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Gratis · elegí una vozEn un rincón muy especial del universo, donde las estrellas brillan con colores de algodón de azúcar, existía una estación espacial única llamada El Hospital de la Amistad. Allí, dos heroínas poco comunes trabajaban codo con codo: Barbi, una experta piloto y exploradora de mundos, y la Doctora Juguetes, la médica más famosa de la galaxia, capaz de curar desde un peluche descosido hasta el motor de una nave espacial. Aquel día, el sol de neón iluminaba los pasillos cuando una alarma estridente comenzó a sonar. Barbi, luciendo su traje espacial plateado, corrió hacia la sala de mando donde la Doctora Juguetes revisaba un monitor gigante.
—¡Doctora, algo enorme se acerca! —exclamó Barbi, ajustándose su casco brillante—. Los radares indican que son dos presencias masivas. ¡Son Galactus y Thanos!
La Doctora Juguetes, con su estetoscopio mágico al cuello, frunció el ceño. Sabía que estos dos gigantes no solían traer buenas noticias. Galactus era conocido por querer comerse planetas enteros como si fueran galletas, y Thanos siempre estaba buscando piedras brillantes para su guantelete dorado. Sin embargo, algo era diferente esta vez. A través del telescopio, Barbi notó que ambos gigantes caminaban con dificultad y tenían expresiones de gran tristeza.
—No parecen venir a pelear —observó la Doctora—. Mira, Galactus se sujeta el estómago y Thanos tiene el rostro verde, y no del verde saludable de un brócoli.
De repente, una risa estridente y maníaca resonó por los altavoces de la estación. ¡Ja, ja, ja! En la pantalla apareció la cara pálida y la sonrisa exagerada del Joker. Estaba flotando en una pequeña nave con forma de caja de sorpresas.
—¡Hola, queridas! —gritó el Joker, agitando un frasco de burbujas brillantes—. Les he dado a estos grandulones un Caramelo de la Risa Eterna. Pero me pasé de la raya y ahora tienen un hipo cósmico que podría destruir la Vía Láctea cada vez que saltan. ¡Es divertidísimo!
Barbi y la Doctora Juguetes se miraron con determinación. Sabían que el Joker solo quería causar caos, pero si Galactus y Thanos seguían con ese hipo, sus vibraciones desmoronarían los planetas cercanos.
—Tenemos que ayudarlos —dijo la Doctora Juguetes con firmeza—. Barbi, prepara la Gran Ambulancia Espacial. ¡Tenemos una emergencia de tamaño galáctico!
Barbi piloteó la nave con una destreza increíble, esquivando asteroides de colores hasta llegar a la altura de las orejas de Galactus. El gigante era tan grande que su nariz parecía una montaña nevada. Thanos estaba sentado en un asteroide cercano, tratando de aguantar la respiración, lo que hacía que sus mejillas moradas se hincharan como globos a punto de explotar.
—¡Hola, señores gigantes! —gritó la Doctora Juguetes a través del megáfono—. ¡Soy la Doctora Juguetes y he venido a hacerles un chequeo!
Galactus soltó un ¡HIP! tan fuerte que la nave de Barbi dio tres vueltas en el aire.
—Me duele... la panza... —retumbó la voz de Galactus, haciendo temblar las estrellas.
—¡Es ese payaso! —gruñó Thanos, tratando de no soltar otro hipo—. Nos engañó con dulces de colores.
Barbi utilizó el brazo mecánico de la nave para acercar a la Doctora Juguetes al pecho de Thanos. Con su estetoscopio mágico, la doctora escuchó un sonido extraño: ¡era música de circo sonando dentro de sus estómagos! El Joker no solo les había dado caramelos, sino que había introducido pequeños robots bailarines que les hacían cosquillas por dentro.
—Necesitamos una dosis masiva de Jarabe de la Calma y un distractor para el Joker —ordenó la Doctora.
Barbi sonrió. Ella siempre tenía un plan. Mientras la Doctora preparaba una nube de medicina relajante usando la tecnología de la estación, Barbi salió de la nave usando sus botas propulsoras. Se dirigió hacia la nave del Joker, quien estaba ocupado lanzando pasteles de crema a las lunas de Júpiter.
—¡Oye, Joker! —llamó Barbi—. ¡Apuesto a que no puedes atraparme en una carrera a través de los anillos de Saturno!
El Joker, que amaba los desafíos y el juego, no pudo resistirse.
—¿Una carrera? ¡Acepto! ¡Mi nave de resortes es la más rápida del condado estelar! —gritó el villano, olvidándose de los gigantes y persiguiendo a Barbi a toda velocidad.
Con el Joker distraído, la Doctora Juguetes activó los aspersores de la Gran Ambulancia. Una lluvia de purpurina medicinal y esencia de manzanilla envolvió a Galactus y a Thanos. Los gigantes inhalaron el aroma dulce y, poco a poco, los robots bailarines en su interior se quedaron dormidos. El hipo cesó.
Galactus suspiró aliviado, soltando una brisa que refrescó a todo el sistema solar. Thanos, sintiéndose mucho mejor, miró su guantelete y, por primera vez, pensó que quizás no necesitaba todas las gemas para ser feliz; solo necesitaba no tener dolor de estómago.
Mientras tanto, Barbi lideró al Joker hacia una nebulosa pegajosa. El Joker, riendo sin parar, no se dio cuenta de que estaba entrando en una zona de Nube de Caramelo Masticable. Su nave se quedó atrapada como una mosca en la miel.
—¡Oh, rayos! ¡Esto es una broma muy pegajosa incluso para mí! —protestó el Joker, aunque seguía sonriendo.
Barbi regresó triunfante con la Doctora Juguetes. Los dos gigantes, ahora tranquilos, agradecieron a las heroínas. Galactus prometió que, en lugar de comer planetas, intentaría alimentarse solo de cometas de hielo vacío, que eran mucho menos pesados. Thanos, en agradecimiento, usó un poco de su energía para reparar los juguetes rotos que la Doctora tenía en su clínica.
—Misión cumplida —dijo Barbi, chocando los cinco con la Doctora Juguetes.
—Recuerden —concluyó la Doctora mirando a la cámara espacial—, no importa qué tan grande seas, siempre debes cuidar lo que comes y, sobre todo, ¡nunca aceptes caramelos de un payaso espacial!
Aquella noche, el universo durmió en paz. Barbi y la Doctora Juguetes regresaron a su estación, listas para la próxima aventura, sabiendo que con valentía, medicina y un poco de astucia, no hay problema, por gigante que sea, que no tenga solución.
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