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Gratis · elegí una vozLa casa era un remolino de silencio. Normalmente, las risas de Sofía llenaban cada rincón, como el sol que se colaba por las ventanas. Pero hoy, el sol parecía triste y las ventanas, boquiabiertas de sorpresa ante la ausencia de su alegría. Sofía se había ido de viaje con sus abuelos, dejando tras de sí un vacío que se podía tocar.
Firulais, el perro golden retriever, suspiraba con dramatismo frente a la puerta, con la cola caída y las orejas gachas. Solía recibir a Sofía con saltos y ladridos alegres, pero ahora solo emitía un quejido suave, casi imperceptible. Se acercó a su juguete favorito, una pelota roja descolorida, pero la empujó con el hocico, sin ganas de jugar. La pelota rodó hasta los pies de Bigotes, el gato siamés, que observaba la escena desde el sofá con sus penetrantes ojos azules.
Bigotes, generalmente indiferente al mundo, se había vuelto más taciturno que de costumbre. Normalmente, ignoraba a Firulais con una elegancia felina, pero ahora, se acercó lentamente al perro y rozó su cabeza contra su pata. Era una muestra de afecto inusual, una señal de que incluso el gato más estoico sentía la falta de Sofía.
Yo, sentado en el sillón, me sentía igual que ellos. La casa parecía inmensa y vacía sin la presencia chispeante de Sofía. Recordaba cómo me pedía que le leyera cuentos antes de dormir, cómo me abrazaba con fuerza al verme llegar del trabajo, cómo sus pequeños dedos pintaban obras maestras abstractas en mis camisas. Ahora, solo quedaba el eco de esas risas y la sombra de esos abrazos.
Firulais se acurrucó a mis pies, apoyando su cabeza en mi pierna. Bigotes saltó al sillón y se acurrucó a mi lado, ronroneando suavemente. Era un consuelo mutuo, un pacto silencioso de tres corazones que extrañaban el mismo amor. Intenté leer un libro, pero las palabras se convertían en borrones. Cerré los ojos y recordé la última vez que Sofía me había dicho "¡Te quiero, papá!" La frase resonó en mi mente como una melodía triste.
Decidí que no podíamos seguir así. Necesitábamos hacer algo para llenar el vacío. "¿Qué les parece si hacemos algo que le guste a Sofía?" pregunté en voz alta. Firulais levantó la cabeza y movió la cola levemente. Bigotes parpadeó lentamente, como si estuviera pensando en la propuesta.
"Podríamos preparar su plato favorito: ¡macarrones con queso!" dije. Firulais ladró suavemente, como si estuviera de acuerdo. Bigotes saltó del sillón y me siguió a la cocina. Aunque él prefería el pescado, sabía que a Sofía le encantaban los macarrones con queso.
Preparamos la cena juntos. Firulais observaba atentamente cada movimiento, mientras Bigotes intentaba robar un poco de queso rallado. La cocina, que antes era un lugar triste y silencioso, se llenó de un aroma reconfortante y un espíritu de colaboración.
Después de la cena, decidimos construir un fuerte en el salón. Usamos mantas, almohadas y sillas para crear un refugio acogedor. Firulais se acurrucó dentro del fuerte, mientras Bigotes vigilaba desde la entrada. Encendimos una linterna y nos contamos historias. No eran las mismas historias que le contaba a Sofía, pero eran historias llenas de cariño y recuerdos.
Mientras contábamos las historias, encontramos una foto de Sofía. Estaba sonriendo, con los ojos brillantes de alegría. La abracé con fuerza y sentí una lágrima rodar por mi mejilla. Firulais lamió mi mano, como para consolarme. Bigotes ronroneó suavemente, rozando su cabeza contra mi brazo.
Esa noche, dormimos juntos en el fuerte. Firulais a mis pies, Bigotes acurrucado a mi lado. No era lo mismo que tener a Sofía con nosotros, pero era suficiente. Era un recordatorio de que, incluso en su ausencia, el amor seguía presente.
Al día siguiente, decidimos hacer un dibujo gigante para Sofía. Usamos papel de envolver, crayones y marcadores para crear una obra de arte llena de colores y mensajes de cariño. Firulais dejó su huella en el papel con pintura no tóxica, y Bigotes contribuyó con un elegante bigote dibujado con un marcador negro.
Cuando Sofía regresó a casa, saltó de alegría al ver el dibujo y el fuerte. Nos abrazó a cada uno con fuerza, llenando la casa de nuevo con su risa. "¡Los extrañé mucho!" exclamó.
Esa noche, mientras leía a Sofía su cuento favorito, me di cuenta de que el amor no necesita palabras. A veces, un abrazo, un ronroneo o un ladrido suave son suficientes para llenar un vacío y recordarnos que no estamos solos. La casa ya no estaba silenciosa, y nuestros corazones, aunque todavía sentían la nostalgia, estaban llenos de un amor que trascendía la distancia y la ausencia.
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