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Gratis · elegí una vozEn un pequeño huerto, rodeado de manzanos y perales, vivía Don Ciruelo, un árbol de cerezas muy anciano. Sus ramas, aunque retorcidas por el tiempo, aún daban las cerezas más dulces y jugosas de todo el valle. Cada año, los niños del pueblo esperaban con ansias la llegada del verano, la época en que las cerezas de Don Ciruelo maduraban, transformando el árbol en una joya roja brillante.
Un día, mientras Don Ciruelo sentía el calor del sol acariciando sus hojas, una pequeña cereza, la más roja y brillante de todas, se desprendió de su rama. No cayó al suelo como las demás, sino que, impulsada por una suave brisa, voló por encima del huerto, cruzó el río y se adentró en el bosque.
La cereza, llamada Chispa por su color brillante, estaba asustada. Nunca había estado lejos de Don Ciruelo. El bosque era oscuro y lleno de ruidos extraños. De repente, escuchó un llanto suave. Siguió el sonido hasta encontrar a un pequeño conejo, atrapado en una zarza.
"¡Ayúdame!", gimió el conejito, con lágrimas en los ojos. "Me he enredado y no puedo salir."
Chispa, aunque pequeña, sintió mucha pena por el conejo. "No te preocupes", dijo Chispa. "Intentaré ayudarte".
La cereza rodó hasta la zarza y, con todas sus fuerzas, comenzó a empujar una de las espinas que atrapaba al conejo. Era una tarea difícil, pero Chispa no se rindió. Después de un rato, la espina cedió y el conejito pudo liberarse.
"¡Gracias!", exclamó el conejo, saltando de alegría. "Me has salvado. ¿Cómo puedo agradecerte?"
"No necesito nada", respondió Chispa. "Solo quería ayudarte".
El conejo, agradecido, le ofreció a Chispa una hoja de trébol fresca y jugosa. "Toma esto", dijo. "Te dará energía para seguir tu camino".
Chispa aceptó la hoja de trébol y continuó su aventura por el bosque. Pronto se encontró con un grupo de ardillas que discutían. No se ponían de acuerdo sobre cómo repartir unas nueces que habían encontrado.
"¡Esto no es justo!", gritaba una ardilla. "Yo encontré más nueces que tú".
"¡Pero yo las he recogido!", respondía otra.
Chispa rodó hasta el centro del grupo y les propuso una solución. "Podéis contar todas las nueces y dividirlas en partes iguales", dijo. "Así nadie se sentirá engañado".
Las ardillas siguieron el consejo de Chispa y, después de contar las nueces, las repartieron equitativamente. La paz volvió al grupo y las ardillas, agradecidas, le regalaron a Chispa una nuez brillante.
"Gracias", dijo Chispa. "Pero no necesito la nuez. Prefiero que la disfrutéis vosotros".
Chispa siguió su camino, sintiéndose feliz por haber ayudado a los animales del bosque. De repente, el cielo se oscureció y comenzó a llover. Chispa buscó refugio debajo de una gran seta, donde encontró a una mariquita triste y mojada.
"¿Qué te pasa?", preguntó Chispa.
"He perdido mis puntos", respondió la mariquita, llorando. "Sin mis puntos, no soy una mariquita de verdad".
Chispa miró con atención a la mariquita. Sus puntos estaban pegados a sus alas por la lluvia. Con cuidado, Chispa comenzó a separar los puntos de las alas de la mariquita. Era un trabajo delicado, pero Chispa lo hizo con paciencia.
Después de un rato, todos los puntos estaban de nuevo en su lugar. La mariquita, feliz, voló alrededor de Chispa, agradeciéndole su ayuda.
"¡Eres la cereza más amable que he conocido!", exclamó la mariquita. "Como agradecimiento, te llevaré de vuelta a Don Ciruelo".
La mariquita, con Chispa a cuestas, voló por encima del bosque, cruzó el río y regresó al huerto. Chispa vio a Don Ciruelo, rodeado de niños que buscaban cerezas caídas. Sintió una gran alegría al volver a casa.
La mariquita depositó a Chispa suavemente en una de las ramas de Don Ciruelo. El viejo árbol sintió la presencia de Chispa y sonrió. "Bienvenida de nuevo, pequeña aventurera", susurró Don Ciruelo.
Chispa se sentía feliz y orgullosa. Había ayudado a muchos animales y había aprendido que incluso la cereza más pequeña puede hacer grandes cosas. Desde ese día, Chispa se convirtió en la cereza más querida de Don Ciruelo, y todos los años, los niños del pueblo buscaban a la cereza mágica que había volado por el bosque, sabiendo que traía buena suerte y alegría a quien la encontrara.
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