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Gratis · elegí una vozEn el Colegio Arcoíris, había una clase, el 3er grado, que era un verdadero desafío. Los niños, aunque buenos en el fondo, a veces se olvidaban de respetar las normas. Hablaban en clase, corrían por los pasillos y, a veces, incluso se peleaban por los juguetes. Su maestra, la Señorita Dulce, era un encanto. Paciente y comprensiva, siempre intentaba enseñarles con cariño y juegos. Les recordaba la importancia de compartir, de escuchar y de ser amables entre ellos. Pero, a pesar de sus esfuerzos, a veces parecía que sus palabras entraban por un oído y salían por el otro.
Un lunes por la mañana, la Señorita Dulce no llegó. Los niños se miraron entre sí, extrañados. La directora, Doña Carmen, entró en la clase con una sonrisa nerviosa. “Buenos días, niños,” dijo. “La Señorita Dulce está un poco indispuesta hoy. En su lugar, tendrán a una nueva maestra, la Señorita Grimilda.”
La puerta se abrió con un chirrido y una figura imponente entró en la clase. Era una mujer alta, con el pelo recogido en un moño apretado y gafas que le daban un aspecto severo. Su nombre era, efectivamente, la Señorita Grimilda. “¡Silencio!”, gritó con una voz que hizo temblar las ventanas. Los niños se quedaron petrificados. La Señorita Grimilda recorrió la clase con la mirada, como si estuviera inspeccionando un ejército. “Aquí se obedecen mis reglas,” declaró. “Nada de charlas, nada de risas y nada de juegos. ¡Entendido!”
La clase se convirtió en un lugar silencioso y sombrío. La Señorita Grimilda era implacable. Si alguien hablaba, le castigaba escribiendo cien veces “Debo respetar las normas”. Si alguien se reía, le mandaba estar de pie en una esquina durante toda la clase. Incluso las preguntas estaban prohibidas, a menos que fueran estrictamente sobre la lección. Los niños echaban de menos a la Señorita Dulce. Recordaban sus cuentos divertidos, sus canciones alegres y sus abrazos reconfortantes. La Señorita Grimilda, en cambio, solo les daba deberes y regañinas.
Un día, Juan, el niño más travieso de la clase, no pudo más. Levantó la mano tímidamente. La Señorita Grimilda le miró con furia. “¿Qué quieres, niño?”, preguntó con voz amenazante. “Se-Señorita Grimilda,” tartamudeó Juan, “¿Cuándo va a volver la Señorita Dulce?” La Señorita Grimilda sonrió con malicia. “La Señorita Dulce…”, dijo lentamente. “Ella no volverá. ¡Ahora, a copiar quinientas veces ‘Nunca debo preguntar’!”
Los niños se sintieron desesperados. Estaban atrapados en una pesadilla. Pero María, una niña muy inteligente y observadora, notó algo extraño. Cada vez que la Señorita Grimilda se enfadaba mucho, su nariz se ponía ligeramente verde. Y cuando daba una orden muy estricta, le salía una pequeña verruga en la barbilla. María compartió su descubrimiento con sus compañeros. Al principio, no le creyeron, pero luego, observando con atención, se dieron cuenta de que tenía razón. ¡La Señorita Grimilda era una bruja!
Juntos, decidieron que tenían que hacer algo. Pensaron y pensaron hasta que a Sofía, la más creativa de la clase, se le ocurrió una idea. “Si la Señorita Grimilda es una bruja,” dijo, “seguro que tiene una debilidad. ¡Tenemos que descubrir cuál es!” Empezaron a investigar. Observaron cada uno de sus movimientos, escucharon cada una de sus palabras. Descubrieron que la Señorita Grimilda odiaba las flores, le tenía pánico a los gatos y era alérgica al chocolate. ¡Bingo! Tenían tres posibles armas.
Al día siguiente, los niños pusieron su plan en marcha. Juan llevó un ramo de flores (que en realidad eran de plástico, para no hacerle daño a nadie) y lo colocó en el escritorio de la Señorita Grimilda. La bruja estornudó violentamente y su nariz se puso aún más verde. Luego, Pedro, con la ayuda de su madre, metió a escondidas un gatito de peluche en la clase. La Señorita Grimilda gritó y se escondió detrás de la pizarra. Su verruga en la barbilla creció hasta ser del tamaño de una aceituna.
Finalmente, Ana, la más dulce de la clase, le ofreció a la Señorita Grimilda una caja de bombones de chocolate (sin chocolate de verdad, eran de caramelo). La bruja, a pesar de su terror a los gatos y su alergia al chocolate, no pudo resistirse. Abrió la caja y se comió un bombón. ¡Inmediatamente, empezó a toser y su cara se puso roja! De repente, la Señorita Grimilda se encogió, su pelo se deshizo y sus gafas cayeron al suelo. En su lugar, apareció… ¡la Señorita Dulce! Estaba confusa y un poco mareada.
“¿Qué ha pasado?”, preguntó la Señorita Dulce, mirando a su alrededor. Los niños corrieron a abrazarla, explicándole todo lo que había sucedido. Resulta que una bruja malvada había lanzado un hechizo sobre la Señorita Dulce, transformándola en la Señorita Grimilda. Pero el amor y la inteligencia de los niños habían roto el hechizo. A partir de ese día, la clase del 3er grado aprendió una valiosa lección: que la bondad, la amistad y el respeto son más poderosos que cualquier magia. Y, por supuesto, ¡nunca más se olvidaron de respetar las normas!
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