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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón mágico del mundo donde las nubes parecían de algodón de azúcar y los árboles tenían troncos de color café brillante, una pequeña escuela muy especial. No era una escuela hecha de ladrillos y cemento, sino de la plastilina más colorida y moldeable que pudieras imaginar. En esta escuela, el director y único maestro era el Profe Patas, un perro labrador de color canela, con unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y un pequeño delantal lleno de manchas de colores.
El Profe Patas tenía una misión muy importante. Ese lunes por la mañana, dos nuevos alumnos llegarían a su clase: Misi, una gatita de rayas naranjas muy elegante pero algo gruñona, y Bigotes, un ratoncito gris muy veloz con unas orejas tan grandes que parecían pantallas de radar. El problema, como todos sabemos, es que históricamente los gatos y los ratones no suelen ser los mejores compañeros de juegos. Pero el Profe Patas, con su cola siempre moviéndose de alegría, tenía un plan secreto.
Cuando Misi entró al salón, soltó un bufido al ver a Bigotes. El ratoncito, por su parte, se escondió inmediatamente detrás de un bote de pintura roja.
—¡Buenos días, clase! —exclamó el Profe Patas con una voz cálida y profunda—. Hoy no vamos a estudiar matemáticas ni geografía. Hoy vamos a aprender la lección más importante de todas: la Construcción de la Amistad.
Misi se cruzó de brazos. —Yo no quiero construir nada con un ratón. ¡Seguro que se come mis materiales!
Bigotes asomó un ojo y chilló bajito: —¡Y ella seguro que intenta atraparme con sus garras de plastilina!
El Profe Patas no se inmutó. Caminó hacia el centro del salón y puso sobre la mesa un enorme bloque de plastilina azul, verde y amarilla.
—Para nuestra primera actividad —dijo el Profe—, deben construir juntos el Castillo de los Sueños. Pero hay una regla: Misi solo puede usar sus patas delanteras para moldear la base, y Bigotes solo puede usar su cola para darle forma a las torres. Si no trabajan juntos, el castillo se derrumbará.
Al principio, fue un desastre. Misi intentaba aplastar la plastilina con fuerza, mientras Bigotes corría alrededor tratando de levantar una torre que siempre terminaba torcida. Se gritaban y se daban la espalda. El Profe Patas observaba en silencio, moviendo su cabeza de lado a lado con una sonrisa paciente.
—¿Saben por qué no funciona? —preguntó el Profe Patas tras un rato—. Porque están mirando lo que el otro hace mal, en lugar de mirar lo que pueden crear juntos. Misi, tú tienes la fuerza para sostener la estructura. Bigotes, tú tienes la agilidad para llegar a los rincones más altos.
Misi miró sus patas y luego miró al pequeño Bigotes. Suspiró profundamente, haciendo que sus bigotes vibraran. —Está bien, Bigotes. Yo sostendré este bloque azul. Tú sube y dale forma de pico.
Lentamente, el milagro comenzó a ocurrir. El odio se transformó en concentración y la desconfianza en risas. Bigotes descubrió que Misi no era una cazadora temible, sino una excelente arquitecta. Misi descubrió que Bigotes era increíblemente divertido cuando contaba chistes mientras moldeaba las ventanas del castillo.
Al terminar la mañana, frente a ellos se alzaba un castillo de plastilina impresionante, con puentes levadizos y banderas de colores.
—¡Lo hicimos! —gritó Bigotes, saltando de alegría.
—No quedó nada mal —añadió Misi, tratando de ocultar una sonrisa de orgullo, aunque su cola la delataba moviéndose de lado a lado.
El Profe Patas les entregó entonces una pelota de trapo. —Ahora, la prueba final. Deben jugar un partido de 'Pata-Balón'. Pero solo ganarán si logran darse diez pases seguidos sin que la pelota toque el suelo.
Corrieron al patio, que estaba rodeado de flores de plastilina que olían a vainilla. Misi corría tras la pelota y se la pasaba con suavidad a Bigotes, quien la recibía con una pirueta y se la devolvía con un cabezazo preciso. Uno, dos, tres... la cuenta subía. Al llegar al diez, ambos se fundieron en un abrazo espontáneo. Se dieron cuenta de que jugar acompañados era mil veces mejor que perseguirse en solitario.
—Profe Patas —dijo Misi al final del día—, creo que ya no necesito cazar a Bigotes. Es más divertido ser su defensa en el equipo.
—Y yo ya no tengo miedo —añadió el ratoncito—, porque sé que Misi me cuida.
El Profe Patas se ajustó las gafas y anotó en su libro de clase: 'Misión cumplida'. Les entregó a cada uno una medalla de plastilina dorada que decía 'Amigos por Siempre'.
Desde aquel día, en la escuela de plastilina, ya no se escuchan bufidos ni chillidos de miedo. Solo se escuchan las risas de un perro, una gata y un ratón que aprendieron que, con un poco de paciencia y mucha imaginación, cualquiera puede ser el mejor amigo de quien menos se lo espera. Y así, entre juegos y figuras de colores, vivieron felices y jugaron juntos en la escuela de la amistad.
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