo. Y Amarillo se perdió en el jardín, debajo del manzano.
La Casa Cantarina, al darse cuenta de que sus queridos Murbles estaban perdidos, empezó a cantar con más fuerza que nunca. Sus ventanas silbaban melodías de búsqueda, sus puertas susurraban pistas y su chimenea tarareaba canciones de ánimo.
Lila, al escuchar la canción de la casa, salió de detrás del sillón y siguió el sonido hasta encontrar a Verde en la cocina. Juntos, buscaron a Rojo en el dormitorio. Rojo, al oír sus voces, salió de debajo de la mecedora y se unió a la búsqueda. Los tres encontraron a Azul en el baño, quien a su vez les guio hasta el jardín. Allí, debajo del manzano, encontraron a Amarillo.
Los Murbles, muy felices de estar juntos de nuevo, se abrazaron fuertemente. Aprendieron que incluso en la casa más grande y cantarina, es importante estar siempre atentos y cuidarse unos a otros. La Casa Cantarina, al verlos reunidos, cantó una canción de alegría, y desde ese día, los Murbles siempre jugaron juntos, explorando cada rincón de su hogar, asegurándose de que nadie se perdiera jamás. Y así, la Casa Cantarina y los Murbles vivieron felices para siempre, llenando el valle de alegría y canciones.
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