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Había una vez, en un bosque verde y lleno de flores, tres cerditos que eran hermanos: Pipo, Pepe y Pablo. Los tres sabían que el lobo feroz rondaba por la zona, así que decidieron que era hora de construir sus propias casas para protegerse.
Pipo, el cerdito más joven y un poco vago, pensó: "¡Cuanto más rápido termine, mejor!" Así que eligió paja, porque era fácil de encontrar y muy rápida de apilar. En un abrir y cerrar de ojos, su casita de paja estaba lista. Pipo suspiró aliviado, se echó una siesta y soñó con pastelitos de fresa.
Pepe, el cerdito mediano, era un poco más trabajador que Pipo, pero tampoco quería esforzarse demasiado. "La madera es más fuerte que la paja", pensó, "pero tampoco me voy a matar trabajando". Así que construyó una casita de madera, que era más resistente que la de Pipo, pero no demasiado. Después de un día de trabajo, Pepe estaba satisfecho y se fue a jugar a las canicas.
Pablo, el cerdito mayor, era muy trabajador y cuidadoso. Sabía que el lobo era muy astuto y fuerte, así que decidió construir una casa muy resistente. "Ladrillos", pensó Pablo, "¡una casa de ladrillos será la mejor protección!" Trabajó duro durante muchos días, mezclando cemento, apilando ladrillos y asegurándose de que todo estuviera perfecto. Tardó mucho más que sus hermanos, pero su casa era fuerte, sólida y muy segura.
Un día soleado, mientras los tres cerditos jugaban despreocupados, el lobo feroz apareció en el bosque. Tenía el estómago vacío y una mirada hambrienta en sus ojos. Olfateó el aire y, ¡ajá!, olió el delicioso aroma a cerdito.
Primero fue a la casa de Pipo, el cerdito de la casa de paja. Con una voz ronca y amenazante, el lobo gritó:
—¡Cerdito, cerdito, ábreme la puerta!
Pipo, temblando de miedo, respondió:
—¡No, no te abriré la puerta!
Entonces el lobo, con una sonrisa malvada, dijo:
—¡Pues soplaré, y soplaré, y tu casa derribaré!
Y sopló. Sopló con todas sus fuerzas, con un viento tan fuerte que parecía un huracán. La casita de paja de Pipo se desmoronó en un instante. Pipo, aterrorizado, corrió tan rápido como pudo hacia la casa de su hermano Pepe.
El lobo, con la lengua afuera y los ojos brillantes de anticipación, siguió a Pipo hasta la casa de madera. Allí, con la misma voz amenazante, gritó:
—¡Cerditos, cerditos, ábranme la puerta!
Pepe y Pipo, asustados, respondieron al unísono:
—¡No, no te abriremos la puerta!
El lobo, impaciente, repitió su amenaza:
—¡Pues soplaré, y soplaré, y su casa derribaré!
Y sopló. Sopló con más fuerza que antes. La casa de madera resistió un poco más que la de paja, pero al final, con un fuerte crujido, también se vino abajo. Pepe y Pipo, muertos de miedo, corrieron a toda velocidad hacia la casa de ladrillos de su hermano Pablo.
El lobo, cada vez más hambriento y enfadado, llegó a la casa de ladrillos. Con la voz llena de rabia, gritó:
—¡Cerditos, cerditos, ábranme la puerta!
Pablo, con voz firme y segura, respondió:
—¡No, lobo, no te abriremos la puerta! ¡Esta casa es fuerte y segura, y no podrás derribarla!
El lobo, furioso, sopló y sopló. Sopló con toda la fuerza que le quedaba, pero la casa de ladrillos no se movió ni un poco. Sopló una y otra vez, hasta que se quedó sin aliento, pero la casa permaneció intacta. El lobo estaba frustrado y exhausto.
Después de mucho pensar, el lobo tuvo una idea. "¡Entraré por la chimenea!", pensó. Subió al tejado y se preparó para bajar por la chimenea.
Pero Pablo, que era muy astuto, había estado observando al lobo. Sabía que el lobo intentaría entrar por la chimenea, así que había preparado una trampa. Había puesto una olla grande llena de agua hirviendo justo debajo de la chimenea.
El lobo, sin darse cuenta del peligro, se deslizó por la chimenea. ¡Plaf! Cayó directamente dentro del agua hirviendo. El lobo gritó de dolor y salió corriendo de la casa, con el trasero rojo y quemado. ¡Nunca más volvió a molestar a los tres cerditos!
Los tres cerditos aprendieron una valiosa lección. Pipo y Pepe aprendieron que el trabajo y el esfuerzo siempre valen la pena, y que es mejor construir algo fuerte y seguro, aunque lleve más tiempo. Pablo se sintió feliz de haber ayudado a sus hermanos. Desde ese día, los tres cerditos vivieron felices y seguros en la fuerte casa de ladrillos, cantando y bailando sin preocuparse del lobo feroz. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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