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Gratis · elegí una vozEn el salón de tercer grado, el aire se sentía diferente aquella mañana. La profesora Gloria había colocado un mapa gigante de Colombia sobre el tablero, pero no era un mapa común. Sus bordes brillaban con un polvo dorado y las letras parecían moverse como si tuvieran vida propia. Yefer, Salome, Matias, Emmanuel y Robinson estaban sentados en primera fila, con los ojos bien abiertos por la curiosidad.
—Hoy no leeremos sobre Colombia —dijo la profesora con una sonrisa misteriosa—. Hoy, Colombia nos contará su propia historia.
Al decir estas palabras, el mapa comenzó a succionar suavemente el aire de la habitación. De repente, los cinco niños se sintieron ligeros como plumas. En un parpadeo, el salón de clases desapareció y el aire se volvió frío y puro. Estaban en la Región Andina. Matias, que siempre llevaba una bufanda roja, señaló hacia arriba. Estaban rodeados de montañas gigantescas que tocaban las nubes. Caminaron por un valle lleno de frailejones que parecían guardianes de piedra y peluche. Matias les explicó que allí nacía el agua que todos bebían. Escucharon el eco de un tiple a lo lejos y el aroma a café recién tostado inundó sus sentidos. —¡Es como estar en el techo del mundo! —gritó Matias emocionado.
Pero el mapa tenía otros planes. Un viento cálido y salado los envolvió, y de pronto, el frío de la montaña fue reemplazado por el sol radiante de la Región Caribe. Salome fue la primera en correr hacia la orilla. El mar era de un azul tan claro que podían ver los peces de colores jugando entre sus pies. Al fondo, las murallas de Cartagena se alzaban con orgullo y el sonido de una gaita empezó a sonar. Salome, con su alegría contagiosa, empezó a bailar al ritmo de la cumbia mientras los demás intentaban seguirle el paso en la arena blanca. —Aquí el sol nunca se cansa de brillar —dijo Salome, guardando un caracol en su bolsillo como recuerdo.
De repente, el cielo se tornó grisáceo y una lluvia suave pero constante empezó a caer. El mapa los había llevado a la Región Pacífica. Robinson, que amaba la música, se quedó paralizado al escuchar el sonido profundo de la marimba de chonta. Estaban en medio de una selva espesa y verde que llegaba hasta el mar oscuro. A lo lejos, vieron una aleta gigante salir del agua: ¡era una ballena yubarta saludándolos! Robinson sintió la fuerza de la naturaleza en cada gota de lluvia. —Es la región más rítmica de todas —comentó Robinson, mientras observaba cómo la selva y el océano se daban un abrazo eterno.
El viaje continuó y el paisaje cambió drásticamente. El horizonte se volvió infinito y el suelo se cubrió de pastos altos. Habían llegado a la Región de la Orinoquía. Emmanuel, que siempre había soñado con ser un explorador, señaló a un grupo de chigüiros que descansaban cerca de un río. El atardecer era un espectáculo de rojos, naranjas y púrpuras que pintaban todo el cielo. Los niños escucharon el galope de caballos y el canto de los llaneros que arreaban el ganado. Emmanuel se sintió pequeño ante tanta inmensidad. —Aquí la tierra no tiene fin —susurró Emmanuel, maravillado por la libertad que se respiraba en los Llanos Orientales.
Finalmente, el mapa los transportó al corazón más profundo de la selva: la Región Amazónica. Yefer, que siempre era el más observador, se puso en cuclillas para ver una fila de hormigas gigantes que transportaban hojas. Los árboles eran tan altos que sus copas se perdían de vista. De pronto, en el río Amazonas, algo saltó. ¡Eran delfines rosados! Yefer no podía creerlo. El aire era denso y lleno de vida; cada rincón de la selva susurraba secretos de plantas medicinales y animales exóticos. —Este es el pulmón de nuestro planeta —dijo Yefer con respeto, entendiendo que debían proteger este tesoro.
Con un último destello dorado, los cinco amigos se encontraron de nuevo en su salón de clases. La profesora Gloria los miraba con ternura. Los niños se miraron entre sí, sus zapatos todavía tenían un poco de arena del Caribe, barro del Amazonas y el aroma del café andino. Ya no eran solo estudiantes de tercer grado; ahora eran guardianes de su país. Yefer, Salome, Matias, Emmanuel y Robinson comprendieron que Colombia no era solo un dibujo en un mapa, sino un hogar lleno de magia, diversidad y colores que siempre llevarían en su corazón.
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